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El poder del dinero
Críticas
3,0
Entretenida
El poder del dinero

El poder del dinero

por
Liam Hemsworth (Los juegos del hambre) es un muchacho de los barrios bajos de Nueva York con un padre enfermo, interpretado por Richard Dreyfuss, y una gran ambición. Trabaja en una corporación dedicada a la telefonía móvil cuyo jefe es Gary Oldman, a su vez enemistado de por vida con el otro magnate del sector, Harrison Ford, en cuyas oficinas el novato deberá infiltrarse para conseguir un secreto industrial. Pero el chico tiene amigos, y por el camino se consigue una novia que además trabaja para Ford, nada menos que Amber Heard (Superfumados, Bienvenidos a Zombieland). ¿Qué cuenta El poder del dinero? ¿Una historia de espionaje industrial o algo más? En un momento pasamos de la teen movie (aunque con personajes ya un poco creciditos) a la historia de superhéroes, o de la historia de amor interclasista a la relación paterno-filial. Por ejemplo, el muchacho sale de juerga con sus amigos, a cuyas habilidades recurrirá luego para vencer a sus enemigos. O bien tanto Oldman como Ford podrían ser esos villanos o esos padres putativos que se busca Spiderman o cualquier otro de su calaña como modelos, positivos o negativos, lo cual da lugar a un relato de aprendizaje que es también una fábula moral…


De hecho, en esta película, no importa tanto la coherencia de la trama como las viñetas que se generan a partir de ella y que adoptan, cada una a su modo, las maneras del género del que proceden. Incluso la elección de los actores responde a esa intención acumulativa. Por un lado, la escena de la noche de juerga, o la del desenlace, evolucionan según  la lógica juvenil de una cierta audiencia a la que parece ir dirigida la película. Por otro, la presencia de Oldman y Ford, y también de Dreyfuss, quiere llamar la atención del cinéfilo maduro que los recuerda en sus papeles de los años 70 y 80. El poder del dinero, en este sentido, podría ser uno de aquellos thrillers paranoicos de John Frankenheimer o Sydney Pollack que protagonizaban tipos más o menos normales de repente involucrados en una gran trama que solía adquirir resonancias metafísicas. Los tiempos han cambiado, y ahora queremos vivir más pegados a la tierra, por lo que Robert Luketic (el director: La cruda realidad, 21: Blackjack…) se deja de segundas intenciones y contenidos metafóricos para exponerlo todo en un nivel de literalidad absoluta. Incluso la parte final, que podría haber derivado en un estilo pesadillesco digno de aquellos thrillers paranoicos (el título original es, precisamente, Paranoia), se mantiene en unos límites que no permiten demasiados vuelos poéticos.


Poco a poco, pues, El poder del dinero va descubriendo sus cartas: en realidad no denuncia la deshumanización del capitalismo, como parece, ni relata el paso a la madurez de un chaval de Brooklyn enfrentado al mundo, sino que más bien propone un puzle entre formas cinematográficas que se ofrecen al espectador como un montón de piezas para ensamblar. Algo parecido, por cierto, a lo que ha hecho George Clooney en Monuments Men, quizá una de las películas más injustamente machacadas de los últimos tiempos (Quim Casas ya se ha encargado de reivindicarla en Sensacine). Mientras Clooney juega con las elipsis para centrarse, de una manera muy atrevida, en cuadros naif independientes, tableaux vivants del cine de wild bunchs, Luketic prefiere acumular géneros, tonos, registros, para luego conectarlos con un hilo argumental que los atraviese. Puede que el resultado no sea una película de Hitchcock o Polanski, ni tampoco Los tres días del cóndor, pero sí es puro cine, nos guste más o menos: un ejercicio que solo habla de formas, y de cómo componerlas y estructurarlas; un juego con los límites del relato y del género en un registro puramente comercial, con las herramientas del cine contemporáneo más mayoritario como punto de partida.


A favor: lo único que desea es mezclar tonos y registros para ofrecer un divertimento entre el pop y el kitsch.

En contra: la ausencia de mayores ambiciones al respecto, pues la poesía también puede surgir de ahí.
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