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    Joven y bonita
    Críticas
    2,5
    Regular
    Joven y bonita

    Lo invisible

    por Cristina Álvarez López

    La relación entre lo visible y lo invisible es un aspecto central de Joven y bonita, el último filme de François Ozon. El propio título de la película juega, de manera totalmente consciente, con esta dicotomía: en lugar de presentar a su protagonista aludiendo a sus emociones o sentimientos, decide hacerlo exponiendo dos de sus atributos externos más evidentes. No hay nada frívolo en esta decisión que no hace más que subrayar una constatación: la edad y la belleza de Isabelle marcan la percepción que los demás personajes tienen de ella. Durante el desarrollo del filme, asistimos al relato—punteado por las elipsis y los cambios estacionales— de un año en la vida de esta chica de 17 años. La película comienza con una secuencia en la que el hermano menor, escondido entre unos árboles, observa a Isabelle con unos prismáticos mientras ella toma el sol en la playa. La timidez de la protagonista a la hora de quitarse la parte superior del biquini constrasta con la posterior toma de conciencia de su propio cuerpo como objeto deseado y arma de poder—cuerpo joven y bonito (el de Marine Vacth) que no tardará en convertir en fuerza productiva—.


    Isabelle comienza a llevar una doble vida a espaldas de su familia de clase media: se cita con hombres mayores, en hoteles, de lunes a viernes y solo dentro de un horario específico. Todo esto puede hacernos pensar en Belle de jour de Luis Buñuel, pero el filme de Ozon carece de su lucidez, de su ironía mordaz, de su elegancia estilítica y de su intricado juego de emociones prohibidas y disfraces del deseo. Isabelle no necesita el dinero, el sexo no le proporciona ningún placer; su elección tampoco responde a una búsqueda perversa de la humillación. Ozon jamás expone con claridad las razones por las que su protagonista decide prostituirse. Como en muchos trabajos de su filmografía, el director parece renunciar al relato psicológico y, sin embargo, siembra mensajes (las canciones de Françoise Hardy, el poema de Rimbaud), pistas (el padre ausente) e hipótesis (la necesidad de experimentar, la búsqueda de la independencia y el poder, la venganza contra el mundo adulto…) que apuntan, con timidez e indecisión, a todo ese entramado de causas y efectos cuyas conexiones él mismo se empeña en encubrir. Sobre el papel, Joven y bonita tiene varias cualidades que suelen considerarse valores a admirar pero, en la práctica, no funcionan o no bastan. La ambigüedad, la sugerencia, la falta de dramatismo, la irresolución, no siempre ayudar a crear un filme poderoso y enigmático; en este caso, más bien, ponen en evidencia las carencias de la película, la debilidad de un relato/retrato que solo capta el interés del espectador a un nivel superficial.



    En su característico estilo frío y distante, Ozon sigue a Isabelle, se alia con su inexpresividad y su monotonía, admira sin grandes alardes su belleza gélida. Respeta su secretismo y apenas se atreve a ir más allá de su coraza. Cuando lo intenta (como en el encuentro entre la protagonista y el personaje interpretado por Charlotte Rampling), el resultado se siente forzado, impuesto desde fuera, casi como una excusa para cerrar el filme con una nota de ese humanismo prefabricado que redime a los zombies.



    A favor: La secuencia inicial que podría haber sido rodada por el mismísimo Claude Chabrol.

    En contra: La última escena en el hotel.

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