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Después de nosotros
Críticas
5,0
Obra maestra
Después de nosotros

La razón vulnerada

por
Después de una película de temática y tono distintos a lo habitual en él, Los caballeros blancos (2015), el belga Joachim Lafosse regresa a territorios expresivos y argumentales más conocidos, lo que no quiere decir que su anterior filme, ambientado entre los miembros de una ONG en el Chad, fuera un error, una obra fallida o una tentativa de hacer un cine diferente a la que Lafosse se vea obligado a renunciar.

Pero si es verdad que el director recupera con Después de nosotros (La economía de la pareja, traducción de su título original, es mucho más definitorio) varios de los rasgos que le han caracterizado con títulos como Perder la razón (2012). Si casi todo era extraordinario en la mayoría de sus anteriores películas, aquí no solo se roza, sino que se consigue en muchos momentos, la perfección. Y es la perfección ante todo emocional, la forma en que la disposición del encuadre, el movimiento de cámara, el duelo actoral, el diálogo, la música (y su ausencia) y el entrelazado de pausas y catarsis nos transmiten la desintegración de una relación a partir de una situación límite: ¿cómo se puede seguir conviviendo, aunque sea tan solo por estrictas razones económicas, cuando ya no se desea estar junto al otro?

De eso, y algunas cosas más, habla Después de nosotros. Cuenta con una actriz (Bérénice Bejo) y un actor (Cédric Kahn, también director, y bueno: Tedio (Roberto Succo, Vida salvaje) en estado de gracia en algo tan difícil como es comunicar el hastío ante una situación que no se quiere pero debe asumirse, el dolor al recordar las cosas compartidas que no volverán, la calma después de la refriega, la tristeza cuando se gritan e insultan sabiendo que eso afecta, y de que manera, tanto a sus dos hijas pequeñas como a los amigos que antes fueron comunes y ahora, quizá, han tenido que tomar partido por una u otro.

El filme habla de una forma concreta de economía de pareja, de la imposibilidad del reparto y la conciliación, de los derechos y obligaciones, del amor marchitado y la razón vulnerada. María y Boris se encuentran abocados a una situación insostenible, compartir la casa tras la separación porque él no tiene dinero para alquilar un apartamento. Y, también, porque hasta quienes más se han querido pueden vulnerarse después por razones triviales, materiales y espurias: él, arquitecto en paro, ha reformado toda la casa y ella ha costeado esa reforma. ¿Les pertenece por igual?

Cuando el amor que se tuvo desaparece, solo queda el rencor, pero la forma en que Lafosse expresa esta terrible situación es de gran delicadeza. Solo hace falta ver como utiliza la música (un fragmento de piano) solo en dos ocasiones, siempre después de momentos de una intensidad desaforada (la violenta cena con los amigos, la presencia de una tasadora de viviendas y el accidente de una de las niñas al ingerir los somníferos de la madre). El plano general de María y Boris en la sala de estar de la casa que siguen compartiendo, y la forma que tiene ella de tomar la mano de él tras la enésima y agria discusión motivada por el accidente de la pequeña, transmiten esa sinceridad tan complicada de pulsar en una pantalla, pero lo que viene después, tras un corte de montaje que es como un puñal, resulta devastador.

A favor: todo de todo.

En contra: nada de nada.




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