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3,0
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El Capital

La banca siempre gana

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Un fantasma recorre Europa y no es el del comunismo. Cuando tras la caída de Lehman Brothers en 2008 se hablaba de la crisis como la oportunidad para reformular el capitalismo, los más ingenuos creímos que por fin la burbuja estallaba en la cara de los malos. Craso error. La banca siempre gana.

Sobre esa conclusión construye Costa Gavras su último largometraje, titulado no en vano El capital, y desde el punto de vista de los malos, es decir, desde la óptica de los banqueros, retratados como caprichosos, adictos al lujo y al poder, jugadores, en definitiva, de su particular partida de Monopoly y ajenos a las consecuencias de la suerte de sus dados. "Los banqueros son una versión nueva de Robin Hood. Roban a los pobres para dárselo a los ricos", dice el protagonista, Marc Tourneuil (Gal Elmaleh) como telón de cierre de la cinta. Antes hemos visto cómo este ejecutivo arribista, gracias a un giro del destino, asciende hasta las más altas esferas convirtiéndose en el presidente de Phenix, una entidad financiera de longevo abolengo, y cómo, una vez en la cumbre, tratará de no caer, apisonando tanto a sus subordinados en Francia como a los socios estadounidenses del fondo que desde la sombra maneja el capital de Phenix. Así las cosas, bajo la premisa de acusar los desmanes de la banca Gavras construye un thriller que si en un principio se muestra arrollador, poco a poco se transforma en una suerte de opereta de aventuras en la que los hombres de acción disparan poniendo en el mercado derivados imposibles de controlar. Por buscar una analogía fácil y al mismo tiempo eficaz, Gavras ha hecho en El capital lo que su compatriota Frédéric Beigbeder realizó en el campo de la literatura: nos indignamos con los excesos que el cineasta de origen griego denuncia, aunque sus descubrimientos nos parezcan, finalmente, datos de brocha gorda. Con todo, resulta imposible no reconocer en la cinta los Juan Luis Cebrián, Liberty y Bankias de turno.

El dato más inquietante de la película, no obstante, no se encuentra en el corazón del filme, sino que reside más bien fuera, en las páginas de la prensa del ídem. Es harto paradójico que el actor protagonista de esta sátira sobre los sucios tejemanejes del cónclave financiero sea la pareja de Carlota de Mónaco, reino de los casinos y uno de los paraísos fiscales más glamurosos de la agónica Europa. La princesa se dejó ver en el estreno del trabajo de Gavras en el pasado Festival de Cine Internacional de Toronto. Sus reflexiones al respecto, un enigma...

A favor: La introducción es arrolladora y, pese a que la película se vuelve algo tosca, el retrato de las altas esferas del poder acaba convenciendo.

En contra: El personaje de Gabriel Byrne resulta demasiado obvio.
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