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Bunraku
Críticas
2,0
Pasable
Bunraku

Papiroflexia digital para japonófilos

por
La historia del cine está abarrotada de relucientes ejercicios de intercambio cultural: préstamos transoceánicos o surgidos de curiosas máquinas del tiempo artísticas. Ahí están, por ejemplo, los Spaghetti western de Sergio Leone, cocinados con pasta italiana y receta americana, o los Samurai westerns de Akira Kurosawa, hilados con fibra japonesa, cosidos con espíritu yanqui y tintados con unas gotas de Shakespeare. Una carrera por fagocitar otros cines y otros tiempos que culmina en la figura de Quentin Tarantino, el hombre que ha elevado el Max-Mix de referentes cinéfilos globales a la categoría de arte (aunque podría argumentarse que Jean-Luc Godard ya estuvo allí). Y tirando del hilo de Ariadna que nos presta Tarantino, encontramos otras joyas recientes de la aleación intercultural, como 'Sukiyaki Western Django', un spaghetti western pasado por el filtro japo-trash de Takashi Miike. En fin, que la rueda sigue dando vueltas y que a nadie le extrañe que pronto nos encontremos con una comedia costumbrista española protagonizada por samuráis y cowboys (de hecho, el bueno de Águila Roja se gasta más de un además ninja; sin rastro de ironía, eso sí).

Pues bien, la película que nos ocupa, 'Bunraku', segunda incursión en el largometraje del director-guionista Guy Mosche, juega en esta liga de cócteles cinéfilos multiculturales. De partida, el título alude a una tradición japonesa: el ancestral teatro de marionetas en el que confluyen los rituales, el equilibrio entre contención y efusión, y la fuerte raigambre artesanal del arte japonés. Curiosamente, todas estas cualidades brillan por su ausencia en 'Bunraku', o en todo caso quedan sepultadas bajo una gruesa capa de pirotecnia digital e histeria narrativa. La huella de Tarantino se deja ver por todas partes: ese cóctel de elementos del western, el cine de artes marciales y el noir americano sobre el que hacía piruetas 'Kill Bill'; las tres pistas de un circo particular que, como el de 'Bunraku', también invocaba al anime (la animación japonesa).

Aunque en el caso de Mosche el juego es todavía más extremo, dada la apuesta por una artificiosidad escénica que remite a películas como 'Sin City', 'Sky Captain y el mundo del mañana' o la muy reciente 'Inmortals'. Aquí, el objetivo es hacer colisionar con fuerza la fantasía digital y la artesanía de cartón piedra, aunque lo que debía ser un matrimonio feliz entre tradición y modernidad se queda en un batiburrillo indigesto, sobrecargado de chulería masculina y pose cool.

La película tiene sus momentos. Hay incluso una virtuosa escena de acción (en plano secuencia) que transforma la pantalla en un videojuego 2D. Y aunque es una copia de lo que hiciera Park Chan-wook en 'Old Boy' no deja de transmitir un curioso aroma nostálgico. Entre los actores de esta actualización posmoderna de las novelas hard boiled de Dashiel Hammet, poco que destacar: Josh Hartnett demuestra porqué no llegó a ser la gran estrella que algunos veían en él y Ron Perlman repite como neandertal ilustrado (malote y con rastas), pero la atención la capitaliza el siempre magnético y genuino Woody Harrelson, a quien el papel de maestro de ceremonias sabelotodo le sienta como anillo al dedo. A veces uno tiene la impresión de que a Harrelson le importa poco lo que sucede a su alrededor, que la da igual en qué película está trabajando. Una cualidad que puede verse como la demostración de un ímpetu inquebrantable, o también como una simple limitación actoral. Sea cual sea el veredicto, uno termina agradeciendo que Harrelson se olvide un poco del desaguisado de 'Bunraku' y vaya a su bola.

A favor: Woody Harrelson.

En contra: La sensación de que Bunraku es sólo la punta de un pantagruélico iceberg de cócteles multiculturales de segunda fila.
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