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Errementari (El herrero y el diablo)
Críticas
3,5
Buena
Errementari (El herrero y el diablo)

Al diablo con el diablo

por

Mientras los Goya llenaban de estatuillas a Handia, ese catálogo de Cornejo o Peris Hermanos, ese Estudio 1 que hacía de la leyenda una concatenación de lugares comunes que mejor hubieran estado en un telefilme de ETB, de los mismos bosques mágicos y acervo mágico verdadero-pero-no del País Vasco llegaba Errementari, un cuento tan brillante como malvado porque (sí) tenía más de crítica social y de retablo histórico que ese Pequeño gran hombre con gigante. Aquellos que recuerden los televisivos cuentos que Shelley Duvall y Francis Ford Coppola produjeron en la década de los 80 y que ofrecieron a un ramillete de primeras espadas del cine, tendrán una idea muy aproximada de por dónde se mueve el film de Paul Urkijo. De hecho, uno se imagina en ese mismo y memorable ómnibus catódico en el cual Tim Burton colaboró, un episodio con el mismo look, arte e inventiva que esta aproximación gótica al relato popular de El herrero y el diablo. Errementari juega (y sale vencedor) a ser muy Tim Burton: Sleepy Hollow no anda muy alejada de esta historia en una Euskadi azotada por las guerras carlistas, por los temores atávicos, la muerte, el hambre, la miseria, las injusticias y el ocultismo.

Errementari (El herrero y el diablo) - Cartel

Urkijo no se avergüenza nunca de estar explicando un cuento (con el aroma de una película de la Hammer o de la antropología del Akelarre de Pedro Olea), pero no lo hace a la manera Disney (aunque el Disney más terrorífico y esquinado, barroco, de Noche en el monte pelado, bien podría estar ahí), sino siguiendo los postulados de quienes mejor supieron adentrarse en la leyenda y la magia para subvertir y pervertir el cuento para niños: las cinematografías del este de Europa.

Partiendo asimismo de la base de que este mismo cuento popular de Euskadi existe en otras formas (pero muy similares) en, por ejemplo, Rusia, Errementari adopta la estética del fantastique soviético y checo, para llenar de expresionismo y alucinantes citas pictóricas sus imágenes viradas en rojo demoníaco. Propone igualmente una oscura y malvada (estimulante) relectura de la ultracatólica Marcelino pan y vino  (no profundizaré en ello para no reventar el final a quienes no han visto todavía la película), una defensa de los demonios proletas, perdidos en un mundo (el nuestro) más infernal que el Averno mismo. Y se pone épica en su conclusión, tanto como política en clave oculta, lo que la acaba por emparentar con aquel censurado Juan Soldado que Fernando Fernán-Gómez rodara en los primeros 70 para TVE. 

A favor: Su estética barroca, gótica y de burtoniano cuento oscuro. 

En contra: Que se la despache meramente como un producto infantil. 

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