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    El hijo del otro
    Críticas
    3,0
    Entretenida
    El hijo del otro

    Cuando la genética juega a la geopolítica

    por Daniel de Partearroyo
    En la reciente De tal padre, tal hijo (2013), Hirokazu Kore-eda contaba con su habitual elegancia narrativa la historia de una pareja cuyo bebé había sido intercambiado al nacer. El error es descubierto seis años más tarde y los protagonistas deben tomar la decisión de recuperar a su hijo biológico o seguir criando al mismo que hasta ese momento. En El hijo del otro encontramos otro caso idéntico de confusión de bebés, sólo que ambientado en Israel y descubierto muchos años más tarde: cuando el joven israelí Joseph se hace unas pruebas médicas para entrar en el ejército descubre que al nacer fue cambiado accidentalmente por Yacine, hijo de una familia palestina que vive en los territorios ocupados de Cisjordania.


    La directora Lorraine Lévy (Mes amis, mes amours), coautora del guión junto a Nathalie Saugeon a partir de una idea de Noam Fitoussi, cuenta con transparencia narrativa cómo afecta el chocante descubrimiento a las dos familias, los israelíes y los palestinos. Bordeando con audacia los límites del melodrama y el sentimentalismo, que a veces se acentúa en exceso más debido a las cálidas imágenes fotografiadas por Emmanuel Soyer que por el desarrollo dramático, la cineasta francesa da dimensión y realidad al proceso de aceptación de los Silberg (Emmanuelle Devos y Pascal Elbé) y los Al Bezaaz (Areen Omari y Khalifa Natour) ante la nueva situación familiar, mientras sus respectivos vástagos lidian con la comprensiva crisis de identidad que acaba de golpearles. Pero la película nunca adopta un tono conflictivo ni excesivamente tremendista —salvo por cierto suceso violento arbitrario y gratuito del último acto que, además, no tiene ninguna consecuencia firme sobre el relato—, prefiriendo hacer que el espectador se implique en la crisis de los personajes a través de la convivencia con sus rutinas, espacios y amigos.


    Al final, tanto rehuye Lévy el dramatismo que la película termina agotándose en su propia domesticación. El hijo del otro está más cerca del cuento de hadas encaminado hacia un happy end sin excesivas preocupaciones que de una reflexión sobre las fuerzas de la cultura, el ambiente familiar y la herencia genética en la formación de la identidad personal con uno de los conflictos geopolíticos más importantes del presente de fondo. Joseph y Yacine atraviesan la frontera cisjornada de un lado a otro sin excesivas dificultades y se amoldan a las distintas situaciones familiares como buenamente pueden, no sin roces pero con buena disposición. Es cierto que como canto hacia la integración el filme tiene su reconfortante valor pedagógico, pero su recorrido no llega mucho más allá de servir como catalizador conversacional en la asignatura de Ética —o como quiera que se llame tras la última reforma educativa— del instituto.


    A favor:
    Emmanuelle Devos, encapsulado biológico de la madre perfecta.


    En contra:
    Correcta en desarrollo, almibarada en imágenes y efímera en el recuerdo.

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