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4,0
Muy buena
Wilson

Grouñidos en el desierto

por

En uno de esos instantes de agradecida mala leche y de sana irreverencia gruñona, esta adaptación vitriólicamente humanista al fin y al cabo de la tronchante y demoledora novela gráfica de Daniel Clowes (que él mismo ha transformado en guión cinematográfico) le planta un zurullo (que dirían los Rocket Racoon y Drax de la excelente Guardianes de la Galaxia Vol. 2) en toda su intocable grandeza al Umberto D de Roberto Rossellini.

 

Wilson - Cartel

Todo cinéfilo que se precie y que no sea un talibán (hay muchos, son una plaga) entrará en esa broma y sabrá que ahí hay una gran broma muy cabrona que en el fondo nos dice que la emotividad y el sentimentalismo a flor de piel está bien, claro que sí, pero que el mal café y la misantropía son en realidad el verdadero neorrealismo posible. Así que nadie se lleve las manos a la cabeza y alce el grito al cielo porque Wilson, que se sabe rosselliniana en esa descripción inmisericorde de la realidad más cotidiana, cutre y marciana, entiende que no existe la bondad humana, prefiriendo ser tan mordaz y mala persona como el Walter Matthau de En bandeja de plata o cualquier otro título ácido de Billy Wilder. Este Wilson nacido de las viñetas destroyer minimalistas de Clowes y al que Woody Harrelson dota de una malencarada y adorable compostura, es el perfecto ejemplo del odio hacia la humanidad, de la cizaña, del resentimiento, de la cicatería y de tener que ejercer la difícil e incomprendida misión de informarle al mundo que este es un sitio inhabitable en el que todos son lo peor aunque quieran ser lo mejor.

 

Inevitablemente, y esta es una máxima de la comedia, el antihéroe gruñón acaba despertando no sólo nuestras simpatías (Wilson se atreve a ser todo lo políticamente incorrecto que nosotros reprimimos por convencionalismos y por quedar bien delante de los demás) y complicidad, sino cayendo en la trampa de cierta socialización (la entrada de la ex mujer y la hija que creía muerta) o sentimentalización. Por el camino, uno que es profundamente neorrealista y Roberto Rossellini, Wilson se cisca muy a lo Larry David en el cine indie USA, el mumblecore y otras soplapolleces hipster, reescribe con gracia algunas propuestas de colegas como el Jim Jarmusch de Flores rotas y presenta la galería de personajes secundarios más deprimentes (y divertidos) que uno recuerda en el panorama cinematográfico reciente. Ser gruñón mola.

 

A favor: La capacidad de destrucción intelectual del personaje y del film.

En contra: Que ceda incomprensiblemente a cierta humanización sentimental.

 

 



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