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    Holy Motors
    Críticas
    5,0
    Obra maestra
    Holy Motors

    Volver a manos llenas

    por Carlos Losilla
    Huérfano tumultuoso de la Nouvelle Vague, enfant terrible del cine francés de los 80 y 90, Léos Carax se propuso en su momento como una especie de mezcla entre el lirismo desesperado de Philippe Garrel y la delicada agresividad de Jean Eustache. Nació ya, pues, como un superviviente. Sus tribulaciones posteriores, que le impidieron ponerse tras la cámara después de Pola X (1999), no enturbiaron su aura mítica, ni tampoco los logros (y algunos excesos, todo hay que decirlo) de películas ya legendarias como Boy Meets Girl (1984), Mala sangre (1986) o Los amantes del Pont Neuf (1991). Su regreso, de este modo, debía producirse a lo grande. Y así ha sido, pues Holy Motors convulsionó el último festival de Cannes y se postula ya como una de las películas del año, encumbrada por la crítica y admirada por la cinefilia. No es de extrañar: estamos ante una de esas películas cuya calculada excentricidad no impide el asombro constante, la sensación de estar redescubriendo el cine escena tras escena.

    La historia es solo un punto de partida: un tipo llamado Oscar (Denis Lavant, actor fetiche de Carax desde sus inicios) trabaja en el interior de una limusina, como el protagonista de Cosmopolis, la última de David Cronenberg. Pero su apocalipsis particular es muy distinto. Adoptando diferentes personalidades, mediante elaborados disfraces, su misión es intervenir en la vida urbana creando situaciones límite, que pongan en duda la realidad circundante. Hasta cierto momento, así, Holy Motors es como una sucesión de sketches dementes, agresivos, que parecen la versión infernal de una película de Jerry Lewis. Es como si Carax estuviera de vuelta de todo y observara su entorno con un cinismo no exento de sarcasmo, como si quisiera dejar bien claro que su reino ya no es de este mundo.

    Sin embargo, la película se detiene, el juego se interrumpe, y en un momento dado se produce una escena deslumbrante, seguramente una de las más emotivas del cine reciente, donde Lavant se reúne con Kylie Minogue en las ruinas de los almacenes La Samaritaine (cerca del Pont Neuf, por cierto) e inician un diálogo, a medio camino entre la fantasmagoría y el musical, que podría ser muchas cosas: recuerdos del pasado, una nueva farsa, un autoanálisis del propio Carax... Lo que importa, no obstante, es que este momento privilegiado cambia por completo el significado de la primera parte y lo humaniza, nos sitúa frente a un pobre tipo cuya pasión por la creación se ha visto reducida un espectáculo sin límites, lo ha convertido en una especie de Sísifo condenado a repetir día tras día sus payasadas.

    ¿Estamos ante un retrato implacable del mundo contemporáneo, simulacro infinito tras el que se oculta un feroz sufrimiento colectivo? ¿Estamos ante un autorretrato del artista, que asume su condición de entertainer para intelectuales petulantes? No lo sé, ni quiero saberlo, pues Holy Motors acaba desplegando tal cantidad de sugerencias, a veces contradictorias entre sí, que podría ser tanto una broma gigantesca como una confesión desesperada. Sea como fuere, Carax se la juega a cada minuto, camina por la cuerda floja del ridículo sin caer en él, y logra no una película bella, sino más bien desgarrada y agresiva, como un interrogante sin respuesta. De una cosa, eso sí, estoy seguro: Holy Motors nos lo pone muy difícil para que sigamos hablando de los "herederos" del gran cine francés de los sesenta y setenta. El trono ya es suyo.

    A favor: la demostración de que Carax no fue flor de un día.

    En contra: su condición de película-límite. Queremos más.
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