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La segunda mujer
Críticas
4,0
Muy buena
La segunda mujer

Oriente en occidente

por

Umut Dag, director austriaco de origen turco, tras colaborar en varias películas en calidad de ayudante de dirección, se lanza a la dirección con su primer largometraje, La segunda mujer (Kuma, 2012), una historia que comienza como un viaje íntimo y acaba con una visión global de una problemática presente en la sociedad austriaca y, por extensión en la europea.


"Kuma" es la palabra que designa a la segunda esposa de un hombre en la tradición turca. En cambio, La segunda mujer comienza con cierto equívoco al respecto cuando vemos a Aysse (Begüm Akkaya), una joven turca que va a contraer matrimonio en un pequeño pueblo de Turquía con otro joven. Todo parece idílico, una celebración normal, como si el cineasta tan solo estuviera mostrándonos el enlace de manera costumbrista mediante un estilo directo que no abandonará en toda la película. Sin embargo, al poco de comenzar, se produce el primer de varios quiebros narrativos: Aysse, en realidad, se convertirá en la segunda mujer de Mustafá, un hombre mayor, casado y con hijos. Lo anterior no era más que una farsa. Pero además, debe de marcharse a Viena a vivir con él. No lo ha visto nunca y poco importa, es la vida que le ha sido asignada. De esta manera Dag rompe de repente la felicidad de Aysee y la introduce en un viaje que estará lleno de sorpresas, la primera de ellas encontrarse con Fatma (Nihal G. Koldas), la esposa de Mustafá, mayor que ella, pero que se convertirá en su inesperada aliada.


La segunda mujer juega con nuestras expectativas en todo momento, virando desde el intimismo a lo grupal, del discurso personal al colectivo, creando un ritmo en crescendo que poco a poco va tensionándose, enturbiándose, acabando en un final que es una auténtica explosión de tensión. A este respecto, Dag realiza un trabajo minucioso y recapacitado sobre el ritmo de la película, conduciendo al espectador con inteligencia y controlando cada momento, sabiendo cuándo ser más observador y paciente y cuándo dejar que la narración eclosione ante nuestros ojos.


Durante gran parte del metraje Dag se centra en narrar la relación de esas dos mujeres que acaban convirtiéndose en dos rostros diferentes para una misma situación. Dag, a la hora de denunciar la situación de estas mujeres cuya vida se decide sin su consentimiento, opta por el drama doméstico en primera instancia para ir narrando una situación particular e individual a partir de la cual ir trazando una visión más amplia y genérica de algo que, desde la perspectiva occidental, parece tan solo acontecer en países lejanos de los que apenas parece que sabemos. Sin embargo, estas cosas suceden en suelo europeo, es algo que nos atañe, o que debería hacerlo. Y aunque Dag busca una cierta abstracción de la situación, al menos en los primeros compases de la historia, acaba lanzando una mirada más amplia sobre su denuncia. La confrontación dialéctica entre las dos mujeres, ambas actrices excepcionales en sus papeles, nos aportan muchas ideas al respecto. Pero para ello se debe escuchar lo que hablan y entender más allá del mero relato íntimo. En esto, La segunda mujer tiene sus mejores bazas.


Mediada la película, cuando Dag decide dar un giro a su narración, el buen ritmo imperante durante el metraje anterior parece perder algo de fuerza a pesar de que el cineasta siga optando por una puesta en escena medida y de corte minimalista, lejos de todo tipo de efectismo o afectación, consciente de que lo que relevante es prestar atención al interior del encuadre. Esto no se pierde durante el resto de película, sin embargo, sí carece de toda la intensidad que había conseguido con la intimidad de las dos mujeres. Pero gana, posiblemente, en profundidad o alcance discursivo, lo cual resulta curioso. Entonces, la historia de La segunda mujer abandona el interior y se mueve hacia el exterior, creando dos espacios fílmicos, narrativos y discursivos que están relacionados aunque no con la suficiente consistencia como para equilibrar la película en su conjunto. Un mal menor en realidad si se atienda a su más que notable conjunto y a la capacidad de Dag para poder narrar una problemática del hoy y del aquí aunque sus antecedentes sean casi ancestrales y su naturaleza, en raíz, lejana a nosotros.


Quizá al final el dramatismo cede ante los intereses del cineasta de constatar la crudeza de una situación, aunque nunca cae en el exceso ni en el paternalismo más recurrente en este caso. Lo hace con seriedad y con un formalismo expresivo elaborado que denotan que tras Dag puede haber, si tiene suerte, un cineasta a tener en cuenta en los próximos años.


Lo mejor: Las actrices y la primera mitad.

Lo peor: La caída de intensidad de la segunda parte a pesar del gran interés de su discurso.

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