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4,0
Muy buena
Jackie

Retrato de una mujer intentando sobrevivir a una tragedia

por

El debut en Hollywood de Pablo Larraín se debe categorizar dentro de ese tipo de biopic moderno cuyo título parece englobarlo todo (un personaje, un concepto, un icono) pero que se centra solo en una parte muy concreta, un instante decisivo, de la vida del protagonista. Sin intentar construir un anti-biopic tan radical como “Neruda”, “Jackie” es, a su manera, otra fehaciente transgresión de las convenciones del género, casi una hermana espiritual de 'Last Days' de Gus Van Sant (2005). Si aquella cinta imaginaba cómo fueron los últimos instantes en la vida de Kurt Cobain, ésta hace lo propio con Jacqueline Kennedy en los cuatro días posteriores al asesinato de su marido, en 1963. Larraín, junto al guionista Noah Oppenheim, traza un retrato naturalista de una mujer afrontando un shock y averiguando cómo sobrevivir a la tragedia. No lo hace de modo cronológicamente lineal, sino fragmentado como un espejo roto. El filme parte de la entrevista que la ex Primera Dama sostiene con un periodista de la revista Life y, a partir de ahí, retrocede en un hábil blanco y negro al programa televisivo con el que abrió las puertas de la Casa Blanca para mostrársela por dentro a toda Norteamérica. También vemos los preparativos del funeral, sus diálogos con Bob Kennedy y Lyndon B. Johnson o momentos de intimidad. Aquí se encuentran algunas de las secuencias más impactantes de la película: aquella en que la vemos entrar en la Casa Blanca con su vestido ensangrentado, cuando prepara en soledad la mudanza del despacho oval o cuando se pone el disco del musical “Camelot”, el favorito del matrimonio.

Jackie - Cartel

Natalie Portman, presente en prácticamente cada plano de la película, compone el personaje de modo prodigioso, con todos sus matices y recovecos: desde la cándida novia de América  recién llegada a la Casa Blanca a la mujer desencantada, herida y destronada, adoradora de su marido e inteligente a la hora de luchar por construir/inventar un legado de cara a la posteridad. A lo largo de esos momentos entremezclados, asistimos a la confrontación entre la dimensión más íntima del personaje y la más pública. El cómo es ella en realidad y cómo quiere mostrarse ante la mirada externa y la conciencia colectiva. Aunque hay momentos en que casi la toca con la punta de los dedos, la película nunca alcanza la pompa épica que suele acompañar a este tipo de producciones, tal vez ayudada por la distancia no patriótica que le otorga el hecho de que el director sea chileno. Hay decisiones sorprendentes, como que John Fitzgerald Kennedy no aparezca hasta el segmento final -con alguna secuencia brutal que nos ataca a traición- a partir de que el mito y metáfora de Camelot entra en escena. En general, el tono es de incomodidad y asfixia, algo a lo que contribuyen una fotografía más feísta que estilizada y la brillante banda sonora de Mica Levi, casi un reflejo sonoro de lo que pasa por la mente de la protagonista. Mucho atrevimiento, en suma, que dejará descolocado al espectador medio que espere encontrarse con el típico producto mainstream diseñado para los Oscar.

 



Lo mejor:
Natalie Portman en el mejor papel de su carrera.

 

Lo peor: Que será la última vez que veamos a John Hurt en la gran pantalla.


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