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Todos los días de mi vida
Críticas
2,0
Pasable
Todos los días de mi vida

Las primeras citas

por Mario Santiago
Puede que lo más inquietante, o quizás lo más interesante de 'Todos los días de mi vida' sea su condición de impersonal drama romántico. Aparentemente, estamos ante una obra prefabricada, rodada con piloto automático por Michael Sucsy (que debuta en la gran pantalla tras dirigir la tv movie 'Grey Gardens') y escrita por el dúo que forman Marc Silverstein y Abby Kohn siguiendo al pie de la letra el "manual del guionista que quiere despuntar, pero sobre todo no desentonar en Hollywood" (en la línea de trabajos anteriores como 'Nunca me han besado' o 'Historias de San Valentín'). Ninguno de los planos de la película llama la atención por su composición; ninguno es capaz de generar rimas, resonancias o disonancias en el interior del filme. Por su parte, la esporádica voz en off recitada por Channing Tatum despacha auténticos monumentos a la vacuidad: "La vida está marcada por momentos de impacto que definen quienes somos". O todavía mejor: "Somos la suma de cada momento que hemos experimentado". No es necesario saber paladear el lirismo de una película como 'El árbol de la vida' para reconocer el timo que ocultan estas supuestas consignas filosóficas. Y sin embargo...

Sin embargo, 'Todos los días de mi vida' se deja ver, invocando a su paso una curiosa lista de referentes heterodoxos. La película no es un lobo con piel de cordero, pero sí quizás un cordero todavía no degollado. La trama arranca enfrentándonos a la tragedia: la destrucción de una idílica relación de pareja a manos de la amnesia (¡ah, la amnesia, ese ingrediente mágico de la ficción fílmica!). De repente, parece que la película quiera transformarse en una relectura de 'Ciudadano Kane' en clave de drama romántico; la disección de una relación mediante flash-backs. El filme juguetea con un registro indie, un poco en la línea de '(500) días juntos': una tropa de hipsters celebra una boda "furtiva" en una sala del Art Institute de Chicago. Sin embargo, la historia gira en otra dirección, hacia la reconstrucción de un amor guillotinado por la (ausencia de) memoria. Es entonces cuando la película elabora extraños vínculos con filmes románticos importantes, como por ejemplo 'Olvídate de mí': ahí está la firme voluntad de reclamar un amor que merece ser (re)vivido. Emerge también el recuerdo de otra película todavía mejor: '50 primeras citas', esa gamberra y naíf oda al amor imperecedero protagonizada por Adam Sandler y Drew Barrymore. Puede que 'Todos los días de mi vida' no tenga ni la inventiva visual de 'Olvídate de mí', ni la fiereza surrealista de '50 primeras citas', ni la elegancia de 'Niebla en el pasado', el gran "melodrama con amnésico" que dirigió Mervyn LeRoy en 1942... sin embargo, se conserva en su interior algo de la dignidad y nobleza de esas películas.

Y luego está Rachel McAdams: una actriz que nos conquistó en la piel de petarda de instituto en la notable 'Chicas malas', que se convirtió en icono gracias a la infumable 'El diario de Noa' y que en los últimos años se ha convertido en una de las pocas excusas para seguir consumiendo el cine de sobremesa de Hollywood. El talento de McAdams se despliega con delicadeza y se nos sirve con expansiva discreción: está en la espontaneidad de su sonrisa (un arma infalible, aunque el peligro de abusar de ella aguarda en los límites de cada secuencia) y en la inquebrantable honestidad de su mirada. Por momentos, parece que le resulte imposible no ser auténtica, genuina. En eso se parece a otras grandes actrices del cine actual: Bryce Dallas Howard en el drama y Emma Stone en la comedia. La materia prima de su arte son la luminosidad y la transparencia. Es la antítesis de Anne Hathaway, la reina de la afectación y la pirotecnia actoral. Con Hathaway (o Kate Winslet o Natalie Portman) uno siempre tiene la impresión de que estar viendo a Hathaway escondida tras una nueva, lustrosa, incluso virtuosa máscara. McAdams apunta a la disolución de su identidad en la del personaje y viceversa. Es maravillosa cuando tiene que mostrarse sorprendida (¡lo está, no puede estar simulándolo!) y entrañable cuando aparece desconcertada por un entorno extraño u hostil. Además, por si todo esto fuera poco, es una de las pocas actrices capaces de hacer llorar a este crítico nada llorón.

A favor: Rachel McAdams.

En contra: La voz en off.
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