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Dallas Buyers Club
Críticas
3,5
Buena
Dallas Buyers Club

El show de Matthew

por

La edad de oro de Matthew McConaughey arrancó el día que, tras encadenar títulos horripilantes de la vacuidad de Cómo perder a un chico en diez días (2003), Tiptoes (2003), Sahara (2005), Novia por contrato (2006) y Como locos... a por el oro (2008) - y me dejo alguno-, decidió despedir a sus agentes que, al fin y al cabo, lo querrían convertir en el Nicolas Cage de la comedia romántica, y se lanzó a un cúmulo de películas-kamikaze, donde su imagen impoluta mantenida hasta la fecha se trastocó de pies a cabeza al lanzarse a interpretar a una serie de personajes que lindaban entre lo amoral -Killer Joe (2008)-, lo antipático -Bernie (2008)-, lo pervertido -El chico del periódico (2012)- y lo subyugante -Mud (2012)-. Dio en el clavo y acabó explotando como el totémico actor que es -que fue; no olvidemos que McConaughey arrancó su carrera con esa joya llamada Movida del 76 (1993)-. Y desde entonces no ha parado, tanto da que se coma la pantalla en los cinco minutos que aparece en El lobo de Wall Street (2013), como que dinamite con su presencia y diálogos la serie de TV True Detective (2014) o, como en Dallas Buyers Club, someta la película cual dominatrix con su mera presencia consumida, explosiva y (positivamente) histriónica.


Basada en hechos reales y abordando una temática -los melodramas con enfermos terminales- que tantas boñigas cinematográficas han producido, McConaughey se somete a la dinámica anfetamínica del director canadiense Jean-Marc Vallée, para convertir la aventura humana del protagonista -un hombre enfermo de SIDA que combatió a la industria farmacéutica mediante el extraperlo de fármacos prohibidos en los EEUU- en un tour de force interpretativo donde la tragedia humana copula en harmonía tanto con el thriller intimista, la comedia picaresca e, incluso, con el cine romántico -y no tanto por la presencia de Jennifer Garner como por la de Jared Leto-. Vallée traza un collage poblado por outsiders y marginales sacudidos hasta la tumba por la lacra del virus VIH y los acaba convirtiendo en imposibles antihéroes capaces de enfrentarse a políticos y magnates industriales con la única arma del ingenio. Un relato moral, al fin y al cabo, más cercano a 24 Hour Party People (2002) o, incluso, a El dilema (1999), que a películas del corte de Philadelphia (1993) o Los testigos (2007). Vallée no será el rey de la sutileza, ni mucho menos, es un hombre de excesos, que se regodea en sus errores para convertirlos en un sello estilístico, lo que conlleva que sus películas se disfruten más viéndolas que recordándolas. Cine inmediato, pues, que nos habla más (y mejor) sobre el momento presente que aquél en el que se deposita la narración -los años 80, cuando el VIH se convirtió en pandemia-, todo ello vehiculado por el torrente McConaughey. Más que un actor en estado de gracia, un estrella en plena supernova. Batabum-bum-bum.


A favor: Que haga del chillido un arma estética.

En contra: Que se estrene tan tarde.

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