Paula Arantzazu Ruiz  

Miembro desde hace 2391 días | Última actividad: 16/03/2018

  • 7 nota y favorito
  • 1 críticas
  • 15 siguiendo
  • 21 seguidores
Seguir su actividad
Todas sus críticas
  • Sus críticas
  •    
  •    
  •    
  •    
En tránsito

Crítica de En tránsito

   4 - Muy buena
Uno de los planos más bellos de En tránsito, la nueva película del alemán Christian Petzold, se ve, paradójicamente, a través de la pantalla de una cámara de seguridad. El protagonista acaba de llegar a Marsella y se ha parado frente al mapa de una estación de metro y por la espalda se le acerca una mujer, con paso rápido pero etéreo, como si en vez de caminar bailara ligera por encima del suelo. Es un contraste estético singular y que, por otra parte, muestra en un solo instante la miríada de tensiones que sostiene la nueva incursión en el melodrama histórico del director de Bárbara (2012) y Phoenix (2014). No toda la película está contenida en ese plano, pero sí esa imagen convoca muchas de las inquietudes que palpitan en el filme.  Desde Jerichow (2008), Petzold ha ahondado en la historia del cine para buscar las concomitancias del pasado con el presente, y con En tránsito se sumerge en el thriller de espías y en el melodrama de los grandes maestros alemanes (los que huyeron con la Segunda Guerra Mundial, sea Max Ophüls o Douglas Sirk, sean los genios postmodernos como R.W. Fassbinder) para hablarnos del fascismo aún reinante en la Europa del siglo XXI. En tránsito adapta una novela de Anna Seghers de 1944, pero todo lo que vemos en pantalla pertenece a nuestro presente, en un juego de dos temporalidades que brinda una metáfora no demasiado sutil pero sí eficaz y hábil, por especialmente terrible. No es que Petzold traslade el libro a la Marsella de 2018, sino que, en vez de decorados de época, vemos coches actuales y antidisturbios armados con porras y pistolas de hoy en día, como si estuviéramos ante una versión contemporánea y a la vez anacrónica de Casablanca (1942), el clásico de Michael Curtiz con Humphrey Bogart e Ingrid Bergman.  A Petzold, no obstante, ese escenario fluctuante entre tiempos no le interesa en tanto que reflexión de las contemporáneas sociedades de vigilancia y control, sino más bien le sirve para plantear un melodrama sobre esos no-lugares habitados por el dolor y los espectros. De hecho, En tránsito es la historia de un hombre que suplanta la identidad de otra persona para poder huir al paraíso, y que a causa de ello se queda anclado en un perpetuo trayecto. La idea tiene algo de dantesco y la película, de hecho, confirma cómo luce el rostro de un hombre que lo ha perdido todo, incluso a sí mismo.  A favor: La habilidad y elegancia de Petzold para manipular temporalidades, tensiones, estéticas.  En contra: Casi nada.  #Btag;center#Etag; #Btag;div id="blogvision"#Etag;#Btag;iframe src="http://www.sensacine.com/_video/iblogvision.aspx?cmedia=19558649" width="640" height="360" frameborder="0"#Etag;#Btag;/iframe#Etag;#Btag;/div#Etag; #Btag;/center#Etag;
Marguerite Duras. París 1944
   3 - Entretenida
El único punto de encuentro entre Marguerite Duras y la película de Emmanuel Finkiel en esta adaptación del libro Le doleur –que la escritora publicó en 1985 y que rememora la detención de su marido en la Segunda Guerra Mundial, el también escritor Robert Antelme, y la larga espera sin saber si estaba muerto o continuaba con vida–, es una voz en off que recorre, desde el presente y recordando ese pasado, toda la película casi como si fuera un fantasma. La memoria de los vivos cuando se pone en escena tiene algo de espectral, y esa atmósfera de fantasmagoría tiñe por completo esta película sobre la guerra, la espera, sobre el luto, y sobre la moral en un momento en que los valores han caído por completo.  Duras, interpretada por una solidísima Mélanie Thierry, encarna a la escritora en el París de la ocupación, y la vemos caminando de un lado a otro, deambulando hasta que decide refugiarse en la oscuridad de su casa, sabedora de una guerra que parece estar muy lejos y al mismo tiempo golpea su día a día, hasta hacerlo insoportable. Duras deambula desamparada, y por eso la cámara la aísla de todo, desde atrás, como si quisiera hacernos partícipes de un dolor y un sufrimiento en solitario.  Más sutil de lo que aparentan sus imágenes, Finkiel ha dejado atrás los constructos del género del 'biopic' para elaborar un filme sobre una Duras ficcionalizada por la propia Duras y, convertida, así, en una especie de Penélope contemporánea, erosionada por los envites de la Historia, y a la que sólo le queda resistir para vencer.  A favor: El tono espectral de la película.  En contra: Cierto pudor ante la idea de experimentar más con la puesta en escena.#Btag;accode class="scrollable mceNonEditable richPlayer"#Etag;#Btag;center#Etag; #Btag;div id="blogvision"#Etag;#Btag;iframe src="http://www.sensacine.com/_video/iblogvision.aspx?cmedia=19558585" width="640" height="360" frameborder="0"#Etag;#Btag;/iframe#Etag;#Btag;/div#Etag; #Btag;/center#Etag;#Btag;/accode#Etag;#Btag;/p#Etag;
En tiempos de luz menguante
   3 - Entretenida
Las celebraciones familiares funcionan en la ficción como espacios catárticos, que revelan tensiones y secretos ocultos, para ejercer de frescos metafóricos de una sociedad en crisis. De Celebración (1998), de Thomas Vinterberg, a Sierra Nevada, de Cristi Puiu, o la cinta que nos ocupa, En tiempos de luz menguante, adaptación de la novela homónima de Eugen Ruge por parte del veterano televisivo Matti Geschonnek, en todas estas películas los encuentros familiares sirven para radiografiar el estado de un lugar y un tiempo, el Zeitgeist de esos últimos días del comunismo, justo, y no es baladí la cercanía, cuando queda un año para que se cumpla el 30 aniversario de la caída del muro de Berlín. De hecho, En tiempos de luz menguante nos sitúa en el Berlín de la RDA a pocas semanas de la caída del Muro, para hablarnos del 90 cumpleaños del patriarca Wilhelm, un comunista irredento al que homenajean familia, camaradas y amigos. Geschonnek avanza con letanía en el relato de Ruge y durante la primera hora la película se encarga de presentar a los personajes y los motivos y frustraciones que los acompañan, para que ya en el segundo tramo del filme la decadencia estalle por completo. Geschonnek, por fortuna, se aleja de la gran trama, con idas y venidas en el tiempo, de la novela original para centrarse en ese único día de celebración y retratar, así, según los cánones de la tragedia clásica, la caída de un sistema de pensamiento y de vida. Así como cae la robusta mesa de la que el presume el patriarca, mesa de gala y ostentación, pero, a la postre, vieja y roída por el paso del tiempo, también lo hace un hombre a quien su entorno le está pidiendo que por fin dé el relevo. A favor: Su mirada lúgubre y suntuosa. En contra: El tono escénico de la propuesta. #Btag;center#Etag; #Btag;div id="blogvision"#Etag;#Btag;iframe src="http://www.sensacine.com/_video/iblogvision.aspx?cmedia=19558483" width="640" height="360" frameborder="0"#Etag;#Btag;/iframe#Etag;#Btag;/div#Etag; #Btag;/center#Etag;
Playground

Crítica de Playground

   3 - Entretenida
Es probable que el desenlace de Playground sea el plano fijo más escalofriante que ha dado el cine en los últimos 5 años, pero el escándalo que provocó cuando se estrenó en San Sebastián en 2016 –con espectadores marchándose de la sala– es uno más en la lista de películas que tratan de reflexionar sobre el mal que van apareciendo de tanto en tanto en el circuito de festivales y en salas de cine. Si Michael Haneke puso en circulación una cierta manera cinematográfica de pensar la violencia cuando estrenó Funny Games (1996), no son pocos los émulos que desde entonces han continuado ese dispositivo de distanciamiento (y complicidad con el espectador) tan propio del austríaco para preguntarse por la imposible respuesta ante las psicopatías de algunos humanos. Dicho esto, la película de Bartosz M. Kowalski explora el crimen real perpetrado por los chavales Jon Venables y Robert Thomson contra un niño de apenas 3 años mediante una sugerente puesta en escena que, si bien parece que se desvía de su objeto de reflexión, en realidad incide en la idea de que la maldad se alimenta día a día, con rutinas y gestos. En este sentido, la atención del polaco en los prolegómenos de la violencia lo acercan más a la exploración post-Columbine de Gus Van Sant en Elephant (2003) o a la de Antonio Campos en Afterschoool (2008) que a trabajos más cercanos sobre la psicopatía adolescente, como las primeras obras del mexicano Michel Franco, y más en concreto Después de Lucía (2012), aunque Kowalski también opte finalmente por enseñar a modo de corolario el terrible crimen en vez de dejar en suspenso lo que todo el público ya sabe que va a suceder. A favor: La dilatación de la trama. En contra: Que su exploración sobre la violencia escandalice. #Btag;center#Etag; #Btag;div id="blogvision"#Etag;#Btag;iframe src="http://www.sensacine.com/_video/iblogvision.aspx?cmedia=19557836" width="640" height="360" frameborder="0"#Etag;#Btag;/iframe#Etag;#Btag;/div#Etag; #Btag;/center#Etag;
Disobedience

Crítica de Disobedience

   2,5 - Regular
Dice la Biblia que la expulsión del paraíso tuvo como origen la desobediencia incitada por Eva, la primera mujer, y desde entonces las formas femeninas son en la cultura occidental paradigma de la tentación y del desvío de la norma. Sometidas a esa autoridad patriarcal viven las mujeres de judíos ortodoxos del noroeste de Londres retratadas por el chileno Sebastián Lelio en Disobedience, a donde llega Esti, una perturbadora Rachel Weisz, para despedirse de su recién fallecido padre, rabino y líder moral de esa comunidad, y figura que pronto pondrá contra las cuerdas ese principio de autoridad cuando se reencuentre con un antiguo amor de juventud, Ronit (Rachel McAdams), casada con Dovid (Alessandro Nivola), amigo de ambas y el tercer vértice del triángulo protagonista. Lelio se recrea, y con razón, en los ritos y rutinas de esa comunidad religiosa para subrayar, tal vez de manera demasiado insistente, cuánto de transgresor acabara siendo el reencuentro entre las dos amantes. Se entretiene, asimismo, en una escena de sexo furtivo en una habitación de hotel entre Esti y Ronit, en una secuencia que ha llamado la atención de la prensa pero que, en términos cinematográficos no se distancia apenas de la puesta en escena de la escena sexual de La vida de Adéle (no se trata, por tanto, de una virtud de la propuesta); como también se dilata en un desenlace eterno y en exceso melodramático que gira y gira en torno a la redención del trío protagonista sin ofrecer una bocanada de aire al espectador. Disobedience, en efecto, busca el desbordamiento, pero, a diferencia de grandes maestros del género como Fassbinder o su émulo patrio Almodóvar, Lélio no logra la alquimia necesaria para que la tensión entre la austeridad de su escenario y el pálpito de su historia se convierta en un volcán melodramático. Eso sí, el trabajo de Lélio es un ejemplo más de la coherencia de una obra, en tanto que sigue la estela de sus retratos de mujeres independientes y alejadas de toda convención (Gloria y Una mujer fantástica) que no dudan en arrasar con las imposiciones sociales con tal de visibilizar y hacer realidad su deseo. A favor: Su fascinación por la opresión de la comunidad de judíos ortodoxos londinenses que retrata. En contra: Unos giros melodramáticos que, a pesar de sus intenciones, no tienen el suficiente poderío. #Btag;center#Etag; #Btag;div id="blogvision"#Etag;#Btag;iframe src="http://www.sensacine.com/_video/iblogvision.aspx?cmedia=19558264" width="640" height="360" frameborder="0"#Etag;#Btag;/iframe#Etag;#Btag;/div#Etag; #Btag;/center#Etag;
Maria by Callas

Crítica de Maria by Callas

   4 - Muy buena
"Hay dos personas dentro de mí. Me gustaría ser Maria; pero también está la Callas, de quien debo estar a la altura. Así que lidio con ambas como buenamente puedo", confiesa Maria Callas en una entrevista nada más arrancar Maria by Callas, el documental en primera persona a cargo del francés Tom Volf sobre la prima dona. No es una declaración baladí, porque el notable largometraje del fotógrafo y cineasta trata a lo largo de sus casi 120 minutos de duración de que la más famosa de las sopranos que ha dado el siglo XX explique todo lo que de Maria quedó eclipsado por la Callas. A través de cartas, entrevistas, declaraciones y otro tipo de material de archivo, Volf deja hablar a la diva con el fin de trazar su historia, desde que era Ana María Cecilia Sofía Kaloyerópulos hasta su muerte, en septiembre de 1977. El trabajo de documentación del cineasta es titánico, haciendo visible metraje inédito, por una parte, y por la otra, puliendo en alta definición filmes a los que el tiempo pasó factura. La meticulosidad y cuidado del largometraje no sólo tiene que ver con la precisión con el archivo, sino también con una estrategia narrativa elegante y pudorosa con los hechos más dolorosos a los que hizo frente la Callas, especialmente el affaire Onassis–Jackie Kennedy, cuyo matrimonio le rompió el corazón. En este sentido, Volf es de una coherencia absoluta porque en Maria by Callas no hay ni rastro de amarillismo –la diva odiaba a la prensa del corazón– y sí encontramos admiración a raudales. Porque a pesar de que Volf se echa a un lado para que se oiga precisamente la voz de María, la manera en que incluye las diversas actuaciones musicales de la soprano, escogidas con mimo, nos indican cuánto quiere reivindicar el cineasta a la mítica prima dona, la última gran diva del bel canto. A favor: Su voluntad de monumento sobre la soprano. Y la presencia de Fanny Ardant. En contra: Que no explique del todo lo que supuso la irrupción de Callas en la escena operística de la época. #Btag;center#Etag; #Btag;div id="blogvision"#Etag;#Btag;iframe src="http://www.sensacine.com/_video/iblogvision.aspx?cmedia=19558022" width="640" height="360" frameborder="0"#Etag;#Btag;/iframe#Etag;#Btag;/div#Etag; #Btag;/center#Etag;
9 dedos

Crítica de 9 dedos

   4,5 - Imprescindible
Universos post-apocalípticos, escenarios industriales, relatos fieles al patrón del cine 'noir' o a la ciencia-ficción distópica, y ambientes telúricos: las coordenadas por las que se mueve el cine de F.J. Ossang no han cambiado desde que el francés debutó en 1982 con el cortometraje La dernière énigme; pero el cineasta, lejos de ser un creador conservador con su estilo y su forma, es una de las pocas figuras que se atreven hoy en día a reinterpretar, de manera cinéfila pero sobre todo lúdica, las convenciones del cine narrativo tal y como lo conocemos. Por ejemplo, su último trabajo, 9 dedos, por el que se llevó el Leopardo al Mejor director en el pasado Festival de Locarno y que ahora se estrena, es una película de género negro que se transforma en una especie de cinta de aventuras (existencialistas) en un barco (fantasma) para pronto devenir en un asfixiante 'sci-fi' de mimbres mínimos y de consecuencias aterradoras. Como muchas de sus anteriores películas, de Le trésor des iles chiennes (1990) a Docteur Chance (1997) o Dharma Guns (2010), 9 dedos es también un filme de acción alrededor de una fuga –los personajes huyen tras un atraco que sale mal– y una poética exploración sobre el fatal horizonte de la humanidad. Su propuesta es tan fiel al género que no se olvida ni uno de los arquetipos y situaciones que solemos encontrar en las cintas de aventuras –del 'mad doctor' al capitán del barco que despierta suspicacias–, y, la cinta, al mismo tiempo se detiene en detiene en filmar las particularidades fotogénicas de cada uno de sus personajes, quienes incluso en los momentos de máxima desesperación parecen esculpidos delicadamente gracias al preciosista blanco y negro del largometraje. Esa alquimia inesperada, pastiche elegante de las referencias e influencias del cineasta, ofrece, en 9 dedos, paisajes estremecedores del "ir a la deriva", de esa idea de extravío como el único estado posible –o el único destino al que es posible llegar– en estas aguas inciertas del presente. A favor: Una mirada poética única, casi de otra dimensión. En contra: Que sea la única película de Ossang que se haya estrenado en salas comerciales, por el momento. #Btag;center#Etag; #Btag;div id="blogvision"#Etag;#Btag;iframe src="http://www.sensacine.com/_video/iblogvision.aspx?cmedia=19558047" width="640" height="360" frameborder="0"#Etag;#Btag;/iframe#Etag;#Btag;/div#Etag; #Btag;/center#Etag;
Alma mater

Crítica de Alma mater

   3 - Entretenida
¿Cómo acercarse a la atrocidad de la guerra y esquivar al mismo tiempo los millones de imágenes de bombardeos indiscriminados, de refugiados desesperados y del dolor como contenido del noticiario? En Alma mater, Philippe Van Leeuw retoma los preceptos aristotélicos de la tragedia, la unidad de espacio y la unidad de tiempo, para enseñarnos la claustrofobia a la que está sometida –como poco– una población civil tratando de resistir en mitad de los desastres de la guerra. En este caso, nos encontramos en Siria, pero las consecuencias de las batallas, a pesar de que cada conflicto posee razones y motivos particulares, son siempre las mismas.  Unidad de acción, de tiempo y un personaje clave, esa alma mater (Hiam Abbas) al que hace referencia el título de la película, para dar cuenta de lo que sucede en uno de los pocos pisos en los que queda gente viviendo, en una de las principales ciudades de Siria. La metralla y las bombas están fuera de plano visual, pero su sonido marca el estado de sitio en que se encuentran los protagonistas, encerrados en un apartamento. De hecho, la cinta de Van Leeuw puede también leerse en clave de ‘home invasion’ si eso no supusiera frivolizar con la situación que plantea: un verdadero relato de terror.  Por concluir, Alma mater, como decíamos, es sobre todo una película que trabaja el padecimiento de la población civil a partir del protagonismo de sus dos personajes femeninos principales, y, por tanto, insiste en dos cuestiones tan certeras como, paradojas, sospechosas: la primera, que las mujeres son uno de los targets prioritarios en toda batalla; y la segunda, que las mujeres sufren y aguantan ese sufrimiento como ningún hombre es capaz. No cuesta imaginar, así las cosas, a Abbas como una trasunta de la ‘Pietà’ de Miguel Ángel trasladada al horroroso cerco sirio.  A favor: Las estupendas interpretaciones de su elenco, sobre todo la actriz Hiam Abbass.  En contra: Esa imagen de la mujer como sufridora incólume.  #Btag;center#Etag; #Btag;div id="blogvision"#Etag;#Btag;iframe src="http://www.sensacine.com/_video/iblogvision.aspx?cmedia=19557940" width="640" height="360" frameborder="0"#Etag;#Btag;/iframe#Etag;#Btag;/div#Etag; #Btag;/center#Etag;
Heartstone (Corazones de piedra)
   3,5 - Buena
El rostro de un joven rubio y delicado dentro del agua turbia gritando dolorido: esta imagen de estallido ahogado resume a la perfección la maraña de emociones que Gudmundur Arnar Gudmundsson pone en escena en su debut en largo, Heartstone (Corazones de piedra). Muchos son los 'coming-of-age' que llegan a las salas del mundo cine, pero pocos los que consiguen transmitir la vulnerabilidad y la violencia que definen la que tal vez sea la etapa más complicada y excitante de nuestro discurrir por el mundo. Heartstone, para alegría de los que disfrutan del cine que reflexiona sobre la juventud, lo consigue con creces. Aquí no estamos ante relatos heroicos, extravagantes o tremendistas, sino delante de una historia sobrada de sensibilidad que no teme enseñar aquello que a menudo da pudor mostrar. Y no, no estamos hablando de sexo, sino de miedos, dudas, recelos, ira…, cuestiones incómodas a las que cuesta mirar de manera directa. Gudmunsson, apoyado por una cámara casi epidérmica pero jamás excesiva, nos introduce en la vida y sentimientos de los dos amigos protagonistas para que seamos cómplices de las tribulaciones que marcan sus silencios y sus euforias; paisajes de la emoción que tienen en la pareja de jóvenes actores su mejor vehículo. Tanto Thor (Baldur Einarsson) como Kristján (Blær Hinriksson) están íntimamente ligados con otros adolescentes de la historia del cine cuya desorientación y aventuras nos han conmovido, desde la pandilla de Cuenta conmigo (Rob Reiner, 1984) al Antoine Doinel de Los 400 golpes (François Truffaut, 1959), y, en este sentido, la ópera prima del islandés nos recuerda que a pesar de que pase el tiempo, o a pesar de que las historias sucedan en escenarios alejadísimos, hay ciertos desasosiegos compartidos. A favor: Las interpretaciones de los chavales protagonistas y sus arcos de transformación respectivos. En contra: Que aterrice en nuestras pantallas con un pelín de retraso. #Btag;center#Etag; #Btag;div id="blogvision"#Etag;#Btag;iframe src="http://www.sensacine.com/_video/iblogvision.aspx?cmedia=19557462" width="640" height="360" frameborder="0"#Etag;#Btag;/iframe#Etag;#Btag;/div#Etag; #Btag;/center#Etag;
El buen maestro

Crítica de El buen maestro

   3 - Entretenida
Desde que Jean Vigo hiciera de las dinámicas de un internado una declaración de intenciones (anárquicas) en Cero en conducta (1933), el cine francés ha regresado en diversas ocasiones a la cuestión de la educación, sobre todo con el arranque del nuevo siglo. Eso sí, las diferencias entre el sistema educativo que aparecía en la iconoclasta cinta de Vigo y el que vemos en las películas actuales son más que notables: el mundo ha cambiado y los objetivos en la formación de las nuevas generaciones, también; porque los largometrajes actuales que se adentran en las aulas ya no representan la educación como una institución opresiva de muros infranqueables, sino como el lugar desde el que trabajar la igualdad de oportunidades, ideal de las democracias contemporáneas. De La clase (2008), de Laurent Cantet, a La profesora de historia (2015), de Marie-Castille Mention-Schaar, sin olvidar la reciente Un razón brillante (2017), de Yvan Attal, o la que es objeto de esta crítica, El buen maestro, de Olivier Ayache-Vidal, hay algo en los relatos sobre profesores y profesoras, y sus alumnos y alumnas, que nos cautiva, tal vez porque en esas historias vemos reflejado un esfuerzo y una recompensa a ese trabajo que cuestan encontrar en el mundo real. Sea como fuere, las fricciones en el interior del liceo que propone Ayache-Vidal se precipitan cuando el protagonista, un entrañable Denis Podalydès en la piel de un exigente profesor de un instituto pijo, propone al mismísimo Ministerio de educación que los maestros más experimentados sean los que enseñen en los centros más conflictivos, y a la inversa. Una premisa que no sólo funciona en términos dramáticos, sino que le sirve al cineasta para examinar un sistema educativo que, a pesar de estar considerado como uno de los mejores del mundo, no está exento de carencias. Su relato, sin embargo, no consigue esquivar los numerosos lugares comunes propios del género, como tampoco algunas decisiones de dirección y montaje algo manidas. Pese a ello, la manera en que el cineasta se acerca a los jóvenes estudiantes de ese centro del extrarradio es especialmente conmovedora, sobre todo por la empatía que desprende su mirada, extensión de la mirada del profesor protagonista, y por la singular relación entre el maestro y uno de sus alumnos (el recién llegado Abdoulaye Diallo), en una de esas extrañas ocasiones en que la estupenda química atraviesa la pantalla.  A favor: La potente relación entre Denis Podalydès y Abdoulaye Diallo.  En contra: No es la película que va a marcar un antes y un después en el género de cine sobre la educación.  #Btag;center#Etag; #Btag;div id="blogvision"#Etag;#Btag;iframe src="http://www.sensacine.com/_video/iblogvision.aspx?cmedia=19557735" width="640" height="360" frameborder="0"#Etag;#Btag;/iframe#Etag;#Btag;/div#Etag; #Btag;/center#Etag;
Anterior Siguiente
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
  • ...
  • 44