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    Los odiosos ocho
    Críticas
    5,0
    Obra maestra
    Los odiosos ocho

    Interiores (en 70 mm)

    por Alejandro G.Calvo
    La octava película de Quentin Tarantino es, simplemente, magistral. Tanto si se toma como un (euro)western de interiores, con ocho hijos de p*** como protagonistas (y uno extra que es todo cariño) enzarzados en una dialéctica continua principalmente centrada en las cicatrices y heridas gangrenadas que ha dejado tras de sí la Guerra de Secesión; como si se toma como un relato diabólico de Agatha Christie, donde la asfixiante tensión suele liberarse con cascadas de sangre viscosa -estos nuevos bastardos juegan al Cluedo como si fuera una ruleta rusa-; o, simplemente, si se vive como un nuevo viaje enloquecido al universo tarantiniano, plagado de sublimes speechs (ahí Samuel L. Jackson se sale del gráfico (aka molómetro)) -los arabescos que preceden al armaggedon-, delirantes chistes soterrados bajo la inminente barbarie, un puñado de personajes entregados a un cul-de-sac narrativo no exento del consabido distanciamiento hipertrófico marca de la casa -ese que siempre sitúa en primer plano la ficción como un elemento destinado al puro disfrute y que tanto bebe de la serie B, el tebeo pulp o las películas que la historia ha tratado, sin conseguirlo, de dejar al margen- y un gusto exquisitamente grotesco por eliminar el trampantojo digital: aquí cuando estallan cabezas hasta al espectador le llegan trozos de cráneo, sesos y sangre (por algo Greg Nicotero, encargado de los FX, es el nombre que aparece justo después del director en los títulos de crédito).


    Los odiosos ocho - Cartel
    La mejor manera de explicar Los odiosos ocho sería decir que concentra lo mejor de la obra de un cineasta que, en especial desde Death Proof (2007), ha alcanzado una madurez como autor y storyteller absolutamente incontestable. Si bien sus primeras obras funcionaban como puzles narrativos de alto voltaje, donde las referencias cinéfilas (y musicales) y su pasión esteticista-fetichista se mezclaban en el cerebro-sampler de su autor junto a discursivas conversaciones -que servían tanto para analizar la cultura pop como para discutir sobre hamburguesas y helados- y su diletante pasión por la violencia más expeditiva, a partir del proyecto Grindhouse, ha ido estilizando sus formas y, si bien nunca ha renunciado a la herencia cinematográfica recibida, sí se ha encontrado más a gusto en un mundo que le es absolutamente propio. De ahí que sus juegos fílmicos se tornen más complejos y atrevidos, dando a sus películas estructuras bisagra (Death Proof), novelesca (Malditos bastardos, 2009) o mediante la contracción-expansión (estructura de acordeón) acercándose tanto a la Odisea como a Los Nibelungos (Django desencadenado, 2012). ¿Cuales serían los mejores momentos de su obra? La escena del bar en Malditos bastardos, la cena en casa del esclavista en Django desencadenado, la set-piece donde La Novia se enfrenta al ejército de O-Ren Ishii en Kill Bill (2003), la tortura al policía a cargo de Mr. Blonde en Reservoir dogs (1992)... Pues bien, Los odiosos ocho es exactamente eso: toda la intensidad, todo el humor, toda la violencia y toda la filigrana argumental presente en esas secuencias, aquí están en las tres horas que dura la película. Desde su arranque, con el seminal score que le ha brindado Morricone, hasta su cierre, cuando las cartas han sido mostradas y la sangre ha sido derramada.

    No engañamos a nadie. La crítica americana ha corrido a decir que Tarantino se pasa de bruto, que la fuerza innegable que posee su puesta en escena y su inteligente descripción de personajes, se ve embarrada por lo grotesco de su gusto por la sangre. Supongo que nuestro gusto es diferente o que, al menos, sabemos a qué nos enfrentamos. La violencia en el universo del autor de Pulp Fiction (1994) jamás tiene un cariz realista -como sí lo tiene el cine de Iñárritu o Haneke-, y esta se disfruta de igual forma que uno goza leyendo un cómic de Jason Aaron o Garth Ennis, porque existe un distanciamiento claro entre lo que es ficción lúdica y lo que es un sufrimiento inaceptable. De hecho, lo más extremo que ha escrito nunca Tarantino ni siquiera lo filmó él: la paliza a Alabama en Amor a quemarropa (1993) venía firmada por Tony Scott. Y es probable que sea en Los odiosos ocho donde esta aparece de forma más exagerada, incluso más divertida, si se me permite decirlo sin que me tomen por loco. Y aún así ese exabrupto no es más que la guinda a tres horas de suspense mágico -Hitchcock se habría comido tres combos de palomitas viéndola-, un innegable ejercicio de estilo -8 personajes, 1 escenario, 70 milímetros de fotograma- que es puro cine. El mejor que uno pueda echarse a la cara si lo que quiere es disfrutar sin ambajes de una buena película de Quentin Tarantino.


    A favor: La ausencia de trampas argumentales. Y la voz en off que aparece a media película.

    En contra: Hay un ralentí de 4 segundos al que no encuentro explicación. Pero me da igual.
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