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Historia de mi muerte
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4,5
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Historia de mi muerte

Cuando Casanova encontró a Drácula

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'Història de la meva mort' supone un paso adelante en la filmografía de Albert Serra. Como en 'Honor de cavalleria' y 'El cant dels ocells', vuelve a aproximarse a unas figuras entre la historia y el mito, Casanova y Drácula, para fabular a través de ellas sobre la belleza y la inocencia, sobre el deseo y el placer, sobre la luz y las tinieblas. Pero en esta película que le valió el Leopardo de Oro en el Festival de Locarno ensaya nuevos procedimientos que le han alejado del peligro de acomodarse o estancarse en un estilo muy peculiar cuya esencia sigue conservando.


 

El italiano Giacomo Casanova es el protagonista principal durante la mayor parte del metraje e incluso el título retoma el nombre de sus memorias, 'Historia de mi vida'. Serra concibe a Casanova como la encarnación de las valores del Siglo de las Luces, como un personaje polifacético que ejerció de pensador, escritor e inventor, que conoció a los grandes nombres de la cultura europea de la época y disfrutó de todos los placeres de la vida. Nos encontramos con un Casanova más "construido" que los protagonistas de las películas anteriores. Aunque sigue trabajando con intérpretes no profesionales y la mayor parte de su troupe habitual aparezca en la película, aquí el papel principal ha ido a parar a un no-actor de otro perfil. Vicenç Altaió es poeta y comisario cultural, además de guardar cierto parecido físico con los retratos que nos han quedado del veneciano. Este bagaje le otorga ya cierta entidad intelectual al protagonista que además, otra novedad, se nos presenta viviendo en una especie de palacete.


Si los Reyes Magos en 'El cant dels ocells' y Quijote y Sancho en 'Honor de Cavallería' se redefinían a través de su relación con el entorno natural, Casanova lo hace a través de su relación con un entorno cultural que se concentra en el escenario único de su residencia, situada según se nos anuncia en Suiza. Las pinturas que decoran la casa, los libros que lee, los manjares que degusta con fruición, los banquetes que celebra, las conversaciones que entabla, las mujeres que seduce (aunque la faceta de mujeriego del personaje está poco explotada en la película) van construyendo este Casanova sin biografía pero con atributos. Serra, como es habitual, sigue decantándose más por los detalles cotidianos que por las gestas a la hora de modelar a sus personajes y aquí incluso vemos a Casanova cagando para seguidamente olisquear sus propias defecaciones.


 

También es esta la primera película donde Serra ha elaborado un casi-guión o unos casi-diálogos. Casanova cita a Voltaire y a Montaigne, intuye la Revolución Francesa, proyecta un diccionario de quesos, abomina del cristianismo y reivindica que él ideó la lotería. En sus conversaciones se combina cita erudita y diálogo libre: una pausa, una frase suspendida en el aire, una réplica retórica, una charla que se alarga para no llegar a ninguna parte... quiebran cualquier amago de academicismo literario. Casanova cuenta además con su propio escudero, un criado fiel, Pompeu, que encarna Lluís Serrat, el Sancho de 'Honor de Cavalleria'.  Dentro de este universo intelectual, culto y licencioso, Pompeu conserva esa inocencia primigenia que caracterizaba a los protagonistas de las cintas anteriores. En la segunda mitad de la película, Casanova abandona su residencia para emprender un viaje hacia los Cárpatos cuyos motivos no se nos acaban de explicar. Allí se aloja en el humilde hogar de un alquimista. Su universo antaño civilizado se ve sustituido por toda una serie de rituales primitivos, como la matanza de una res que el cineasta rueda con poderío hipnótico. Se ha iniciado la transición de la luz a las tinieblas.

 

 

Albert Serra ha declarado sin tapujos que no ve cine fantástico porque lo odia, en uno deesos exabruptos típicos del de Banyoles que ha causado revuelo entre algunos fans del género. La aproximación al mito vampírico en 'Història de la meva mort' es casi tan heterodoxa como la que llevó a cabo otro cineasta catalán, Pere Portabella, en 'Vampir-Cuadecuc', aunque los dos films navegan por cauces muy distintos.  La primera aparición del conde (a quien encarna un habitual de la troupe de Serra que hasta el momento solo había tenido apariciones esporádicas en sus anteriores films, el motero y rockero impenitente Eliseu Huertas) en 'Història de la meva mort' resulta casi imperceptible, como una presencia amenazante que apenas se vislumbra entre las tinieblas del crepúsculo. Huertas conforma uno de los vampiros más abstractos de la historia del cine. Quizá porque su inclusión en la película no fue una elección propia, con él Serra no lleva a cabo el mismo proceso de apropiación que efectuó con el Quijote, los Reyes Magos o incluso Casanova. Sí que lo depura de las obligaciones de responder a las expectativas creadas por una tradición cultural  pero no le proporciona apenas una vida paralela. Este es un Drácula perfilado con apenas cuatro trazos, los mínimos para identificarle como tal.  Así deviene una especie de poderosa presencia, de sombra oscura que va cerniéndose sobre la figura de Casanova. A pesar de que se nombra su castillo, en ningún momento le vemos habitarlo. Drácula merodea por los entornos del exilio del italiano y empieza a ganarle la partida en el último terreno donde éste todavía podía reinar, la seducción de las mujeres, hasta alcanzar la victoria final...


 

'Honor de Cavalleria' y 'El cant dels ocells'  llevaban a cabo un proceso de despojamiento cultural para reencontrar una inocencia primigenia inexorablemente hermosa. En  'Historia de la meva mort' el mecanismo de búsqueda de la belleza resulta a la vez más elaborado y más frágil, como el propio mundo de Casanova. Aquí Serra ya no se apoya principalmente en la conexión con el carácter afable de los personajes. Ha llevado a cabo un trabajo laborioso y al mismo tiempo ha tenido que evitar que 'Història de la meva mort' se convirtiera en ese tipo de cine que siempre ha rehuido. Por ello la fuerza del film reside en su propia naturaleza imperfecta. Esta no es una película redonda ni cuadriculada. Es un film que persigue los entresijos de un trayecto que va de la luz a las tinieblas, de la civilización al obscurantismo, para captar destellos de inesperada belleza.

 


A favor: el desvirgamiento de una de las muchachas, la matanza del buey, la conversión de mierda en oro, Casanova comiendo granadas, la tenaz inocencia de Lluís Serrat...

En contra: a pesar de su repercusión internacional, todavía no tiene distribuidora en nuestro país.

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