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    Guillaume y los chicos, ¡a la mesa!
    Críticas
    3,5
    Buena
    Guillaume y los chicos, ¡a la mesa!

    La (tragi) comedia de la vida

    por Paula Arantzazu Ruiz
    Aunque al espectador patrio el nombre de Guillaume Gallienne apenas le suene, este cómico, actor y hombre de escena es en Francia toda una celebridad: desde 1998 es miembro de la prestigiosa Comédie-Française y su rostro, bonachón y cercano, ha aparecido en numerosas películas (entre ellas, por ejemplo, María Antonieta, de Sofía Coppola). Ahora, tras más de veinte años como secundario nacional, salta a la dirección adaptando la obra teatral que le acabó de consagrar en las tablas, Guillaume y los chicos ¡a la mesa!; un trabajo en el que hace de su propia vida una magnífica comedia con la que atención, se llevó el premio grande en la Quincena de Realizadores, y hasta cinco César de la Academia Francesa.


    Probablemente los galardones reconozcan también la amplia carrera de Galliene, pero de lo que no cabe duda es que Guillaume y los chicos ¡a la mesa! es un espléndido ejercicio de autoficción: un tour de force del director y actor contra sí mismo pocas veces visto en pantalla. El francés hace gala de una versatilidad bestial al interpretarse a sí mismo y a su madre (algo que ya sucedía en la pieza de teatro) para contar la historia de su vida y de la conflictiva búsqueda de su propia identidad sexual. Porque Guillaume no es un niño como los demás: nacido en el seno de una familia de la alta burguesía, adora tanto a las mujeres que le gusta vestirse como ellas, pese a que su carácter afeminado sea tildado, sin remilgos, de maricón. Desarraigado emocionalmente, su misión a la búsqueda de sí mismo le llevará primero ¡de vacaciones a La Línea de la Concepción! (un arranque repleto de gags hilarantes, especialmente cuando acusan a nuestro protagonista de bailar como una chica); para recalar después en un internado para chicos en Reino Unido y en un balneario en Baviera con Diane Kruger como una sádica enfermera alemana… En fin, hay risas para regalar a costa de la malograda misión de Guillaume y todas las secuencias rebosan pericia cómica, pero lo que distingue esta autoficción de otras piezas del subgénero es su propio dispositivo: Galliene no se distancia de la obra original y en la película también parte de un escenario teatral desde el que va y viene, rompiendo la cuarta pantalla sin cesar, haciendo uso de flashbacks y apoyándose en la madre en el papel de coro griego (o ácida voz de la consciencia) con el objetivo de hacer más fluido el relato y atrapar al espectador.


    No cabe subrayar que lo consigue, aunque, más allá del imaginativo carrusel cómico que se propone, la película también acerca al público generalista un tema espinoso y de difícil debate: ¿cómo afrontar la diferencia sexual sin caer en etiquetas y encasillamientos? Sin lugar a dudas, ha sido una pregunta subyacente en los tres grandes largometrajes franceses laureados en Cannes 2013 (La vida de Adéle, El desconocido del lago y la que nos ocupa), y, pese a que su defensa sea quizá menos portentosa y profunda que en la cinta de Kechiche, Guillaume y los chicos ¡a la mesa! sabe hacer de la risa la mejor herramienta contra la intolerancia.


    A favor: Guillaume Galliene dejándose la piel.


    En contra: El complejo de Edipo de Galliene puede resultar algo intenso.    

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