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La pesca de salmón en Yemen
Críticas
2,0
Pasable
La pesca de salmón en Yemen

La pesca como religión universal

por Mario Santiago
Mi teoría es que todavía no se ha filmado la gran película sobre la pesca, aunque el año pasado el británico Ben Rivers estuvo a punto de lograrlo con 'Two Years at Sea'. En dicho filme, entre la observación y la alucinación, Rivers diseccionaba la existencia cotidiana de Jack, un hombre apartado de la civilización, abocado a la introspección y al encuentro con la naturaleza. En el plano más exigente de la película, Rivers filmaba el intento de Jack por pescar algo que echarse a la boca. Subido en una cochambrosa balsa, el ermitaño se entregaba al arte de la pesca: la espera tensa, sublimada, era filmada en un plano fijo de más de diez minutos (o al menos eso me pareció a mí). Con este ejemplo en mente, resulta curioso advertir cómo un "deporte" enraizado en el tesón y la paciencia ha originado, en su amplia mayoría, películas vertiginosas, infectadas por el germen de la velocidad. Incluso películas parcialmente serenas como 'Moana', de Robert Flaherty, o 'El río de la vida', de Robert Redford, parecen acelerarse en cuanto ponen los pies sobre el agua. El súmmum de esta tendencia lo representa 'Su juego favorito', la magnífica comedia de Howard Hawks, un filme que nos sirve de puerta de entrada al universo de 'La pesca del salmón en Yemen' (uno de los títulos con menos mojo que este crítico puede recordar, al nivel de 'Balzac y la joven costurera china', por poner otro ejemplo desabrido).

'Su juego favorito', protagonizada por un gurú de la pesca que no había empuñado una caña en su vida (un notable Rock Hudson), se enmarcaba en el género de la comedia screwball, definida por su tono satírico, sus vertiginosos diálogos y su abordaje a la "guerra de sexos". Y cabe decir que, de partida, sorprende la soltura con la que 'La pesca del salmón...' se ajusta a las constantes de dicho subgénero de la comedia. Ewan McGregor interpreta a un nerd obsesionado por la pesca: un tipo asocial, atrapado en un matrimonio disfuncional y traicionado por su propia petulancia; casi un calco del personaje de Hudson y no muy lejos del Cary Grant de ‘La fiera de mi niña' o 'Me siento rejuvenecer'. Por su parte, Emily Blunt juega a ser una Katharine Hepburn de nuevo cuño: independiente, autosuficiente, espontánea y, como no, muy enamoradiza. A decir verdad, las comparaciones son del todo injustas. Blunt carece de la chispa de Hepburn, su encanto apunta más a la belleza etérea que al ingenio terrenal. Por su parte, McGregor juega como de costumbre a la estafa actoral: siempre hay algo falso e impostado en sus personajes, como si optase deliberadamente por no creerse a sus criaturas. Esta cualidad no es un defecto en sí misma —Steve Martin la convirtió en un arte elevado en sus inicios—, pero a McGregor la falta ímpetu: su único gran papel es seguramente el de 'Abajo el amor', donde su "falsedad" encajaba perfectamente en el simulacro que atentaba la película, una parodia de las comedias que protagonizaron en los años sesenta Doris Day y, justamente, Rock Hudson.

A todo esto, íbamos diciendo que 'La pesca del salmón...', la nueva película del sueco Lasse Hallström, basada en la novela homónima de Paul Torday, se ancla inicialmente en las arenas de la comedia screwball, y aunque recorre dicha senda sin demasiado brillo, no deja de hacerlo de forma resultona. Además, la vertiente humorística del filme se ve reforzada por el retrato abiertamente satírico que se perfila de la política británica, liderado por una Kristin Scott Thomas que, en una sorprendente pirueta de casting, da vida a una asesora de imagen gubernamental que no hubiese desentonado en 'The Thick of It', la soberbia serie de TV británica creada por Armando Iannucci.

Así, la cosa parece ir más o menos viento en popa hasta que ocurre el desastre: la película se vuelve trascendental. El primer portavoz de la catástrofe es un jeque forrado de petrodólares (Amr Waked) que habla de la pesca como si se tratara del eslabón perdido de la Alianza de Civilizaciones. No exagero; en un momento del filme, el jeque enumera los valores fundamentales de la buena pesca: "paciencia, tolerancia y humildad". Metidos en el agua, agarrados a la caña y al sedal, los hombres pueden descubrirse iguales y entregarse a la paciente espera de la recompensa: un acto de pura fe. Escuchando al jeque, no cabe duda de que la pesca podría cotizar alto en la bolsa de las religiones universales, a medio camino entre el fútbol y la meditación trascendental.

Por desgracia, los delirios del jeque son sólo el principio. Hacia la mitad del filme, Hallström ('Chocolat', 'Siempre a tu lado. Hachiko') y el guionista Simon Beaufoy ('Full Monty', 'Slumdog Millionaire') deciden dejar a un lado el humor y volcarse a aquello que mejor dominan: el dramón romántico. Emerge una inconsistente subtrama protagonizada por un soldado británico atrapado en Afganistán y la película se abarrota de evidentes metáforas. Hallström y Beaufoy exprimen a fondo las posibilidades simbólicas de los pobres salmones (digitalizados), que se convierten en emblema de la lucha a contracorriente del jeque y la lucha interior del personaje de McGregor. En cuanto a la puesta en escena, debería bastar con la enumeración de los dos momentos cumbre del filme: 1) Un plano cenital en el que McGregor corre contra una ola de transeúntes que avanzan en tropel por la calles de Londres, cual salmón luchando contra la corriente fluvial. 2) Un plano subjetivo desde el punto de vista de un salmón que observa desde la superficie de un río yemení a la pareja de tortolitos que forman McGregor y Blunt.

Como conclusión, podría decirse que 'La pesca del salmón en Yemen' es una película sobre el absurdo. Ahí está el insensato proyecto que obsesiona al jeque: poblar de salmones un río yemení. Luego, asistimos a la improbable transformación del personaje de McGregor. Y por último están los ramalazos de comedia disparatada que decoran los mejores momentos del filme. Por desgracia, los disparates de la película no acaban ahí, sino que se extienden a sus excesos simbólicos y a su romanticismo prefabricado.

A favor: La salvaje convicción de Kristin Scott Thomas, encarnando la cara más cínica de la política británica.

En contra: El tono trascendental de la segunda mitad del filme.
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