Seguimos en pleno certamen y hoy vengo a hablaros de una de las películas que más conmoción general ha provocado en el público de esta edición
Seguimos en pleno certamen y hoy vengo a hablaros de una de las películas que más conmoción general ha provocado en el público de esta edición: Buddy. Y es que si hay un sitio en el mundo donde las películas raras y extremas se mueven verdaderamente como pez en el agua, ese sitio es Sitges.
Para entender el calado de Buddy, hay que repasar primero la trayectoria de su autor, el cineasta Casper Kelly, nacido en 1970 en Carolina del Norte. ¿Vosotros os acordáis de aquel cortometraje formidable que se emitió en Adult Swim sin aviso previo titulado Too Many Cooks? Aquella pieza entraba fingiendo ser la cabecera alegre de una sitcom familiar noventera al estilo de Los problemas crecen o ALF. Debía durar como mucho un minuto, pero empezaba a alargarse, a entrar en barrena y a parecerse al videoclip de 'Sabotage' de los Beastie Boys por la aparición ininterrumpida de personajes que no sabías de dónde salían. Aparecían personajes de animación, tripulantes estilo Star Trek y, repentinamente, irrumpía un asesino que empezaba a matar a todo el mundo en la propia cabecera a lo largo de más de diez minutos delirantes.
Casper Kelly firma ahora su debut en el largometraje para cine con Buddy, tras pasar por el Festival de Sundance y causar allí un enorme revuelo.
Aunque es su primera película para salas de cine, Kelly ya había experimentado con el formato de hora y media dentro de Adult Swim con aquella locura navideña concebida como una pieza de carta de ajuste o chimenea quemándose. En YouTube hay miles de emisiones de una chimenea o una pecera que la gente se pone para relajarse mientras lee o piensa cosas importantes. Yo mismo me pongo en mi casa un fuego falso en la tele para pensar. Pues bien, en la propuesta de Kelly veías la chimenea quemarse durante un largo rato hasta que la cámara tomaba distancia, se giraba y revelaba una sangrienta película de terror slasher gore.
Kelly conecta muy bien con el horror bizarro de Nick Antosca (Channel Zero) y con cosas tan extremas como la película de los Muppets gore, desagradable y escatológica que dirigió Peter Jackson, El delirante mundo de los Feebles. Toda su obra parte de una perversión clara de los mecanismos nostálgicos a los que nos aferramos los seres humanos para decir "qué bonita es la vida", cogiéndolos para darles la vuelta y convertirlos en algo verdaderamente espantoso.
Una nueva propuesta 'creepypasta' en la onda del terror actual
En el caso de Buddy, la propuesta llega precedida de mucho nombre por tocar temas de creepypasta y horror analógico, muy en la onda del terror actual. En su planteamiento, Buddy recuerda a Barrio Sésamo (tanto al formato español como al Sesame Street norteamericano), con niños reunidos cantando canciones y aprendiendo comportamiento cívico: la importancia de perdonar, la amistad, ayudar a los padres o la tarea de recoger y limpiar. La película arranca como si fuéramos a ver una serie de episodios de Buddy. Sin embargo, la disonancia estalla al descubrirse que Buddy es un psicópata que se dedica a matar a los niños de forma violentamente gore.
Ese es el gran contraste de la película: el tono, la música, los colores y el formato remiten a la televisión simpática y dulce de los años 90, pero en ese entorno amable se abre camino un salvajismo bañado en un oscurísimo humor negro que resulta muy divertido de ver a pesar de ser una auténtica animalada. Además, la película juega de forma brillante con el concepto metatextual de la escritura de un programa infantil y la ruptura de la cuarta pared. Hay momentos hilarantes en los que los propios niños reaccionan aterrorizados diciendo: "¿Pero qué está pasando aquí? ¡Vámonos de aquí, ese unicornio rosa nos va a matar a todos!".
A nivel de ritmo, es cierto que a la película le toca aguantar un montón de tiempo para llegar a los 90 minutos con un concepto que puede llegar a hacerse recurrente o previsible. Por eso, a mitad de película introduce un giro narrativo para tratar de cambiar la historia y darle forma de película más completa. Puede que ese giro no funcione tan bien como el resto del metraje, pero a mí me vale plenamente, sobre todo porque soy un gran fan de Cristin Milioti, que aparece justamente en esa vuelta de tuerca.
En resumen, me lo he pasado realmente bien con Buddy, una propuesta bastante radical que se adapta como ninguna al espíritu de Sitges.