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    La herida
    Críticas
    4,5
    Imprescindible
    La herida

    Sangrar por corte

    por Gonzalo de Pedro

    El cine de Fernando Franco siempre ha caminado entre la frialdad y la emoción, con una puesta en escena casi quirúrgica, forense en ocasiones, que se convierte en el camino más filoso para acercarse al terreno de las emociones sin dejarse arrastrar ni manipular por ellas. Pudiendo trabajar el drama y la empatía, Franco elige el camino de la distancia justa, la imagen correcta y la ética precisa. Por eso no sorprende que su primera película, con la que se ha proclamado como uno de los vencedores indiscutibles de la 61ª edición del Festival de San Sebastián, donde ganó el Premio especial del Jurado, además de la Concha de Plata a la mejor actriz para su protagonista, Marian Álvarez, aborde la historia de una mujer con trastorno bipolar de forma radical: filmando exclusivamente en planos secuencias que no abandonan el rostro de la protagonista, obligando así al espectador a ver lo que ella ve, y enfrentándole al desconcierto de un personaje que es incapaz de controlar sus propias emociones, y para quien el mundo, y la gente, en casi perpetuo fuera de campo, es un constante misterio, una fuente de dolor, una herida siempre abierta.


    Hay quien reprocha a la película que no deja las heridas que promete... y sin embargo, ¿dónde estaba esa promesa? La herida no busca dañar al espectador, sino profundizar, y retratar, la vida imposible de vivir de una persona a la que todo le daña. Y aunque La herida, rigurosa hasta el límite, consecuente con su propia decisión formal (que es sobre todo una decisión ética) de no abandonar nunca a su protagonista, no busque la complicidad con el espectador, no pretenda llevarle por el camino de las emociones, termina contagiando ese dolor del mundo como enemigo a través, justamente, del rigor formal y del trabajo prodigioso de su actriz protagonista, Marian Álvarez, que se enfrenta a un papel que era campo abonado para la sobreactuación, y ella maneja y despoja de cualquier artificio, y que sostiene y eleva la película con un trabajo basado en el rostro como espejo y máscara, cargando en su propio cuerpo el peso del personaje, marcando en su propia piel las heridas de su personaje.

    Hay a quien también le resulta paradójico, o contradictorio, que un montador debute en el largometraje con una película realizada toda ella en planos secuencias. Hay quien cree ver en esto una negación del montaje, una vía de escape, una huida hacia delante, sin darse cuenta que el plano secuencia es, en realidad, la reafirmación máxima del montaje como organizador del sentido. Un montaje que, sin embargo, no se realiza en la sala de edición, sino en el guión, y en una puesta en escena que trabaja sobre el difícil equilibrio del azar y el control, y que organiza el tiempo de la narración sin necesidad de pasar por el corte. La herida es en el fondo, la mayor defensa posible de la necesidad del montaje más auténtico, el que se basa en el pensamiento y la reflexión, y no en el simple corta y pega de un plano tras otro. Los cortes, como los que la protagonista hace sobre su piel, son siempre una cuestión ética.

    Esa referencia a la piel, superficie, barrera y espacio donde cicatrizan las heridas, no es baladí en una película que hace del cuerpo (como contenedor del dolor) su tema, y del rostro y la forma cinematográfica sus protagonistas. Como pocas veces en el cine español, La herida mantiene una coherencia absoluta entre fondo y forma: una película que retrata las heridas en la piel, que reconoce sin tapujos las limitaciones del aparato cinematográfico para traspasar lo visible y llegar a lo escondido, no podía sino optar por una forma que evidencie esas limitaciones: el plano secuencia, la cámara pegada al rostro, el tiempo constante y continuo, para intentar, siempre sin conseguirlo, entender qué es lo que ocurre en pantalla. El desconcierto de la protagonista es el desconcierto del espectador, privado de pistas, privado de claves, atado a un punto de vista obsesivo e inmutable, y obligado a interpretar por sí mismo lo que la película no le da, porque no puede. Esa radicalidad formal (radical de raíz, y también de riesgo) entronca la película con las vanguardias históricas, que, como dijo Ortega y Gasset, fijaron la atención, no sobre la obra de arte, sino sobre el cristal que la separa del espectador, sobre el soporte, sobre la materialidad misma del trabajo artístico. Hija lejana del accionismo vienés, aquel que tomó el cuerpo como lienzo en el que plasmar el dolor de un mundo incomprensible, La herida trabaja con dos cuerpos, el físico, el de la actriz-personaje, y el propio cuerpo cinematográfico, que intenta traspasar, sin lograrlo, lo que hay más allá de lo evidente. Al final, todo es piel. Todo es superficie. Todo son heridas abiertas. Heridas en la pantalla que no buscan salpicar al espectador.

    A favor: la coherencia, el rigor y la demostración de que el cine es siempre fondo y forma imposibles de separar.

    En contra: que el panorama industrial haga cada vez más difícil la existencia de películas así.

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