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    Nuestra hermana pequeña
    Críticas
    4,0
    Muy buena
    Nuestra hermana pequeña

    Poesía de las pequeñas cosas

    por Carlos Losilla
    Por lo menos desde Nadie sabe (2004), el interés del cine de Hirokazu Kore-eda (2004) se ha ido centrando en la familia y la infancia, la adolescencia y los primeros años de la edad adulta, esa frontera, tan lábil y movediza, que sus películas han retratado con extrema sensibilidad. Still Walking (2010) supuso una cima en ese sentido, una crónica humilde y relajada que le valió el que (parece ser) es el mayor elogio que se le puede hacer a un director japonés: compararlo con Yasujiro Ozu. Pero no, no se trataba de eso, por muchas concomitancias que existan entre ambos, y Kore-eda pareció querer escapar a ese compromiso con alguna que otra película menos trabajada, ya fuera por el lado de una excentricidad muy nipona pero no tan suya (Air Doll, 2009) o por el de una cierta banalización de sus retratos familiares (que alcanzaron su punto más bajo con Milagro, de 2011, y sobre todo De tal padre, tal hijo, de 2013, verdaderas autoparodias del propio cineasta para el gran consumo). Por eso la aparición ahora de Nuestra hermana pequeña (2015) supone toda una sorpresa, un aviso de que Kore-eda no es taba perdido para la causa y, por si fuera poco, una puesta al día de su poética que a la vez le permite conseguir su película más hermosa y conmovedora.

    Nuestra Hermana pequeña - Cartel
    Aquí se trata de cuatro hermanas que deben aprender a convivir a la muerte de su padre, pues una de ellas, la más joven, no procede de la misma madre que las demás. En cualquier caso, su irrupción en la plácida vida familiar de las otras tres, a cuya casa se traslada tras el entierro, constituye el núcleo y la razón de ser del film, estructurado en largas set-pieces que, lejos de dramatizar las situaciones, prefiere observar con paciencia, estudiar las interacciones familiares sin intervenir en ellas, dejando que todo se desarrolle a los ojos del espectador como un retablo en el que los pequeños gestos de la vida cotidiana van construyendo una ficción, por otro lado siempre tranquila y relajada. Pero no se crea que esta es una película monótona o aburrida. Muy al contrario, sin forzar las cosas, Kore-eda consigue que de las propias imágenes vayan surgiendo poco a poco situaciones de drama o de comedia que se entremezclan de una manera natural, que a veces son una sola cosa difícil de discernir -como ocurre en la vida- y que finalmente componen un dibujo somero, sobrio pero alado y grácil, acerca del paso del tiempo, el crecimiento, las relaciones humanas y la presencia constante de la muerte de los seres queridos, que nos obliga siempre a reformular nuestra situación en el mundo.

    ¡Pero si eso es como una película de Ozu!, me dirán ustedes. Y no les faltará razón, ni siquiera cuando me acusen de haberles mareado la perdiz al principio con esta cuestión. Sin embargo, el estilo de Kore-eda es muy distinto. En los primeros tiempos de su carrera sus películas eran más variadas, más experimentales en el sentido de que experimentaban con tonos y registros, con diversos tipos de ficción incluso, llegando a conformar una cierta poesía existencialista que aparece sobre todo en Maboroshi (1995) y After Life (1998), algunas veces jugando con el tema de la memoria, a su vez presente en el documental Without Memory (1996) y su correspondencia con Naomi Kawase, Utsushiyo (1996), cuando los dos encontraron muchos puntos en común. El cine de Kawase ha evolucionado hacia una blandura naïf últimamente muy poco frecuentable (Una pastelería en Tokio), mientras que el de Kore-eda ha conseguido algo muy complicado, como se muestra en Nuestra hermana pequeña: integrar aquellas búsquedas expresivas en una ficción que a la vez las oculta y las deja ver a través de la puesta en escena de gestos y miradas, tan elaboradas que resultan transparentes para el espectador. Y es de este modo, sin alzar la voz, como surgen pequeños milagros: algunas conversaciones domésticas de esta película, algunos paseos por la playa, algunas ceremonias fúnebres, se convierten en el drama mismo de la película, sin mayores subrayados ni énfasis, por el procedimiento de capturar el instante decisivo, esperar para conseguirlo, y fijarlo finalmente en la pantalla en su contacto con otros, con los demás. Eso es voluntad de experimentación, creo yo, y demuestra que Kore-eda nunca ha sido infiel a sí mismo, por mucho que se haya equivocado.


    Lo mejor: Los pequeños instantes, filmados en un tono agridulce que nunca se excede ni en un sentido ni en otro.

    Lo peor: Quizá nuestra propia actitud de espectadores listillos, que a veces puede forzar a la película a convertirse en un falso Ozu en miniatura.
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