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    Stockholm
    Críticas
    3,5
    Buena
    Stockholm

    Después del amanecer

    por Eulàlia Iglesias

    'Stockholm' podría entenderse como un episodio extendido y actualizado de 'La Ronda' (1950). Como la película de Max Ophuls, probablemente el film menos romántico jamás rodado sobre el amor, el segundo largometraje de Rodrigo Sorogoyen se centra en la naturaleza mutante y fugaz de la pasión planteada en dos etapas: el proceso de aproximación y seducción, cálido, nocturno y lúdico, seguido del momento del desencanto, frío, diurno y tenso, donde además se cambian las tornas entre la pareja protagonista. En su primera mitad, 'Stockholm' es por tanto una película de cortejo alejada de las estrategias habituales de las comedias románticas. El protagonista masculino (un Javier Pereira que siempre da la talla en este tipo de personajes) centra todas sus energías en seducir a una muchacha (una enigmática y a la vez frágil Aura Garrido) desplegando ese tipo de comportamiento que se sitúa entre el romanticismo de toda la vida, las técnicas del encantador de serpientes y el preámbulo del acecho.


    Todo ello durante un largo camino que va de una fiesta en casa de unos colegas al piso del chico en cuestión en una noche en que Madrid luce más hermosa que nunca. La película avanza al ritmo de unos diálogos que se quieren naturalistas, por momentos forzadamente naturalistas, espejándose un poco en el planteamiento de 'Antes de amanecer' de Richard Linklater. Pero aquí al día siguiente, la luz de la mañana cambia la perspectiva sobre las cosas. El chico ya no muestra el mismo interés mientras que ahora es ella quien reclama la atención debida.

    Los responsables de 'Stockholm' han aprovechado a su favor los condicionantes de una producción reducida. Estamos ante un drama íntimo sobre el devenir de una pareja fugaz que, en su segunda mitad, roza el umbral del film claustrofóbico sin llegar a adentrarse en este territorio. Más allá de sus circunstancias económicas, 'Stockholm' también intenta ser coherente con su tiempo tanto en el retrato de sus personajes, jóvenes de veintitantos de sentimientos inestables, como en ese estilo que conecta con cierto audiovisual contemporáneo al tiempo que no renuncia a una personalidad propia.
     

    A favor: la secuencia en el ascensor, corazón del film y bisagra entre sus dos partes.

    En contra: la sobrecarga de tragedia que arrastra el personaje femenino.

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