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    Todos Están Muertos
    Críticas
    4,0
    Muy buena
    Todos Están Muertos

    Todos somos fantasmas

    por Beatriz Martínez
    Resulta complicado encontrar en el cine español una voz con un mínimo de personalidad que se atreva a encarar proyectos desde un punto de vista arriesgado, sin la necesidad de acudir a las fórmulas low cost ni tampoco por ello plegarse a las exigencias del público mayoritario. Una voz con entidad artística pero al mismo tiempo capaz de conectar desde un punto de vista generacional con la audiencia. Es el caso de Beatriz Sanchís y su ópera prima, Todos están muertos, la constatación de que es posible en nuestro país un cine joven y fresco, que no necesita “matar al padre” para tomar conciencia de sí mismo, que es capaz de tomar decisiones narrativas y visuales muy valientes, casi kamikazes y lograr salir más que airoso y triunfador del intento. .

    Como en El futuro, de Luis López Carrasco, los ochenta se convierten en el punto de referencia de una generación perdida, la de aquellos que una vez fueron jóvenes y se comieron el mundo y terminaron por darse de bruces con la realidad. En una situación de autismo existencial vive Lupe, antigua estrella de pop que ahora es incapaz de hacerse cargo de sus responsabilidades como madre de un adolescente, enclaustrada en su casa sin poder abandonar ese pasado que se ha convertido de alguna manera en su yugo.


    Resulta magnífica la forma en que la que la directora y la actriz protagonista, Elena Anaya, construyen un personaje que es casi una metáfora tanto histórica como social, aunque lo mejor de Todos están muertos, es que esa situación personal específica puede extrapolarse a la realidad en la que nos encontramos. ¿Qué hacer cuando no tienes expectativas de futuro? ¿Cuándo todo parece estar negro a tu alrededor? Lupe duerme y hace tartas de manzana. Pero todavía no es capaz de salir a la calle y luchar por su futuro.


    Al mismo tiempo, su madre hará lo que pueda para llevar adelante la casa, teniendo que dejar a un lado la tragedia que vivió la familia cuando su hijo murió en un accidente de coche y teniendo que criar casi ella sola al chico de la casa, el único que parece tener vida verdadera entre tanto cadáver andante.
    Todos están muertos es una película sobre fantasmas. Unos fantasmas que toman forma corpórea para recordar a los que están vivos que todavía les queda mucho camino por recorrer. Pero el pasado estará siempre presente para todos tendiendo redes invisibles que los atrapan y obligan a permanecer en un limbo que ya no es de este mundo.


    Ambiente enclaustrado y agónico es el que presenta la casa en la que viven los personajes, repleta de recuerdos, de angustia vital, de canciones que se quedaron grabadas en la memoria como una pesadilla. Pero no es un mundo real, no lo es. Ya nadie se acuerda de aquellos que fueron un símbolo en el pasado, y la movida madrileña es solo un vago recuerdo mientras irrumpe el sonido del nuevo pop español en radiocasetes en los que suenan Los Planetas.


    Beatriz Sanchís muestra con dureza y a la vez ternura a unos personajes que, cada uno a su manera, necesitan una especie de redención. Y esa redención no pasa por olvidar el pasado, sino por aceptar sus consecuencias. Las consecuencias de una crisis de identidad, de unas inseguridades y unas represiones que, de alguna manera, muchos seguimos arrastrando, aunque no hayamos sido estrellas del pop en los ochenta. Todos estamos muertos, pero todos tenemos miedo a dejar de estar vivos. Y esta es una estupenda película para darse cuenta de ello, salir de casa, guardarse los traumas y seguir adelante.


    A favor: Elena Anaya. La originalidad de la propuesta, que hasta en sus momentos más arriesgados, consigue sorprender.

    En contra: Que en ciertos momentos quede un poco light y condescendiente.
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