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    Chicos buenos
    Críticas
    3,5
    Buena
    Chicos buenos

    Super(mini)salidos

    por Alejandro G.Calvo
    No controlo mucho la obra de Gene Stupnitsky (director) ni de Lee Eisenberg (guionista) –que, en realidad codirigieron la cinta, algo que no se ve reflejado en los créditos- , más allá de ser los responsables del The Office (2005-2013) americano, así que la mejor manera de atacar la película es a través de sus productores: Seth Rogen y Evan Goldberg. Es decir, estamos en terreno conocido: Supersalidos (2007), Superfumados (2008), The Green Hornet (2011), Juerga hasta el fin (2013), The Interview (2014), Los tres reyes malos (2015), La fiesta de las salchichas (2016), Preacher (2016-2019)… todas ellas, de una u otra forma (guion, interpretación, dirección, producción), son (en gran medida) obra suya. Una carrera cimentada bajo el paraguas generacional de Judd Apatow, del que Rogen y Goldberg han sabido extraer esa disfunción connatural a sus protagonistas a la hora de asimilar los cambios que la vida te obliga a tener. Vamos, que lo de hacerse mayores no les va ni a ellos ni a sus personajes. Esa sería la primera vertiente estético-argumental –la crisis de edad a todas las edades posibles: en Chicos buenos nos encontraríamos en la pre-adolescencia-; la segunda, y dónde más suelen cojear, es en lanzarse al humor burro sin ningún tipo de tapujos. No porque no les funcione como tal: todas sus películas son muy divertidas, pero no todas son buenas películas: la diferencia entre Juerga hasta el fin (tremenda) y The Interview (rollaco), nos valdría como canon; sino que según la brocha XXL con la que lanzan sus chanzas acaban sonando más como exabruptos dentro de un relato, por lo general, bien hilado. Chicos buenos - Cartel

    Y en esas estamos con Chicos buenos, crónica generacional de un trío de chavales –casting de 10 para Jacob Tremblay, Keith L. Williams y Brady Noon- a la caza de un primer beso, que bebería tanto del espíritu Apatow (los protagonistas podrían ser una versión joven de los de Supersalidos), como del humor gamberro con alto repertorio de gags sobre juguetes sexuales. En esa dicotomía la película triunfa en su primer valor: el mundo adolescente se les presenta a los protagonistas como un campo de minas tan incomprensible como terrorífico. La aventura ochentera aquí se revela en su mayor plenitud: tres súper amigos enfrentándose sin pudor a todo lo que se les venga encima y convirtiendo el más simple de los objetivos –comprar un dron- en una epopeya digna de los Goonies. Una lástima que en el lado salvaje del chiste, las bolas chinas, los dildos de doble cabeza y los arneses S&M, cobren protagonismo para resaltar un estupor innecesario frente a la inocencia de los jóvenes. Vaya: que es mucho más chulo cuando los protagonistas tienen que aprender a besar, que cuando creen que unas bolas chinas son un collar. Dado el alto contenido sexual (a nivel lenguaje) del film, curiosamente, este no será apto para jóvenes de la misma edad que los protagonistas, lo que crea una paradoja realmente extraña respecto al foco de público al que está orientado la película. ¿Os imagináis que Stranger Things sólo la pudieran ver mayores de 18 años? Pues eso, raro.

    Pero quedémonos con lo bueno, que es muy bueno. La aventura mínima vivida por estos chicos, más que buenos, buenísimos, como si se tratara de una aventura de Max Rockatansky, es delirante y deliciosa a la par. Que las villanas sean unas adolescentes con ganas de juerga a los que los chavales, con su ingenua moralidad, las ven como yonquis del averno, rimaría con esa semblanza que explica que el mundo exterior está entre Mordor y Titán para quién tiene doce años. Una travesía por el desierto que se torna odisea homérica cuando uno ni siquiera tiene bici. Al igual que Supersalidos, Chicos buenos se enfrentará a su cierre con las puertas de una nueva etapa vital: en este caso, la adolescencia. Y cómo bien dice un personaje en la película: ¿cuántos buenos amigos se hacen en el colegio? ¿Cuántos para toda la vida? Pues eso: la mirada agria y ácida de Stupnitsky y Eisenberg (y Golden y Rogen) sobre una época clave en el desarrollo de las personas, explicaría bastante bien por qué las consultas de psicología de medio mundo están llenas a reventar.
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