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Murieron por encima de sus posibilidades
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4,0
Muy buena
Murieron por encima de sus posibilidades

Lacuesta arriba.

por

Probablemente, alguien tenía que ponerlo por escrito, primero, y llevarlo a la pantalla, después: alguien tenía que hacer real, aunque sea a través de una historia de ficción, esa fantasía colectiva que ayuda al español medio desde el comienzo de la crisis a sobrevellevar la pesadumbre del día a día. Alguien, sí, tenía que asesinar a un político, torturar a un banquero, y dinamitar el sistema democrático a tiros. Ese alguien ha sido, sorprendentemente o no, Isaki Lacuesta, un cineasta muy ligado al cine de autor, pero que nunca ha ocultado su vocación profundamente popular (maldito país en el que arte y popular son dos palabras que parecen condenadas a vivir enfrentadas), y que con esta comedia desbocada, protagonizada por una larga lista de nombres populares, da un paso más en el ataque a los cuarteles de invierno del cine industrial.



Murieron por encima de sus posibilidades - Cartel

Insólita desde su concepción hasta su enfoque, la película se realizó en modo de semi-cooperativa, sin esperar a subvenciones, rodando a salto de mata durante un largo proceso, y convirtiendo a todo el equipo, actores incluídos, en cooperativistas productores del largometraje, y más que un panfleto político, como se la retrató tras su presentación en el pasado Festival de San Sebastián, Murieron por encima de sus posibilidades es un esperpento en la mejor tradición de la deformización crítica de la realidad que aplica el mismo rasero a todo aquel que se pone frente a la cámara. Y sí, hay violencia, ideas terroristas, un equipo de locos dispuesto a aplicar los recortes económicos en los cuerpos de quienes los idearon, pero también hay una profunda mirada crítica, y nada complaciente, a los impulsos revolucionarios-populistas que pretenden resolver todo a base de golpes en la mesa. Lacuesta es una cineasta político, en el sentido más clásico del término, aquel que se preocupa por las cuestiones de la vida en común, y así lo ha demostrado en trabajos anteriores, como Los condenados (2009), en el que dejaba clara su postura, nada favorable, hacia los procesos revolucionarios, Soldados anónimos (2009), donde hacía una revisión irónico-crítica de los procesos de memoria histórica, o el cortometraje La matança del porc (2012), en el que anunciaba de alguna manera los temas que desarrollaría en Murieron...: la idea de la venganza como sistema de ajuste social, el desigual reparto de las consecuencias de la crisis, y la tentación de las soluciones fáciles a problemas complejos. Desarrollando bajo la forma del exceso y el esperpento (que no es solo la deformidad por la deformidad, sino que ha de nacer bajo un impulso de revisión crítica de lo real) esas ideas, Lacuesta entrega una película que para muchos resultará excesiva: quizás sea irregular (¿pero quién quiere películas perfectas?), quizás sea desbarrada, quizás tenga problemas de ritmo, pero es innegable que contiene no solo una de las miradas más acertadamente afiladas al panorama social, histórico y político de nuestro presente, sino además algunos de los diálogos y situaciones más delirantes, y brillantemente cómicos, del cine reciente. Su caracter episódico, que enlaza de alguna forma con la muy distinta, en apariencia, Gente en sitios (Juan Cavestany, 2013), no es solo el fruto de un rodaje accidentado, sino sobre todo una muestra de esa realidad fragmentada, hecha pedazos, y carente de narrativa clásica, a la que se enfrentan día a día todos los ciudadanos. Guste o no (y a quien firma esto le gusta mucho, aunque el gusto se algo reservado a la cocina, y no al pensamiento, la práctica o la escritura cinematográfica), hay algo que admirar y aplaudir sin reservas ni miramientos: la vocación crítica, e irreverente, de Isaki Lacuesta, capaz de mirar con igual prisma deformante a un lado y al otro del espectro político, y su infinita capacidad de riesgo, además de su intento de encontrar la forma perfecta para cada película, por encima de construir aquello que algunos llaman las marcas de autor. Un aplauso, y salgan, por favor, de su zona de confort.

A favor: La capacidad de exorcizar ciertos demonios populares haciéndolos reales, su ritmo endiablado, Albert Pla, todo él, y algunas secuencias brillantes.

En contra: Es imperfecta, pero si quieren imágenes perfectas, busquen en otro lugar.

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