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Valerian y la ciudad de los mil planetas

La fuerza está con Luc

por Alberto Corona

En sí mismo, el término space opera ya lleva implícita esa dosis de desdén con la que las películas adscritas a dicha categoría suelen ser recibidas. La voluntad de ambientar aventuras en contextos espaciales imaginarios atendiendo a un componente lúdico antes que a la formulación de complejas cuestiones humanas o pesadillescos “¿y si?” – que la ciencia ficción más seria se complace en acuñar– ha venido siendo relegada al estatus de entretenimiento insustancial, melodramático, vulgar: ningún aficionado al scifi cederá en enumerarte las virtudes del fenómeno de Star Wars. El simpar Luc Besson, que este verano estrena Valerian y la ciudad de los mil planetas, parece mofarse de todo el estado de la cuestión en los primeros minutos de su último film.

Valerian y la ciudad de los mil planetas - CartelEl cómic original en el que se basa, y que también inspiró a George Lucas, no tendría ningún problema en ser etiquetado como space opera, aun cuando los viajes espaciotemporales y el examen de las civilizaciones, inseparables de su argumento,  sean temas bastante comunes en la historia del género matriz. Besson, a la hora de formular su adaptación cinematográfica, descarta totalmente el primer ingrediente, y relega el segundo al citado prólogo –ambientado en un espacio terráqueo reconocible que empieza a normalizar los contactos alienígenas–, que en comparación al resto del metraje parece pertenecer a una película distinta, pero que sí resulta apropiado para esbozar la historia de esa fabulosa ciudad de los mil planetas que enuncia el título. Valerian, en definitiva, decide con total consciencia reducir el componente puramente sci-fi a lo testimonial para adentrarse en terrenos más ingenuos y ostentosos, trabajando con esmero el sentido de la maravilla al tiempo que dinamita el del ridículo. Constituyendo, pues, una space opera orgullosa de serlo. 

En directa relación a esto, son muchas las cosas que fallan en Valerian y la ciudad de los mil planetas. Los personajes son más caricaturescos que comiqueros, y absolutamente ningún actor es creíble en su papel, siempre extremo y lindando con el ridículo. Rihanna y Ethan Hawke son los más afectados en ese sentido –es innegable que este último disfruta con ello, pese a todo–, pero además Dane Dehaan fracasa al querer pasar por galán arrogante interespacial, y Cara Delevingne ve malogrados sus esfuerzos cuando le toca lidiar con la faceta más machistoide de la obra original, tristemente intacta en su traslado a un objeto cultural fechado en 2017. “Nos pareció importante darle a nuestra heroína un lado positivo, ideas claras, determinación, y al mismo tiempo un bonito culo”, declaró en una ocasión Jean-Claude Mezières, dibujante, desentrañando los orígenes del cómic galo. Parece que Besson ha seguido una política similar. 

Sumando los enervantes diálogos entre los protagonistas a las grotescas interpretaciones del resto del reparto, cobra fuerza el deseo de que Valerian y la ciudad de los mil planetas hubiera sido una película muda, y así ni lo moroso de su ritmo, ni la asiduidad con que la trama se mete en callejones sin salida –ese clímax que podría haber carecido perfectamente de set piece hasta que Besson recordó que estaba en modo blockbuster, y lo lió todo aún más– hubiera redundado en lo cuesta arriba que se hace a cada tanto el visionado del film. Sobre todo porque, en el aspecto exclusivamente estético, Valerian y la ciudad de los planetas es un auténtico despiporre. 

Veinte años después de El quinto elemento –una película que, vista hoy, probablemente haría gala de unos defectos muy similares, si bien más fáciles de perdonar, a los de Valerian– Besson conserva una inventiva visual portentosa, que nos permite fantasear sobre qué ocurriría si el todoterreno francés fuera designado para dirigir alguna película de Star Wars en el futuro, en lugar de todos esos cineastas con carisma eventualmente domesticados. De ese modo, cuando la película se limita a ofrecer escenas de acción sin ninguna ambición narrativa, únicamente por lucir esos gloriosos 170 millones de euros presupuestados, Valerian se yergue como una experiencia irrepetible, un festín plástico brillante especialmente a lo largo de su primer acto –que retrata tanto el silente ocaso de una civilización como una aventura independiente de Valerian y Laureline al más puro estilo 007–, y en todos los planos dedicados a tallar ese triunfo artístico que es Alpha, la Ciudad de los Mil Planetas. Rematando un espectáculo total y sensorial que disfrutarás más cuanto más prejuicios, lógicas y conciencia social dejes de lado. 

A favor: Es una de esas películas donde te gustaría quedarte a vivir (mientras no seas mujer y no te dé fatiguilla soportar a babosos, claro).

En contra: Que el muy probable fracaso económico disuada a Luc Besson de volver a adentrarse en aventuras tan locas y marcianas durante los próximos años.

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