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    The Love Witch
    Críticas
    4,0
    Muy buena
    The Love Witch

    Poción de amor

    por Daniel de Partearroyo

    En 1975, Laura Mulvey publicó en la revista Screen uno de sus artículos más influyentes. En Placer visual y cine narrativo, la pensadora y cineasta británica exponía la transmisión de la representación patriarcal a través del cine clásico de Hollywood analizando cómo las narrativas construidas desde la mirada masculina fetichizan a los personajes femeninos y los convierten en objetos de deseo que serán observados, perseguidos y dominados durante el relato. Entonces, el espectador se identifica con el sujeto (hombre) que mira y, de esa relación de poder sobre el objeto, obtiene la gratificación placentera de la narración. Si saltamos a 2014, llegamos al blog personal de Anna Biller, donde la futura directora de The Love Witch –quien lleva filmando cortometrajes desde los 90– utiliza herramientas teóricas similares a las de Mulvey para trazar una genealogía de la misoginia sádica del género slasher. Llevando la teoría a la práctica, sus trabajos como cineasta mantienen la misma preocupación por los mensajes subyacentes en las formas de cine popular.

    La profesora - Cartel

     En Viva (2007), su primer largometraje, Biller –que también se encarga del diseño artístico y de vestuario de sus filmes– replicaba los elementos más inocentones y acartonados de las producciones picantonas de principios de los 70, cuando el erotismo remoloneaba con el softcore en licenciosas ambientaciones pequeñoburguesas de clase media. La operación de exhumación de estéticas retro que practica en The Love Witch es igual de contundente, pero esta vez mirando hacia el cine fantástico y de terror más psicodélicos, subdivisión brujería. Todo ello con sus siempre queridas gotas de Hitchcock: tomando el esqueleto narrativo de Psicosis (1960), la directora cuenta la historia de una mujer fugitiva que llega en coche a un pueblo y decide instalarse. Su enigmática presencia –y el gracejo con el que Samantha Robinson mueve sus pestañas postizas– tendrá un efecto embriagador en cada hombre con el que se vaya encontrando.

    Nada más apropiado para los planes de la protagonista: ella desea sobre todas las cosas encontrar el amor incondicional de un hombre. El problema es que, cada vez que logra una conquista, pierde irremediablemente el interés y sus amantes quedan reducidos a una suerte de enfermos consumidos hasta el suicidio. Condenada a anhelar lo inalcanzable, la gratificación sublime que desaparece en cuanto se atrapa, la protagonista es una heroína trágica convertida en villana psicópata delante de nuestros hechizados ojos. Puede que su deseo no se colme hasta conseguir la aniquilación sádica de lo que ama, pero también es una mujer recuperando para sí misma el poder de su imagen sobre la mirada masculina. Anna Biller ha hecho la película retro más cautivadora visualmente de los últimos años, pero además es un ensayo-exploitation destinado a dar pie a muchas reflexiones sobre los códigos de la narración y la toma de partido en las obsesiones de los protagonistas del cine de género.

     

    A favor: Todas las películas deberían tener un número musical ambientado en una feria renacentista sin venir mucho a cuento.

    En contra: La convicción estilística sin fisuras se mantiene hasta en los aspectos más ásperos para el público actual –el ritmo narrativo, el estatismo escénico, las interpretaciones–, lo que puede pesar durante dos horas de metraje.


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