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    El molino y la cruz
    Críticas
    4,0
    Muy buena
    El molino y la cruz

    Radiografía de un cuadro

    por Daniel de Partearroyo
    El cineasta polaco Lech Majewski es ante todo conocido en los circuitos del audiovisual artístico gracias a la retrospectiva que le dedicó el MoMA de Nueva York en 2006, 'Conjuring the Moving Image', donde recogían sus películas realizadas hasta la fecha. Aunque con distintos grados de importancia y dramatización, la pintura siempre ha tenido una gran presencia en la obra de Majewski, que inició el proyecto y escribió el guión del biopic 'Basquiat' (Julian Schnabel, 1996) o situó el imaginario de El Bosco en el núcleo de la narración de 'The Garden of Earthly Delights' (2004). Sin embargo, 'El molino y la cruz' marca un punto de inflexión mucho más ambicioso en su carrera. Lo que hace aquí es recrear, con inusitado detallismo, la inmensidad de 'La procesión camino del calvario', cuadro pintado por Peter Brueghel el Viejo en 1564 donde establece un paralelismo entre la crucifixión de Jesucristo y la persecución religiosa que ejercía la Inquisición española en aquel momento en Flandes.

    Al igual que en el libro de Michael Francis Gibson que toma como base, el cineasta (que se se encarga de la dirección, guión, fotografía y música de la película) narra a la vez tanto un puñado de los acontecimientos plasmados en el cuadro como la realización de la obra pictórica, con Rutger Hauer interpretando a Brueghel y Michael York a su mecenas Nicolas Jonghelinck, a quien explica cómo la técnica de composición que utiliza se basa en las líneas de una tela de araña. Como en la pintura original, la plasmación costumbrista de la época supone uno de los mayores logros del film: los personajes secundarios de una de las mayores obras artísticas del siglo XVI son retratados durante sus tareas cotidianas amasando harina, rezando, transportando comida, siendo ejecutados, bailando y divirtiéndose. Los distintos fragmentos de vidas anónimas están fotografiados primando la belleza pictórica y el lirismo por encima del realismo. Con una cadencia pausada y sinuosa, las distintas partes del tableau vivant quedan unidas sin apenas diálogos (de hecho, sus breves apariciones molestan más que otra cosa) ni progresión narrativa, salvo en el caso de la crucifixión. Este rechazo y, a la vez, apuesta por la 'dramatización' de una imagen es la tensión que mantiene viva una narración sin psicologismos.

    Pero el mayor gozo es estético. Como en algunos vídeos de Bill Viola, la contemplación estática de composiciones de naturaleza pictórica en movimiento hace más fácil la recreación del espectador, que seamos mucho más conscientes de la materialidad del tiempo, el detallado pliegue de las vestimentas o la fluidez de las acciones. El trabajo de Majewski con la profundidad de campo también resulta impresionante, al combinar distintos tipos de trucaje visual y transparencias con efectos digitales sin caer en la ostentación masiva ni en la orgía de simbolismos. Mientras, Brueghel pinta su cuadro; él transfiere al molinero, en lo alto de un risco imposible, la posición de un Dios secular cuyo papel sabe que, en realidad, le correspondería a sí mismo.

    A favor: Los planos secuencia por el interior del cuadro.

    En contra: Los escasos momentos de diálogo verbal (sobre todo las reflexiones de algunos personajes en inglés) resultan forzados y extraños en una película tan pictórica y visual.
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