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Buenos vecinos
Críticas
3,0
Entretenida
Buenos vecinos

La degradación de la convivencia

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Hay en el reciente, contemporáneo o nuevo cine islandés algo del elemento perturbador que caracteriza el actual cine griego alumbrado por la repercusión crítica y en festivales de directores como Yorgos Lanthinos: los islandeses utilizan otros caminos, códigos y situaciones, pero la propuesta es similar, mostrar la degradación de la convivencia. La cinematografía islandesa aún no tiene un nombre propio, una suerte de líder y avanzadilla –quizá pudiera serlo Benedikt Erlingsson, autor de las notables De caballos y hombres y The Show of Shows–, pero está en la dirección correcta. Pero como les ha ocurrido a todos los nuevos cines, de la Nouvelle Vague al cine iraní, del Free Cinema al cine rumano de la última década, el peligro a sortear es el de no acabar burocratizando una fórmula y, sobre todo, que las miradas sean amplias y los directores no se copien unos a otros, como está ocurriendo en el cine griego.

Buenos vecinos - Cartel

Buenos vecinos está en esa tesitura y consigue salvarla a través del vaivén de tonos y del exceso. Durante buena parte del metraje crea una atmósfera más incómoda que inquietante. Mejor dicho, dos atmósferas, aunque atañen a los personajes de una misma familia.

Por un lado, está un joven bastante inepto, ya que su esposa le echa de casa tras pillarle a punto de masturbarse viendo la cinta en la que se revuelca en la cama con otra mujer. La situación es tan inverosímil de entrada que parece de comedia negra antes que de drama realista. El tipo en cuestión, Atli, está viendo el video con los auriculares puestos en la habitación contigua al dormitorio, así que parece que quiere que su esposa, Agnes, lo descubra con las manos en la masa. Lo que sigue es menos "divertido" y atañe al acoso, la violencia y la incapacidad de ambos para una separación que no afecte a la hija pequeña de ambos, con el aderezo de una imposible reunión entre todos los inquilinos del inmueble para criticar a la ruidosa pareja a quienes todos oyen hablar, gritar y follar. Un mundo perfecto. Por el otro lado, pero no en paralelo, tenemos a los padres de Atli. Viven en un barrio tranquilo y en una molesta casa adosada.

Roman Polanski ya ha realizado varios y espléndidos filmes sobre lo que suponen los vecinos en la vida particular de cada uno. Si encima no te entiendes con los que viven en la casa adosada a la tuya, las complicaciones se agravan. Los vecinos de al lado están molestos porque el árbol de los padres de Atli da demasiada sombra en su porche. Lo que sigue, en este caso, es una iracunda espiral de insultos, improperios y actos vejatorios, también de accidentes inesperados, que se ven abocados a una catarsis de violencia física que sorprende pero no deja de tener su lógica si entendemos Buenos vecinos como una particular comedia negra, muy escéptica, fría como la madre de Atli y desencantada, antes que un drama sobre la violencia inherente en la relación/degradación entre semejantes.

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