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Mary Shelley
Críticas
3,0
Entretenida
Mary Shelley

Jóvenes airados

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En lo que se refiere al monstruo de Frankenstein, a veces es difícil discernir si resulta más fascinante la historia que cuenta la novela o la que hay detrás de ella. Quiero decir que Mary Shelley, la autora, podría ser perfectamente un personaje de ficción. O quizá que el doctor Frankenstein y su criatura, por otro lado, quizá pertenezcan ya más al territorio de la ciencia que al de la literatura y el cine. Sea como fuere, he ahí el acierto inicial de la cineasta Haifaa Al-Mansour, la responsable de La bicicleta verde (2012): abordar la vivencia biográfica de Mary Wollstonecraft Godwin –que pasó a ser Shelley al casarse con el poeta del mismo nombre—como si se tratara de una 'woman’s picture', un melodrama centrado en la aventura de una mujer que intenta reafirmarse como tal en una sociedad hostil. Y, por supuesto, todo ello en el marco de una película que quiere dejar muy clara la condición femenina de la protagonista: en el fondo, Mary Shelley es la historia de una artista que lucha por su reconocimiento en un mundo de hombres, ya se trate de su marido, de los amigos de este –Lord Byron, sin ir más lejos— o de su mismísimo padre, un antiguo radical venido a menos.

Mary Shelley - Cartel

Ese es el viaje que cuenta este segundo largo de Al-Mansour, realizado ya bajo el paraguas de una coproducción a medio camino entre Hollywood y Europa. Vemos a Mary durante su primera juventud, viviendo aún en casa de su padre viudo, tras la muerte de una madre con vocación igualmente artística y transgresora. La vemos también en sus primeros pinitos como escritora, como poeta que aún debe encontrar su propia voz, según le espeta su padre al respecto. La seguimos cuando conoce a Shelley, un literato rebelde que le muestra los caminos del amor y la rebelión. Y continuamos con ella en el momento en que, a causa de distintos acontecimientos biográficos, se reafirma como mujer y como artista, se libera del dominio masculino y se lanza a escribir su primera novela, Frankenstein o el moderno Prometeo, al principio de forma anónima, después con su verdadero nombre. Por un lado, Al-Mansour --y su guionista Emma Jensen-- insisten en el lado feminista de la historia, en lo que constituye la parte más débil del filme, pues la reivindicación se mezcla con una cierta tendencia al biopic más convencional, a la película de 'qualité'. Por otro, lo mejor de todo es que sabe extraer de ahí una energía, una verdad, que acaba por presentar a la protagonista como una muchacha combativa, pero también frágil, cuyo enfrentamiento con la sociedad de su época tiene más que ver con las películas de Nicholas Ray que con la típica ficción británica de inspiración literaria.

Pues también Shelley es un muchacho quebradizo y vulnerable, por mucho que a veces se presente como tiránico y machista. Y Byron aparece en pantalla como una mezcla entre el joven David Bowie y el arquetipo viscontiano del aristócrata decadente. En esos momentos, Mary Shelley se convierte en una película sobre los anhelos de la juventud, condenados siempre al fracaso. O en torno a la vida que avanza implacable y nos deja siempre atrás, malheridos y maltrechos. Por eso la película de Al-Mansour es más convincente cuando presenta la creación de Mary, el monstruo de Frankenstein, como una “criatura” que nace de su dolor y de su frustración que cuando quiere ligarla a acontecimientos concretos de su biografía. Y por eso, también, resulta más emotiva y sutil cuando prescinde de los grandes tópicos de la historia que todos conocemos –el nacimiento de la novela en la mente de Mary, durante su estancia ginebrina en la casa de Byron— y se lanza a narrar las pequeñas cosas, las tragedias cotidianas, el modo en que una joven desorientada se convierte poco a poco en mujer y artista, aun a costa de perder la fe en el amor y en la vida tal como los había concebido en su primera juventud. La mayor virtud de la película de Haifaa Al-Mansour es que podría ser perfectamente la historia de una muchacha que aprende a vivir y a escribir cuando todas sus ilusiones se desvanecen. 

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