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La espuma de los días
Críticas
3,0
Entretenida
La espuma de los días

El Inspector Gadget y el existencialismo

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Hay directores cuyo estilo termina trascendiendo los límites de su obra, directores que se convierten en catalizadores de movimientos que se extienden por amplios territorios del Planeta Cine. Ese es el caso de Michel Gondry: director de cine, autor de videoclips, mago de la publicidad. Con su gusto por el cartón piedra, los trucajes analógicos y los primitivos juegos con el montaje, Gondry se convirtió a finales del siglo XX y principios del XXI en el principal portavoz del "do it yourself" audiovisual –eso sí, en plan pijo y muy "cool"–. Un movimiento que, desde la nostalgia, reivindicaba la creatividad de la era predigital: un tiempo en el que el cine fantástico era básicamente una empresa artesanal, basada en la invención de escenarios imaginarios e ilusiones táctiles. Así, después de un periplo por las aguas del cine más realista (la interesante The We and the I) y por la jungla de Hollywood (la fallida The Green Hornet), Gondry regresa a sus orígenes para adaptar una novela que le viene como anillo al dedo: "La espuma de los días", del polifacético Boris Vian, un libro de culto entre los jóvenes franceses y de medio mundo.

El encuentro entre la sensibilidad surrealista de Gondry y el gusto por el absurdo de la novela de Vian parecía inevitable. Un cruce de personalidades gracias al cual Gondry, el Inspector Gadget del cine contemporáneo, puede dar rienda suelta a su cacharrería audiovisual, que bulle aquí en su versión más mecanizada, exuberante e histérica. Como si estuviésemos en el laboratorio secreto de Wallace y Gromit, asistimos al funcionamiento de un Piano-cóctel: un instrumento que entremezcla combinados alcohólicos al ritmo de sinuosas melodías de jazz, género musical que funciona como motor anímico de la película. Más adelante, cuando la pareja protagonista decide casarse, Gondry la sumerge en un tanque de agua y proyecta detrás imágenes de la boda: un trucaje –reciclado de La ciencia del sueño– que evoca el encantamiento amoroso. La lista de artificios es inacabables: juegos con la animación stop-motion, pantallas partidas, escenarios que se transforman según el estado de ánimo de los protagonistas…

El barroquismo de Gondry es radical, y ahí empiezan los problemas de su aproximación a La espuma de los días. Más allá de la indigestión que puede provocar la incontinencia imaginativa del director de ¡Olvídate de mí!,  resulta innegable que sus imágenes se hallan bañadas de una marcada evanescencia: sus retorcidas creaciones aparecen y desaparecen del plano en un abrir y cerrar de ojos, dejando en la mente del espectador una huella desvaída. En definitiva, estamos ante un arte de la ligereza que entra en conflicto cuando debe invocar un trasfondo tan sólidamente existencialista como el de la novela de Vian, que parte de un romanticismo naïf para luego sucumbir, por culpa de la enfermedad de la protagonista, a una espiral de dramatismo. Y pese a que Gondry realiza esfuerzos inéditos por conquistar una cierta oscuridad espiritual –de ahí, por ejemplo, su uso del blanco y negro y de la imaginería fúnebre– su existencialismo sólo puede ser pop, y eso conlleva su cuota de banalidad.

Esta dolencia fílmica también se hace patente cuando Gondry debe atender a la desconfiada mirada que Vian lanzaba sobre su entorno social. En la película, el trabajo esclavizante, la hipocresía eclesiástica y el militarismo son atacados con un empuje satírico que nunca llega a ser noqueante, mientras que la crítica de Vian a los excesos del Star System cultural se transforma en una nostalgia por los tiempos en los que los filósofos como Jean-Paul Sartre eran celebrados como estrellas pop.

En el apartado actoral, todo encaja, nada chirría. Audrey Tautou se dedica que sacar del armario su repertorio gestual a lo Amelie, mientras Romain Duris da vida a otro de los jóvenes neuróticos de Gondry, una mezcla de Groucho Marx y Peter Pan. En un momento del arranque de la película, el personaje de Duris echa mano de un sofisticado telescopio que permite avistar cualquier enclave de París. El cacharro responde a un complejo cuadro de mandos que requiere de unas instrucciones precisas. Frustrado por el laberinto tecnológico, el personaje exclama: "¿¡Toda esta tecnología para ver sólo un reflejo!?". Lo mismo se le podría preguntar a Gondry acerca de su película: ¿era necesario tanto cachivache para contar la dulce y triste historia de Colin (Duris) y Chloe (Tautou)?


A favor: El interés de Gondry por explorar la vertiente más existencialista de su personalidad artística.

En contra: Los excesos de pirotecnia audiovisual.

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