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    The Neon Demon
    Críticas
    4,0
    Muy buena
    The Neon Demon

    Formas monstruosas

    por Carlos Losilla

    Hay películas que a primera vista parecen execrables. Si le contamos a alguien el argumento de Rojo profundo (1975), por ejemplo, puede que nunca se decida a verla. Imagínense: un pianista y una periodista se unen para investigar una serie de crímenes que suceden en Roma y que la película nos muestra con todo lujo de detalles sádicos, en lugares tan tópicos del cine de terror como un caserón abandonado o el apartamento de una mujer que vive sola y a la que el asesino sorprende al anochecer. Pues bien, no les menciono esta película de Dario Argento porque sí, sino porque no he podido evitar recordarla al empezar a pensar en The Neon Demon, el último trabajo de Nicolas Winding Refn. Creo sinceramente que existe una línea sucesoria que parte del manierismo colorista de las horror movies de los 60 y 70, de Roger Corman a Mario Bava, y concluye por ahora en este film sangriento y atormentado, tras pasar por ciertos materiales de David Lynch. De hecho, si le contamos a alguien el argumento de Inland Empire (2006), puede que tampoco la quiera ver jamás. Y eso une a todas estas historias, aparte –claro está— de algo quizá más oblicuo pero no por ello menos sustancioso:  en The Neon Demon, como en La máscara de la muerte roja (1964) o Seis mujeres para el asesino (1964), el estilo se convierte progresivamente en un animal furioso que acaba devorando a los personajes y a la trama, apoderándose de la película hasta convertirla en una serie más bien monstruosa de masas, volúmenes y manchas de colores.


    The neon demon - Cartel
    The Neon Demon podría ser un cuento infantil reconvertido en historia perversa para adultos. Jesse (Elle Fanning), una ingenua muchacha de provincias, llega al intrincado bosque de Los Ángeles con la intención de convertirse en modelo y actriz, pero allí se encontrará con varios obstáculos. Para empezar, se aloja en la guarida de un ogro feroz (Keanu Reeves) que intentará terminar con su inocencia. También se topa con una especie de hada madrina (Jena Malone) que intentará ayudarla, o al menos eso parece. Y, en fin, se ve acosada por un grupo de hermanastras improvisadas a las que solo mueve la mezquindad y la envidia. La película de Refn podría quedarse ahí, en la fábula más o menos ingeniosa, en el retrato estilizado de un infierno urbano retratado con una estética que parece extraída de las páginas satinadas de una revista de modas. Sin embargo, se trata de lo contrario: ese universo reluciente, siempre pérfido y engañoso, se va diluyendo poco a poco ante los ojos del espectador hasta convertirse en un deliro estético más cercano a la experimentación que al relato. De ahí que la última parte de la película parezca alargarla indefinidamente, encadene elipsis tras elipsis no para terminar de contar la historia, sino para ilustrar su conclusión con una sinfonía cromática y conceptual poco habitual para los estándares del cine comercial reciente.


    Ya hace tiempo que la filmografía de Refn transita estos caminos. En Drive (2012), una violenta historia de obsesión amorosa se convertía en una sucesión de tableaux animados que recreaban a la vez la historia del género y su evolución estilística. En Solo Dios perdona (2013), un viaje exótico al fin de la noche también terminaba en una serie de luces y sombras que luchaban entre sí. Ahora, con The Neon Demon, todo ello parece haber llegado a un callejón sin salida. ¿Qué hará Refn, de ahí en adelante, para seguir en el cine narrativo sin traicionar su vocación cada vez más experimental? Hay escenas en esta película de aroma atroz y maldito, retorcida y siniestra, que pasarán a la historia del cine en color: todo lo que concierne al personaje de Jena Malone, en el último tercio del film, y su relación con Jesse aparece pintado con una fuerza plástica sorprendente, como si eso que llamamos cine volviera a depender únicamente de las imágenes. Pero también se pone en marcha una deriva, durante toda la película, que la conduce a través de lugares por los que cierto espectador medio puede llegar a sentir aversión, rechazo, como si esa no fuera la historia que esperaba. Quizá Refn se esté convirtiendo en un artista demasiado refinado como para que la industria siga confiando en él. Es la eterna historia del esteta perverso que se ha introducido como de rondón en la fábrica de sueños. Y que de algún modo tiene que pagar por ese atrevimiento.

     

    A favor: su ambición sin límites, su obsesión por convertir una simple pieza de género en una reflexión sobre los límites del cine comercial.

    En contra: ese mismo delirio, tan fructífero aquí, podría volverse en contra del cineasta en un futuro quizá no demasiado lejano.

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