Paula Arantzazu Ruiz  

Miembro desde hace 2604 días | Última actividad: 16/03/2018

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Atardecer

Crítica de Atardecer

   4 - Muy buena
Como sucedía en El hijo de Saúl, Atardecer es un trabajo sobre la desorientación del sujeto que camina por el tormentoso siglo XX, aunque en el caso de Irisz, la protagonista del segundo largometraje de Lászlo Némes, son otros los motivos que le impulsan a moverse por el ajetreo descontrolado e inaprensible del Budapest de 1913. Si el personaje de Saúl podía verse como una suerte de cuerpo fantasmagórico que recorría -de manera algo impúdica– los pasillos de la fábrica del horror nazi, Irisz, una magnética e inquietante Juli Jakab, nos descubre de manera activa el terror de la época convulsa que le ha tocado vivir, en paralelo al frenesí de esa modernidad de principios del siglo XX que derivó trágicamente hacia las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Las comparaciones son odiosas, pero en el caso del cine de Nemes es imposible no caer en tal recurso. Primero, porque la puesta en escena de Atardecer es prácticamente similar a la de El hijo de Saúl -esto es, cámara pegada al cogote de la protagonista y retrato subjetivo a lo largo de pocas jornadas y a través de un escenario constantemente en movimiento-, aunque el director húngaro propone en su segundo e igual de monumental trabajo una visión más fragmentada, elíptica, como si quisiera subrayar ese estado de alucinación de la protagonista eliminando rastros, huellas y sentido. La desorientación que sufre Irisz es, por tanto, mucho más intensa, provocando en el espectador un desconcierto absoluto en no pocos momentos de la película. Seguimos a Irsz llegar a Budapest para reclamar el legado de su familia, destruido con el incendio del negocio familiar, una elegante sombrerería, y pronto nos descubrimos acompañándola por los entresijos de unas revueltas -sociales, pero también marcadas por las pequeñas venganzas- que amenazan con destruir el estatus de la élite dominante, y sin saber muy bien cómo hemos llegado a esos lugares. Vemos atentos a Irisz ir de un lado al otro por el laberinto urbano que propone Nemes, intuyendo que tal vez lo laberíntico también se encuentre en el interior de la protagonista. De nuevo filmada en un exquisito 35mm -las escenas nocturnas son sobrecogedoras-, Atardecer es asimismo un trabajo más suntuoso y complicado en términos de orquestación que el primer filme del cineasta húngaro. Y es probable que más desasosegante, porque la agitación perceptiva que propone, una experiencia cinematográfica que funciona como torbellino, más intensa y honesta que en El hijo de Saúl, guarda no pocas concomitancias con la velocidad a la que estamos sometidos hoy en día, rodeados constantemente de impactos visuales y sonoros que ofuscan nuestra capacidad de reflexión y, por tanto, de juicio. El verdadero punto ciego de la contemporaneidad. 
La quietud

Crítica de La quietud

   4 - Muy buena
Sufrimiento, traumas del pasado, lirismo y emociones desbordadas forman parte de las estrategias narrativas del melodrama, que a menudo ha sido malinterpretado como un género de efecto lacrimógeno. Es probable que las películas de corte romántico hayan tenido que ver mucho en esa idea algo despreciativa, pero también es cierto que no son pocos los folletines que, tras el velo de lo teatral, desvelan un secreto terrible y perturbador, corrosivo. Es el caso de La quietud, el nuevo trabajo del argentino Pablo Trapero, quien en su noveno largometraje deja de lado los dramas realistas para abrazar el melodrama telenovelesco, inverosímil y desenfrenado. La quietud, por tratar de situarla en una suerte de cartografía autoral, se encuentra en algún lugar entre Buñuel, Lynch y la teleserie Cristal. Suena disparatado, en efecto, pero la ambición cinematográfica de Trapero es estimulante y divertida, a la par que ofrece un nada frívolo ejercicio sobre las trágicas consecuencias de la violencia dictatorial en Argentina.  Trapero, en este sentido, es muy consciente del material que moldea en La quietud y consigue vehicular con precisión su complejísima propuesta, a la que hay que acudir con ojos desacomplejados. Para empezar, la cinta toma la forma de relato cerrado que se abre (y concluye) con un travelling serpenteante que recorre el laberíntico entramado de una mansión campestre, donde viven los Montemayor, una familia de clase alta; pasillos que evocan los giros del destino que va a soportar esa familia, que ya en los primeros compases de la película se enfrenta al deceso del patriarca en una audiencia judicial mientras se le toma declaración. El plano de la realidad, no obstante, queda (casi) completamente anulado en el relato, porque Trapero propone una aproximación doméstica, entre exaltada e inquietante, a la relación que mantienen las tres mujeres de esa familia, Esmeralda, la madre (una imponente Graciela Borges) y las dos hermanas, Mia y Eugenia, Martina Gusman y Bérénice Bejo respectivamente. No cabe decir que la manera en que se relacionan es asimétrica y enfermiza: si el vínculo de las hermanas pasa por el lazo gemelar y hasta simbiótico, el de Esmerada con su prole se presenta como uno de matriarca manipuladora y despiadada.   Hay en La quietud diálogos punzantes, de una comicidad envenenada, pero si en algo destaca el largometraje es en su potencialidad visual, como si Trapero hubiera apostado más que nunca en hacer suyos esos referentes estéticos que, como ha explicado en varias entrevistas, siempre ha admirado: el erotismo y los desdoblamientos del Buñuel de Ese oscuro objeto del deseo (1978) o del Lynch de Mulholland Drive (2001), o el coqueteo con lo fantástico (pesadillesco) de coetáneas como La ciénaga (Lucrecia Martel, 2001) o La cordillera (Santiago Mitre, 2017). A pesar del desconcierto inicial, la fábula de Trapero sobre la decadencia (y caída) de esta familia de la alta burguesía lanza al menos dos interrogantes nada baladíes. El primero tiene que ver con la cuestión de la familia (o lo que se considera una familia ‘normal’ en el discurso dominante), y el segundo con las maneras de la ficción a la hora de abordar las heridas aún no cicatrizadas de un país.  
Misión: Imposible - Fallout
   4 - Muy buena
Cuando Bruce Geller creó la serie televisiva Misión Imposible no podría haber imaginado que, más allá de su éxito catódico, su artefacto acabaría convertido en la saga de acción que mejor define el cine de atracciones del siglo XXI, porque, ¿qué es si no la franquicia protagonizada por el temerario Tom Cruise? El relato de espías que renació en 1999 con Brian de Palma como director de orquesta ha ido eliminando máscaras y a la vez creciendo en números de acción, redobles acrobáticos y desafíos a la muerte en una suerte de tour de force que es mejor no probar en casa. ¿Y qué podemos esperar de Misión: Imposible - Fallout, la ya sexta entrega de la serie fílmica, con un Cruise sobrepasando la cincuentena y con un ejercicio anterior, Nación secreta, rozando la perfección? Parecía imposible –valga la redundancia–, pero Christopher McQuarrie y Cruise han vuelto a superarse a sí mismos, porque Fallout es un divertidísimo circo acrobático (o una montaña rusa, según el gusto) pensado para aquellos que entienden el cine como una experiencia que corta la respiración. No sólo el tándem formado por el cineasta y la estrella funciona a la perfección, sino que el entendimiento del actor con el resto de compañeros y compañeras le da un lustre único a este último episodio de la saga, a pesar de que su historia sea más una extensión narrativa del anterior filme que un relato propio. Los espectadores y las espectadoras que disfrutaron con Ilsa Faust (Rebecca Ferguson) y Solomon Lane (Sean Harris) están de enhorabuena, porque ambos personajes regresan aquí para tratar de dar respuesta a algunas cuestiones que parece que no se concluyeron en el pasado. A estos regresos se les suma el genial personaje interpretado por Henry Cavill (y su cacareado bigote), además de los compañeros del FMI Benji (Simon Pegg) y Luther (Ving Rhames), más geniales (también) que nunca. No es algo baladí, porque el hecho de que los personajes tengan un arco y una entidad propia ayudan a que Ethan Hunt/ Cruise brille aún más. Suyos son los mejores sets de acción (no podía ser de otro modo) y, como viene siendo marca de la casa, los más arriesgados y siempre a pelo.Es literalmente un gustazo ver lo mucho que se expone Cruise en Fallout, quien en una suerte de émulo contemporáneo de Buster Keaton no tiene miedo a entregar su cuerpo al completo en pro del espectáculo. Las concomitancias con el creador de El maquinista de la general (1925) no acaban ahí, y si hay que buscar un referente sin lugar a dudas lo más recomendable es mirar hacia el cine mudo de hace un siglo. Ver a Cruise derrapar en moto en París, perseguido por no-sé-cuantos vehículos policiales (sin ánimo de hacer spoiler, ese set piece parisino es de lo mejor de Misión: Imposible - Fallout), es sentir el impactante vértigo que podrían haber sentido en su día aquellos espectadores del alocado cine de los orígenes. Eso sí, a diferencia de los filmes de cine silente, Fallout es un triple salto mortal en la era de la imagen digital y del blockbuster CGI, algo que le da, si cabe, más envergadura y valor. Seguramente, estamos ante la película más superlativa de la saga. #Btag;center#Etag; #Btag;div id="blogvision"#Etag;#Btag;iframe src="http://www.sensacine.com/_video/iblogvision.aspx?cmedia=19558578" width="640" height="360" frameborder="0"#Etag;#Btag;/iframe#Etag;#Btag;/div#Etag; #Btag;/center#Etag;
Lola Pater

Crítica de Lola Pater

   3 - Entretenida
En Lola Pater, Fanny Ardant, musa de François Truffaut, se ha atrevido a interpretar el papel de una transexual que, en plena madurez, ha de asumir una paternidad de la que huyó para poder vivir su verdadera identidad. La historia de Nadir Moknèche, por tanto, no nos habla tanto de cómo la protagonista asume un yo de género concreto, más bien explica los sentimientos una persona que descubre que ha sido un padre ausente y que trata de recuperar cierto tiempo perdido.  La pirueta dramática de Lola Pater no sólo atañe a la relación del joven que va en busca de su padre y la mujer que se encuentra en ese rol paternal, sino que nos descubre a una protagonista en toda su vulnerabilidad y excesos; y Ardant se mueve dentro del personaje haciendo de cada gesto una lección de interpretación, a pesar de ciertos clichés que Moknèche le imprime y a pesar de la dificultad de encarnar y hacer verosímil la fragilidad de esta paternidad no normativa. Con sus cerca de metro ochenta de altura, su presencia, a veces sutil y en otras desbordante, ocupa por completo la pantalla hasta el punto, no obstante, de eclipsar un relato no demasiado bien armado. Hay algo en la Lola de Ardant que nos remite a una idea de feminidad voluptuosa y extravagante algo arquetípica (el nombre del personaje no es en vano), pero la actriz francesa, por otra parte, sabe dotar a su criatura de la suficiente fuerza emocional como para obviar cualquier cuestión de género, identidad o lo que haga falta. Ante nuestros ojos, en definitiva, Lola Pater ahonda en los vínculos familiares perdidos y en cómo ser capaces de perdonar para poder recuperar aquello que las normas de la sociedad ha prohibido. #Btag;accode class="scrollable mceNonEditable richPlayer"#Etag;#Btag;center#Etag; #Btag;div id="blogvision"#Etag;#Btag;iframe src="http://www.sensacine.com/_video/iblogvision.aspx?cmedia=19558835" width="640" height="360" frameborder="0"#Etag;#Btag;/iframe#Etag;#Btag;/div#Etag; #Btag;/center#Etag;#Btag;/accode#Etag;#Btag;/p#Etag;
Yo la busco

Crítica de Yo la busco

   3 - Entretenida
Una película cuyo título alude al mítico Ray Heredia y que incluye una escena en un karaoke tiene de por sí mucho ganado, pero Yo la busco, la ópera prima de Sara Gutiérrez, cuenta con otras tantas bazas que justifican que sea una de las sensaciones indies de la temporada después de su buena acogida en el Festival de Málaga, el D’A Film Festival y el actual Atlantida Film Festival. El entusiasmo es merecido. Hay muchas cosas que emparentan el debut de Gutiérrez con cintas como Las amigas de Ágata, de Laia Alabart, Alba Cros, Laura Ríus, Marta Verheyen, o Júlia ist, de Elena Martín, más allá de que este proyecto también haya surgido de las aulas de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Para empezar, su carácter generacional, o más bien de canto de cisne generacional, porque Yo la busco se atreve con la crisis de la treintena poniendo en escena a un Peter Pan un poco desgarbado que se lanza a los brazos de la noche barcelonesa tras recibir una noticia inesperada por parte de su compañera de piso, amiga íntima y amante ocasional. Su odisea tiene algo del Scorsese de ¡Jo, qué noche!, del Hitchcock de Vértigo, y también algo del desencanto del debut de Sergi Pérez El camí més llarg per tornar a casa; todos trabajos que nos hablan de lo que supone perderse en un laberinto urbano y emocional. Más allá de esas posibles influencias y referencias, Gutiérrez mantiene una mirada diáfana a la hora de filmar la Barcelona noctambula, evitando retratarlo como un escenario relamido y cool de artefactos como Barcelona, nit d’estiu, para ir en busca de una idea de ciudad que cobija a románticos resistentes a aceptar que el tiempo pasa. El naturalismo de Dani Casellas, su protagonista, es clave, y Gutiérrez, con buen ojo, carga el peso de la película en sus espaldas, acompañándole en lo que podría ser una noche más o menos alocada cualquiera si no fuera porque ese flânerie más bien aparece como un periplo de inflexión.#Btag;accode class="scrollable mceNonEditable richPlayer"#Etag;#Btag;center#Etag; #Btag;div id="blogvision"#Etag;#Btag;iframe src="http://www.sensacine.com/_video/iblogvision.aspx?cmedia=19558067" width="640" height="360" frameborder="0"#Etag;#Btag;/iframe#Etag;#Btag;/div#Etag; #Btag;/center#Etag;#Btag;/accode#Etag;#Btag;/p#Etag;
No te preocupes, no llegará lejos a pie
   3,5 - Buena
En los primeros compases de No te preocupes, no llegará muy lejos a pie, Gus Van Sant nos presenta a John Callahan, el personaje de este biopic protagonizado por un Joaquin Phoenix otra vez inconmensurable, a través de un puzle narrativo que va y viene por los principales momentos biográficos de este dibujante de historietas del Portland de la contracultura. Una ponencia realizada por Callahan sirve como dispositivo inicial para ir marcha atrás y observar, como si fueran destellos de la memoria, esos hechos que atraviesan la biografía de Callahan: el accidente de coche que le dejó tetrapléjico, las sesiones de Alcohólicos Anónimos, la sonrisa de Annu (una luminosa Rooney Mara, en la que ya es su tercera cinta juntos). Es un recurso habitual en los relatos retrospectivos, pero Gus Van Sant lo utiliza para contradecir la ironía del título de este trabajo. Porque, en efecto, Callahan sí llegó muy lejos. A pesar de. Quizá por ello, Van Sant utiliza muchos planos de Callahan circulando en su silla de ruedas por distintas calles, como si en ese circular la historia se fuera hilvanando sola, explicándose a medida que el personaje pasa por los lugares de su memoria. Es una estrategia narrativa que puede pasar inadvertida, habida cuenta de que la fotografía de No te preocupes, no llegará muy lejos a pie no tiene ese preciosismo hipnótico e inquietante tan característico de la Trilogía de la muerte (y del caminar) que el cineasta firmó en la pasada década, pero no hay que desdeñarla a tenor del nombre que firma la foto, Christpher Blauvelt, habitual de Kelly Reichardt. Sea como fuere, Callahan circula, a velocidad casi histérica, hasta que en un momento se cae y unos skaters jovenzuelos (¡cómo no!) le ayudan a ponerse en pie (¡otra ironía!) y descubren que ese señor en silla de ruedas es un talentoso humorista gráfico al que no le falta ni mala leche ni ternura. Aunque la historia le vino a Van Sant hace más de 10 años de la mano del malogrado Robin Williams (el más entrañable payaso triste del cine), Callahan es uno de esos personajes 100% Van Sant: criado en la contracultura, marginal, depresivo pero bondadoso, y cruel, pero consigo mismo. La lupa de aumento del director de Elephant nos lo muestra tal cual es, y no escatima en escenas incómodas, por aquello de hacer verdadero honor a su figura, y tal vez sean las secuencias de las reuniones en Alcohólicos Anónimos las mejores escenas que ofrece la película, sobre todo aquellas en las que comparte plano con un irreconocible Jonah Hill, coach new age, hippie trasnochado y al tiempo repleto de luz, a buen seguro una de las mejores interpretaciones de su carrera. #Btag;accode class="scrollable mceNonEditable richPlayer"#Etag;#Btag;center#Etag; #Btag;div id="blogvision"#Etag;#Btag;iframe src="http://www.sensacine.com/_video/iblogvision.aspx?cmedia=19558608" width="640" height="360" frameborder="0"#Etag;#Btag;/iframe#Etag;#Btag;/div#Etag; #Btag;/center#Etag;#Btag;/accode#Etag;#Btag;/p#Etag;
Nadie nos mira

Crítica de Nadie nos mira

   3 - Entretenida
Entre cambio de pañales, hacer de recepcionista de un apartamento turístico y otros trabajillos, Nico trata de ganarse la vida mientras aspira a conseguir ese papel soñado en la televisión por el que se ha mudado a Nueva York. Es una historia que a muchos de nosotros y nosotras nos suena –la del emigrante, sea de clase media o de clase trabajadora, que se cruza medio continente en busca de un futuro mejor–, y es la que cuenta en Nadie nos mira la argentina Julia Solomonoff con el fin de interrogarnos sobre todos estos esfuerzos para conseguir hacer realidad un sueño que tal vez no necesitamos para ser felices.El protagonista de Nadie nos mira, un Guillermo Pfening muy sólido, se autoexilia tras una ruptura amorosa y pensando que el mismo éxito del que goza en Buenas Aires va a repetirse en Estados Unidos, pero lo que Solomonoff muestra en pantalla es un hombre anónimo perdido en una urbe en ebullición, donde hay exceso de gente y donde nadie piensa en el otro. Para hablar de esas falsas esperanzas y esa soledad del corredor de fondo, la argentina opta por un relato que a lo largo de un año sigue al protagonista en su día a día, en su entorno y haciendo frente a diversas circunstancias, alegres y, las que más, agridulces; una narración de tono naturalista que trata de huir de los retratos más obvios y de los subrayados afectados, y que busca la interpelación del espectador constantemente a pesar de la distancia de la cámara con el protagonista. El dispositivo de lejanía sirve precisamente para mostrar que Nico puede ser cualquiera de nosotros o nosotras, enfrascados en un viaje de supervivencia que, a la postre, acaba convirtiéndose en uno de autoconocimiento.A favor: El naturalismo con el que juega Solomonoff y su actor protagonista, Guillermo Pfening.En contra: Que la distancia con el personaje a veces está demasiado marcada. #Btag;center#Etag; #Btag;div id="blogvision"#Etag;#Btag;iframe src="http://www.sensacine.com/_video/iblogvision.aspx?cmedia=19558683" width="640" height="360" frameborder="0"#Etag;#Btag;/iframe#Etag;#Btag;/div#Etag; #Btag;/center#Etag;
En tránsito

Crítica de En tránsito

   4 - Muy buena
Uno de los planos más bellos de En tránsito, la nueva película del alemán Christian Petzold, se ve, paradójicamente, a través de la pantalla de una cámara de seguridad. El protagonista acaba de llegar a Marsella y se ha parado frente al mapa de una estación de metro y por la espalda se le acerca una mujer, con paso rápido pero etéreo, como si en vez de caminar bailara ligera por encima del suelo. Es un contraste estético singular y que, por otra parte, muestra en un solo instante la miríada de tensiones que sostiene la nueva incursión en el melodrama histórico del director de Bárbara (2012) y Phoenix (2014). No toda la película está contenida en ese plano, pero sí esa imagen convoca muchas de las inquietudes que palpitan en el filme.  Desde Jerichow (2008), Petzold ha ahondado en la historia del cine para buscar las concomitancias del pasado con el presente, y con En tránsito se sumerge en el thriller de espías y en el melodrama de los grandes maestros alemanes (los que huyeron con la Segunda Guerra Mundial, sea Max Ophüls o Douglas Sirk, sean los genios postmodernos como R.W. Fassbinder) para hablarnos del fascismo aún reinante en la Europa del siglo XXI. En tránsito adapta una novela de Anna Seghers de 1944, pero todo lo que vemos en pantalla pertenece a nuestro presente, en un juego de dos temporalidades que brinda una metáfora no demasiado sutil pero sí eficaz y hábil, por especialmente terrible. No es que Petzold traslade el libro a la Marsella de 2018, sino que, en vez de decorados de época, vemos coches actuales y antidisturbios armados con porras y pistolas de hoy en día, como si estuviéramos ante una versión contemporánea y a la vez anacrónica de Casablanca (1942), el clásico de Michael Curtiz con Humphrey Bogart e Ingrid Bergman.  A Petzold, no obstante, ese escenario fluctuante entre tiempos no le interesa en tanto que reflexión de las contemporáneas sociedades de vigilancia y control, sino más bien le sirve para plantear un melodrama sobre esos no-lugares habitados por el dolor y los espectros. De hecho, En tránsito es la historia de un hombre que suplanta la identidad de otra persona para poder huir al paraíso, y que a causa de ello se queda anclado en un perpetuo trayecto. La idea tiene algo de dantesco y la película, de hecho, confirma cómo luce el rostro de un hombre que lo ha perdido todo, incluso a sí mismo.  A favor: La habilidad y elegancia de Petzold para manipular temporalidades, tensiones, estéticas.  En contra: Casi nada.  #Btag;center#Etag; #Btag;div id="blogvision"#Etag;#Btag;iframe src="http://www.sensacine.com/_video/iblogvision.aspx?cmedia=19558649" width="640" height="360" frameborder="0"#Etag;#Btag;/iframe#Etag;#Btag;/div#Etag; #Btag;/center#Etag;
Marguerite Duras. París 1944
   3 - Entretenida
El único punto de encuentro entre Marguerite Duras y la película de Emmanuel Finkiel en esta adaptación del libro Le doleur –que la escritora publicó en 1985 y que rememora la detención de su marido en la Segunda Guerra Mundial, el también escritor Robert Antelme, y la larga espera sin saber si estaba muerto o continuaba con vida–, es una voz en off que recorre, desde el presente y recordando ese pasado, toda la película casi como si fuera un fantasma. La memoria de los vivos cuando se pone en escena tiene algo de espectral, y esa atmósfera de fantasmagoría tiñe por completo esta película sobre la guerra, la espera, sobre el luto, y sobre la moral en un momento en que los valores han caído por completo.  Duras, interpretada por una solidísima Mélanie Thierry, encarna a la escritora en el París de la ocupación, y la vemos caminando de un lado a otro, deambulando hasta que decide refugiarse en la oscuridad de su casa, sabedora de una guerra que parece estar muy lejos y al mismo tiempo golpea su día a día, hasta hacerlo insoportable. Duras deambula desamparada, y por eso la cámara la aísla de todo, desde atrás, como si quisiera hacernos partícipes de un dolor y un sufrimiento en solitario.  Más sutil de lo que aparentan sus imágenes, Finkiel ha dejado atrás los constructos del género del 'biopic' para elaborar un filme sobre una Duras ficcionalizada por la propia Duras y, convertida, así, en una especie de Penélope contemporánea, erosionada por los envites de la Historia, y a la que sólo le queda resistir para vencer.  A favor: El tono espectral de la película.  En contra: Cierto pudor ante la idea de experimentar más con la puesta en escena.#Btag;accode class="scrollable mceNonEditable richPlayer"#Etag;#Btag;center#Etag; #Btag;div id="blogvision"#Etag;#Btag;iframe src="http://www.sensacine.com/_video/iblogvision.aspx?cmedia=19558585" width="640" height="360" frameborder="0"#Etag;#Btag;/iframe#Etag;#Btag;/div#Etag; #Btag;/center#Etag;#Btag;/accode#Etag;#Btag;/p#Etag;
En tiempos de luz menguante
   3 - Entretenida
Las celebraciones familiares funcionan en la ficción como espacios catárticos, que revelan tensiones y secretos ocultos, para ejercer de frescos metafóricos de una sociedad en crisis. De Celebración (1998), de Thomas Vinterberg, a Sierra Nevada, de Cristi Puiu, o la cinta que nos ocupa, En tiempos de luz menguante, adaptación de la novela homónima de Eugen Ruge por parte del veterano televisivo Matti Geschonnek, en todas estas películas los encuentros familiares sirven para radiografiar el estado de un lugar y un tiempo, el Zeitgeist de esos últimos días del comunismo, justo, y no es baladí la cercanía, cuando queda un año para que se cumpla el 30 aniversario de la caída del muro de Berlín. De hecho, En tiempos de luz menguante nos sitúa en el Berlín de la RDA a pocas semanas de la caída del Muro, para hablarnos del 90 cumpleaños del patriarca Wilhelm, un comunista irredento al que homenajean familia, camaradas y amigos. Geschonnek avanza con letanía en el relato de Ruge y durante la primera hora la película se encarga de presentar a los personajes y los motivos y frustraciones que los acompañan, para que ya en el segundo tramo del filme la decadencia estalle por completo. Geschonnek, por fortuna, se aleja de la gran trama, con idas y venidas en el tiempo, de la novela original para centrarse en ese único día de celebración y retratar, así, según los cánones de la tragedia clásica, la caída de un sistema de pensamiento y de vida. Así como cae la robusta mesa de la que el presume el patriarca, mesa de gala y ostentación, pero, a la postre, vieja y roída por el paso del tiempo, también lo hace un hombre a quien su entorno le está pidiendo que por fin dé el relevo. A favor: Su mirada lúgubre y suntuosa. En contra: El tono escénico de la propuesta. #Btag;center#Etag; #Btag;div id="blogvision"#Etag;#Btag;iframe src="http://www.sensacine.com/_video/iblogvision.aspx?cmedia=19558483" width="640" height="360" frameborder="0"#Etag;#Btag;/iframe#Etag;#Btag;/div#Etag; #Btag;/center#Etag;
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