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    Cumbres borrascosas
    Críticas
    3,5
    Buena
    Cumbres borrascosas

    El pretérito se conjuga en presente

    por Carlos Reviriego
    El modo en que Andrea Arnold enmarca una ficción decimonónica, múltiples veces adapatada a la pantalla (Luis Buñuel, Willliam Wyler, Jacques Rivette...), en un paisaje físico y emocional ultra-realista, suplantando las costuras literarias por la fisicidad del cuerpo y los entornos que filma, recuerda en muchos casos al modo en que Pascale Ferran adaptó 'El amante de Lady Chaterley'. Hay en ambos filmes un tratamiento de la imagen que busca conjugar en presente la épica romántica de Emily Brontë, que a pesar de su carácter universal en cierto modo ha quedado momificada en el tiempo. Pero no lo hace trasladando la historia a nuestros tiempos (eso sería demasiado pueril), sino a un lenguaje cinematográfico, a una percepción visual más acorde con el cine de nuestros días. La adaptación no es tanto de contenido como de formas. Ese es probablemente el gran mérito de estas 'Cumbres borrascosas' de Andrea Arnold.

    La directora imprime así a los rústicos y empañados paisajes del Yorkshire del siglo XIX el mismo trabajo de cámara en mano, inmersivo y antiacadémico, que empleó para su notable 'Fish Tank', que transcurría en el ambiente urbano del Essex contemporáneo. Arnold embauca así al espectador en una potente descripción atmósferica al sumergirnos en las encendidas rivalidades, los amores secretos y las luchas de clase que tienen lugar a lo largo de los años en la granja de los Earnshaw, donde la pequeña Cathy (interpretada de joven por Shannon Beer y de adulta por Kaya Scodelario) y el huérfano Heathcliff (Solomon Glave y James Howson) forjan una amistad tan prohibida como indeleble. Ella le enseña a hablar inglés, le inculca los modos y costumbres sociales, le defiende de ultrajes y humillaciones. Al principio, Heathcliff es tratado como un miembro más de la familia, pero cuando el iletrado y pérfido Hindley toma las riendas de la granja, es degradado a la posición de un esclavo, de un animal de carga, algo que Arnold hace quizá demasiado obvio con los constantes paralelismos que articulan las imágenes.

    El diseño de producción de 'Cumbres borrascosas', acentuando la crudeza de las extremas condiciones de vida que retrata (como extremas son las emociones que convoca), elimina de un plumazo cualquier ornamento visual literario, mientras que el guión también privilegia los largos silencios, los gestos de violencia y los retratos de miseria sobre la profusión de palabra en la novela, que no en vano declina un lenguaje que combina expresiones arcaicas y modernas (véase en VOS). Con buen criterio, incluso la música está completamente ausente en el film. Pero la aparente sequedad del tratamiento estilístico no está libre de otra suerte de efectismos en su puesta en escena. Las dinámicas de la lucha de clases que recorre la novela de Bronte están reforzadas por el componente racial que introduce a la historia el guión de Olivia Hertreed -que se merece todo el respeto a la hora de reinterpretar de un modo ciertamente radical una novela clásica-, de modo que, por primera vez en la pantalla, Heathcliff es un personaje de raza negra. Arnold parece tomar como coartada la descripción de Brontë en el original, que se refiere al heroico personaje como "un gitano de piel oscura".

    La gran debilidad de la película reside en el hecho de que la energía emocional de la historia queda casi desactivida ante la gran distancia que separa la segunda parte de la primera, considerablemente más sugerente y eficaz. Los contrastados flashbacks (en el sentido literal, pues en el modo en que los emplea Arnold, son exactamente eso, "flashes" que fugazamente puntúan, comentan el presente de la segunda parte invocando poéticamente el pretérito de la primera) no hacen sino poner más en evidencia la disparidad emocional que vehiculan ambos bloques. Ni el retrato ni el casting de la Cathy adulta parecen los más adecuados, mientras que la creciente tensión de un amor condenado, a pesar de los esfuerzos naturalistas de la puesta en escena, no terminan de estallar con la intensidad que demandan las imágenes. En todo caso, estamos ante una muy meritoria adaptación, rica en audaces y armoniosas opciones estilísticas, capaz de hacernos experimentar las vibraciones del presente haciendo converger las texturas de las formas con el temblor romántico que envuelve la mirada de unos personajes inmortales.

    A favor: El tono contemporáneo, tan seco como fluido, con el que Andrea Arnold desentierra las emociones de una obra decimonónica.

    En contra: El contraste de una segunda parte que no está a la altura del primer bloque del relato.
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