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    Quiero comerme tu páncreas
    Críticas
    3,5
    Buena
    Quiero comerme tu páncreas

    Douglas Sirk en versión teen

    por Xavi Sánchez Pons

    Mientras en Occidente aún andamos a la greña con los remakes y similares, en Oriente no tienen manías a la hora de realizar varias versiones de un original que, siguiendo criterios comerciales y creativos, tenga potencial para ser adaptado en diversos medios. Eso es lo que ha pasado con Quiero comerme tu páncreas, una novela de Yoru Sumino publicada por entregas en Internet en 2014 que luego salió completa en papel en 2015 y que en los últimos tres años ha dado origen a un manga, a una película de acción real y al anime que ahora llega a los cines españoles. La obra de Sumino es un drama adolescente de alta intensidad emocional que en el filme animado de Shin'ichirô Ushijima se transforma en un interesantísimo cruce entre los melodramas estilizados y masoquistas del Douglas Sirk en Technicolor y el angst juvenil propio de los primeros discos de My Chemical Romance, héroes del emo-rock norteamericano y unos admiradores de la ética y estética de los mangas japoneses. La adaptación cuidadísima de Ushijima, que también firma el guion, une lo viejo con lo nuevo, y consigue armar un relato emotivo sobre la amistad, a veces turbulenta pero siempre inocente y al final purificadora (un trayecto que también le gustaba seguir a Sirk en lo amoroso), entre un adolescente marginado y una chica con una enfermedad terminal.


    Quiero comerme tu páncreas - Cartel

    Quiero comerme tu páncreas no cae nunca en la pornografía sentimental y se acerca con respeto al via crucis que viven sus personajes y a temas controvertidos como el suicidio y la muerte en un entorno adolescente. La idea central de la película es simple pero efectiva: una chica con una esperanza de vida corta pero a la vez llena de energía vital que, antes de morir, enseña a un joven torturado y solitario la importancia de estar vivo y de empatizar con otras personas. La animación, bellísima y que a ratos idealiza el relato de forma acertada (la parte final casi abstracta e inspirada en la imaginería del Principito de Saint-Exupéry es alucinante), está llena de pequeños detalles impresionistas de puesta en escena: rostros que se iluminan u oscurecen de manera aparentemente casual producto de los faros de un coche o de un día lluvioso para mostrar los estados de ánimo de los protagonistas, o el uso simbólico de la primavera, esos árboles que florecen al mismo tiempo que Boku y Sakura inician su relación (como pasaba en Sólo el cielo lo sabe de Sirk con Jane Wyman y Rock Hudson) y la cafetería llamada Spring (primavera en inglés) que Boku utiliza como refugio. El anime emo de Ushijima es una notable muestra neoclásica del género y tiene una misión clara: aflojar la glándula lacrimal de los espectadores, sean estos adolescentes o adultos encallecidos. Eso sí, lo hace de manera honesta, yendo de cara y fomentando con sus imágenes el síndrome de Stendhal, así que todo bien.

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