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No quiero perderte nunca
Críticas
3,0
Entretenida
No quiero perderte nunca

Sola en la oscuridad

por

Junto con Alfred Hitchcock y Woody Allen, el apátrida Roman Polanski debe de ser uno de los cineastas más influyentes de la historia. Incluso Basada en hechos reales, su última película –no una obra maestra, pero sí la obra de un maestro, según fórmula infalible del gran José Luis Guarner— ha conocido un inesperado epígono en Tully, de Jason Reitman, un atormentado dramedy sobre los fantasmas de la mediana edad, dándose la curiosa circunstancia de que ambas han sido estrenadas entre nosotros casi simultáneamente. Y de una manera aún más misteriosa, No quiero perderte nunca –el segundo largo de Alejo Levis tras Todo parecía perfecto (2014)— se ha convertido en el tercer componente de ese tresillo, una indagación sobre una mente obsesiva que podría ser un thriller de suspense metafísico o quizá la pavorosa descripción de una psisología enferma, como puede que también lo fueran Repulsión o La semilla del diablo. En cualquier caso, la película de Levis se convierte así en indudable hija de su tiempo: no únicamente la soledad es capaz de crear monstruos, sino también los demonios del pasado e incluso de ciertas formas de sexualidad no asumidas.

No quiero perderte nunca - Cartel

Al principio vemos a dos mujeres que comparten una casa en medio de la naturaleza, como dos amantes que quisieran huir del mundo. Una de ellas trabaja fuera y, por la mañana, desaparece de escena. La otra, en cambio, se queda en el caserón y empieza a relacionarse con los fantasmas que lo habitan: ¿de su madre muerta?, ¿de la otra, que ya no está ahí?, ¿de sí misma?... Y es más: ¿hasta cuándo y hasta dónde se va a poder prolongar esa situación? El primer problema de No quiero perderte nunca es la indefinición, pues el tono va perdiéndose poco a poco entre el registro naturalista – a veces, ay, demasiado costumbrista— y el lado mágico de la historia, ninguno de los cuales acaba tomando cuerpo. Y el segundo problema consiste en que esa deriva, ese momento en que la película se pierde en vericuetos insospechados --quizá los espíritus de la casa y de la naturaleza, quizá los laberintos mentales de la protagonista--, tampoco se traduce en una puesta en escena sugerente y ambigua, sino que cae en la tentación de acudir a explicaciones parciales que ni son capaces de justificarlo todo ni dejan espacio para la intervención creativa del espectador. No quiero perderte nunca empieza como una historia de amor lésbico, continúa como un drama psicológico y quiere terminar como todo eso y algunas cosas más, pero finalmente resulta mucho más simple y unívoca de lo que parece.

Allá donde la película adquiere más cuerpo, no obstante, es en el modo en que Levis traduce una experiencia –al parecer— personal: la muerte de la madre y la subversión espectral de la realidad que esa pérdida es capaz de crear. Al integrar ese cataclismo íntimo en la persona de una mujer de educación tradicional -por lo que intuimos- que ha optado por transgredir los pactos amorosos más convencionales, por vivir con otra mujer, el duelo parental resultante acaba adquiriendo formas monstruosas, como si su cuerpo se moviera en otra dimensión o en una realidad paralela, a la vez la representación de un deseo y de un complejo de culpa. Y así, en la descripción de la soledad de ese personaje que no sabe encontrar –o aceptar— su lugar en el mundo, No quiero perderte nunca acaba sumergiéndose en una zona de sombra que confluye a su vez con la que el propio Levis creara en Todo parecía perfecto, donde otro personaje metafóricamente herido pretendía someter la realidad a sus deseos y acababa perdido en un universo incierto. En este sentido, puede que el cineasta siga sin encontrarle el pulso a esos materiales disímiles con que parece gustarle jugar, pero es indudable que con su segundo largo ha logrado dar un paso más en la creación de un mundo siniestro –en el sentido freudiano— que algún día puede adquirir la consistencia que parece pedir a gritos, más allá de las dudas y los tanteos. 

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