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    ¡Shazam!
    Críticas
    4,0
    Muy buena
    ¡Shazam!

    Alcanzar el equilibrio

    por Alberto Corona

    La de ¡Shazam! es una historia extraña. Nacido en 1939 de la mano de Bill Parker y Clarence Charles Beck, el álter ego superheroico de Billy Batson nunca quiso ir más allá de una diversión desacomplejada y colorida, y mucho menos tener un papel relevante dentro de la historia de las viñetas norteamericanas. Y no obstante, ha acabado siendo así. Primero, cuando su nombre original de Capitán Marvel experimentó en 1968 un ruidoso litigio y acabó siendo sustituido por el susodicho “Shazam” mientras la etiqueta original se la quedaba la Casa de Ideas junto a su propio personaje; el mismo que, en su versión femenina, ha arrasado recientemente la taquilla. Y en segundo, porque nada presagiaba que un héroe así, una vez sus compañeros Batman y Superman fracasaran irremisiblemente, iba a ser el encargado de acabar dotando de credibilidad al Universo Cinematográfico de DC con una película diseñada a tal efecto. Por mucho que ya en los años 40 hubiera conseguido superar en ventas al Hombre de Acero.

    La profesora - CartelLa situación es más chocante si cabe cuando recordamos que el Capitán Marvel, antes de cambiar de nombre, fue el primer superhéroe de la historia en contar con una adaptación cinematográfica, en el marco de un serial de 1941 dirigido por John English y William Witney. Muchas cosas han cambiado desde entonces y no sólo debido a la plena consolidación que ha alcanzado el género en los últimos años, sino también por, en consecuencia directa, la madurez y capacidad para la autorreflexión que han venido de la mano. Es por ello que ¡Shazam!, más allá del film ingenuo que podría haber sido de haberse rodado en otra época, juega a una baraja que películas como Mystery Men, Los Increíbles o Super ya han jugado antes que él: una donde la sociedad ya es plenamente consciente de la existencia de los espantajomanes, consume productos protagonizados por ellos, y por supuesto sabe reírse de sus lugares comunes mientras le dirige un guiño cómplice a un espectador no necesariamente hastiado, pero sí predispuesto a lanzar la carcajada del listillo. En el film que ha dirigido David F. Sandberg la movida meta llega tan lejos, de hecho, que hasta erige de coprotagonista a un Randy Meeks que se las sabe todas y puede ilustrar al justiciero recién nacido en el ejercicio del bien, mientras acumula merchandising de personajes de DC en su habitación.

    Al margen de lo llamativo que resulta que este estudio haya decidido corregir el rumbo mediante una supresión tan bestia de los códigos previos —pues es realmente difícil imaginar en este mundo al Superman de Zack Snyder cruzando la mirada con un juguete de plástico basado en él—, ¡Shazam! es una película lo suficientemente inteligente como para saber que el rollo desmitificador no basta, y que si hubo a quienes les acabó dando pereza Kick-Ass o Deadpool no fue porque estos se tomaran demasiado en serio la figura del super. En realidad, se debió a la ausencia de una historia, un tema, que vertebrase todas esa violencia pajillera y esas demoliciones de la cuarta pared, y acabara por permitir que no frunciéramos el ceño cuando al final, todas ellas, resultaban ser una película de superhéroes más. ¡Shazam!, en efecto, no es más que eso, pero además enarbola un discurso defendido con tanta contundencia y honestidad que consigue colocarse como lo mejor que ha salido de la alianza entre DC y Warner Bros. en cerca de una década. Por no hablar de que, por fin, una película con el logo de la Distinguida Competencia consigue que se pueda analizar y comprender por ella misma, y no por las  luchas intestinas y sudorosas reuniones de ejecutivos que la han precedido.


    Hay quien diría que no es exactamente así, pues el fantasma luminoso y de éxito obsceno del Universo Cinematográfico de Marvel planea sobre esta rectificación, como también planeaba sobre el despiporre de Aquaman. Sin embargo, ¡Shazam! es sobradamente capaz de encontrar una identidad propia, tanto por su humor entonadísimo —algo previsible quizá, pero contando con un desbordante Zachary Levi como garantía— como por su solemne esfuerzo de ser atolondrada, traviesa, y jugárselo todo a despertar nuestra simpatía. Y fijaos hasta dónde llega este logro que el film de Sandberg, pese a ambientarse en la actualidad y tener que recurrir a Queen para rematar los montajes, parece una obra mucho más ochentera que la práctica totalidad de los revivals que nos hemos estado comiendo hasta ahora, de Stranger Things a Bumblebee. ¿El secreto? Pues no limitarse a colocar a su protagonista tocando un teclado gigante para que acabemos de definir los paralelismos con Big sino, simple y llanamente, buscarle el corazón a esta historia, y apretarlo como si no hubiera mañana. Sólo manteniéndolo así, en las manos, es posible que olvidemos que una vez existió algo llamado Escuadrón suicida.

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