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La voz dormida
Críticas
1,0
Muy mala
La voz dormida

Indignación desperdiciada

por
Antes que nada, hay que hablar de las que hubieran podido ser las virtudes de este tercer y último largometraje de Benito Zambrano. La primera es la coherencia con que recupera el territorio de 'Solas' (1999), esa red de relaciones femeninas que componen todo un universo en el que el realizador parece sentirse tan cómodo y satisfecho. La segunda es la ferocidad con que representa algo casi siempre ausente de las ficciones cinematográficas españolas sobre la guerra civil: el ignominioso papel que desempeñaron todas las instituciones reaccionarias –incluyendo la iglesia— en la represión posterior al conflicto. Sin duda, los pocos momentos de 'La voz dormida' en los que asoma una cierta emoción, para ocultarse nuevamente de inmediato, se reparten entre esas dos apuestas, muestran el sufrimiento femenino en contacto con un aparato implacable, las torturas y las humillaciones, la arbitrariedad de un nuevo poder sustentado en la ausencia absoluta de piedad por parte del vencedor. Dicho esto, sin embargo, no hay más remedio que volver a la cruda realidad y hablar sobre el resultado final, sobre las claras insuficiencias de un relato que oscila entre lo convencional y lo histriónico, que utiliza ese dolor que retrata como arma arrojadiza contra el lagrimal del espectador, que mendiga constantemente su complicidad ideológica, y que por lo tanto acaba siendo tan prepotente como la España que pretende describir.

Basada en una novela de Dulce Chacón, ese título falsamente poético ya debería ponernos sobre aviso. En efecto, 'La voz dormida' intenta describir la andadura paralela de dos hermanas en la inmediata posguerra. Una de ellas es joven y ostenta un gracejo andaluz que cae en la caricatura, en el arquetipo de sainete a lo Álvarez Quintero. La otra ha luchado por la República, está encarcelada a la espera de una sentencia y representa el lado trágico del relato, que poco a poco se irá adueñando de él hasta saturarlo por completo. El choque entre ambos registros debe soportar, además, un diseño de producción que querría instalarse en una abstracción dibujada por los contrastes fotográficos y, en cambio, cae en la inverosimilitud, el exceso y una utilización del melodrama que anula cualquier posible emoción más o menos sutil o delicada. En su lugar, la película recurre siempre al efectismo, a la lágrima, al abandono de la reflexión o el análisis en favor de un discurso unilateral y monocorde. Como comprenderán, la honestidad ideológica cae en desigual combate con esta total ausencia de pudor cinematográfico, y el resultado no tiene vuelta de hoja: otra película acartonada sobre la posguerra, otra muestra del cine español más viejo, sin ninguna densidad formal, sin ningún pliegue donde alojarse cuando aquello que estamos viendo cae en el pozo profundo de la discursividad y el artificio.

Lo mejor: La claridad de su posicionamiento político.

Lo peor: La farragosidad estética (y por lo tanto ética) de esa toma de partido.
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