Los espectadores se ven obligados a mantener el mando de la televisión sujeto durante toda la duración, inmersos en una batalla constante por subir y bajar el volumen
Es una escena cotidiana y cada vez más desesperante en millones de hogares: prepararse para una noche de entretenimiento en el salón, poner una cinta de acción como la popular saga John Wick, y descubrir que es prácticamente imposible disfrutarla de manera relajada. Los espectadores se ven obligados a mantener el mando de la televisión sujeto en la mano durante toda la emisión, inmersos en una batalla constante por subir y bajar el volumen. Si se ajusta el sonido para que las fuertes explosiones no dejen sorda a la audiencia, entonces resulta imposible escuchar los diálogos de los personajes. Por el contrario, si se sube el volumen para lograr entender qué es lo que dicen los actores, la siguiente escena de acción garantiza que vas a molestar a todos los vecinos del edificio. Como reza un conocido dicho entre los estudiantes de realización audiovisual, el público es capaz de perdonar una imagen con mala resolución o baja calidad, pero un mal sonido no se perdona nunca bajo ninguna circunstancia.
Adentrémonos en el rango dinámico
Para comprender el origen de esta problemática que afecta a tantos espectadores, es necesario adentrarse en los aspectos más técnicos del mundo del sonido y entender un concepto fundamental conocido como el rango dinámico. Esta terminología técnica hace referencia a toda esa inmensa cantidad de información sonora que un equipo de audio es capaz de captar o de reproducir sin que la señal llegue a saturarse, distorsionarse o perder datos. En la práctica, durante la compleja fase de mezcla de una película, el rango dinámico es la distancia de volumen que se establece entre el sonido más tenue de la cinta, como puede ser un ligero susurro, y el efecto sonoro más fuerte y estruendoso.
Las películas modernas están mezcladas y diseñadas específicamente para proyectarse en grandes salas de cine comerciales, recintos que aprovechan este amplio rango dinámico al máximo de su capacidad. Estas salas cuentan con decenas de altavoces de alta fidelidad que son capaces de soportar y reproducir toda esa masiva cantidad de información sonora sin ningún tipo de problema. Para ilustrarlo, el sonido viaja a través de carriles separados que pueden componer hasta ocho canales diferentes. En un cine, los canales centrales se dedican de forma casi exclusiva a reproducir las voces de los actores, garantizando su claridad, mientras que el resto de altavoces ubicados en los laterales y en la parte trasera se encargan de generar la inmersión del público mediante los potentes efectos de sonido y la música de la banda sonora.
El gran problema surge cuando esa misma mezcla de audio, pensada para la inmensidad de una sala de cine, se reproduce en el salón de una vivienda tradicional. Por lo general, un televisor convencional únicamente cuenta con unos pequeños altavoces estéreo. Para lidiar con esto, la televisión se ve forzada a coger esos ocho canales independientes de sonido y pasarlos por un embudo acústico para lograr que quepan únicamente en dos canales. Al llevar a cabo esta agresiva compresión, el canal reservado para las voces queda irremediablemente sepultado bajo el peso de la música y los ensordecedores efectos de sonido. La película sigue conservando su enorme rango dinámico original, pero el televisor no sabe cómo gestionarlo.
Sin embargo, la culpa de esta situación no recae de forma exclusiva en las limitaciones de los televisores domésticos. Grandes figuras de la industria, como el diseñador de sonido Walter Murch (conocido por su trabajo en obras maestras como Apocalypse Now), señalan que el problema de fondo en la actualidad es la total ausencia de límites técnicos. En el pasado, los canales y el rango dinámico eran tan limitados en formato analógico que los directores se veían forzados a elegir si en una determinada escena debía destacar la voz humana, la banda sonora o un efecto sonoro concreto. Hoy en día, gracias a las posibilidades infinitas del audio digital, los directores pueden introducir decenas de pistas sonando simultáneamente y al máximo volumen posible. Esta libertad absoluta ha terminado creando una especie de opresivo "muro de sonido", una barrera acústica donde los diálogos se ven obligados a competir ferozmente con todo lo demás para lograr ser escuchados.
Actor, ¡vocaliza!
A este saturado entorno sonoro hay que sumarle una nueva y polémica moda interpretativa: el Mumble Acting. En la búsqueda de un mayor realismo, muchos actores de hoy en día ni siquiera se esfuerzan en vocalizar, prefiriendo murmurar y susurrar sus frases para dotar a su actuación de un toque supuestamente más natural. Esta falta de claridad no es un fenómeno exclusivamente internacional; en producciones españolas, la dicción de numerosos actores ha sido fuertemente criticada, obligando a gran parte del público a activar los subtítulos para no perder el hilo narrativo. Voces consagradas del cine español, como José Sacristán, han reflexionado sobre este problema, recordando la irónica sugerencia de un joven que pedía que se otorgara un Premio Goya "al mejor actor joven que se le entienda".
Las plataformas de streaming añaden el último clavo a este ataúd sonoro al implementar sus propios algoritmos y compresores de audio. Con el firme objetivo de asegurar que la película o serie cargue rápido y la conexión del usuario no sufra cortes, estas plataformas comprimen aún más la calidad de la pista de sonido. Al sumar actores susurrando bajo el Mumble Acting, acentos muy cerrados como los que se aprecian en series como Peaky Blinders, y la intensa compresión digital de las plataformas, la activación de los subtítulos se vuelve obligatoria.
Hay solución
Afortunadamente, los usuarios disponen de varias alternativas para mitigar este caos sonoro y proteger su salud mental. La solución más accesible y completamente gratuita consiste en navegar por los ajustes internos del televisor y activar modos de audio específicos. Aunque el nombre varía según la marca del fabricante, los espectadores deben buscar opciones denominadas Modo noche, Mejora de diálogos, Clear voice o Compresión de rango dinámico. Estas herramientas aplican un compresor inteligente que baja de manera automática el volumen de las explosiones fuertes y, simultáneamente, sube el nivel de los susurros, dejando toda la pista en un punto medio equilibrado. Se pierde cierta inmersión espectacular, pero se gana en comprensión narrativa y paz vecinal.
Para quienes desean dar un paso más en calidad, la mejor inversión tecnológica es la compra de una barra de sonido que disponga, como mínimo, de tres canales: uno izquierdo, uno derecho y un canal central dedicado única y exclusivamente a proyectar las voces humanas. Alternativamente, el uso de programas ecualizadores en ordenadores para potenciar frecuencias bajas o la utilización de auriculares son excelentes opciones, aunque esta última dificulta la experiencia social de compartir unas palomitas con amigos, familia o pareja viendo una película en conjunto. Finalmente, si tras aplicar todos estos ajustes la película de turno sigue resultando incomprensible, el espectador simplemente deberá aceptar que se enfrenta a una obra donde el director ha dictaminado que la atmósfera lo absorba todo, y disfrutar del estruendo tal y como fue concebido.