Críticas
3,5
Buena
El diablo viste de Prada 2

Runway 2026: Sobrevivir al apocalipsis mediático

por Sara Heredia

No esperaba que El diablo viste de Prada 2 hablase con tanto tino de la situación periodística actual. En un año en que los medios españoles han visto la invasión de la IA, la bajada de audiencia y, consecuentemente, el cierre de varias cabeceras llega esta película que concentra todos los problemas, le da un baño de oro y brillo y, aunque solo sea por un momento, te dice que todo va a salir bien si te esfuerzas un poco. Claro que es Hollywood y estos finales felices ya no convencen a nadie, pero eso no quita para que la película aporte un buen contenido de entretenimiento al loco mundo digital en el que nos movemos algunos.

Todos los que disfrutaron de El diablo viste de Prada en 2006 van a pasar un rato genial con la secuela. No solo mantiene el mismo esquema de la primera parte: la historia de superación de una chica que no encaja rodeada de mucho glamour y estilismos imposibles. Sino que le añade más profundidad y madurez. La primera es un vistazo más inocentón al día a día de una revista de moda. Siendo honestos -por mucho que nos gustara y que nos siga gustando a día de hoy- las capas de El diablo viste de Prada se limitan a una jefa cruel y una recién llegada que es la única que se atreve a plantarle cara porque realmente no quiere dedicar su vida a Runway. Pero para la secuela han añadido más perspectivas y esto se traduce en una película más redonda.

La cinta, dirigida de nuevo por David Frankel, arranca con una bofetada de realidad: Andy Sachs (Anne Hathaway) y sus compañeros son despedidos por SMS justo después de ser premiados. Es la lección definitiva del periodismo moderno: tus verdades no importan si no traen tráfico. Esta obsesión por el clic persigue a Andy incluso cuando regresa a Runway para intentar salvar la reputación del medio. Lo consigue con una carta a los usuarios, pero la respuesta que recibe es clara: ¿cuántas visitas ha traído ese artículo?.

20 años después, ninguna de las dos es la misma

Andy Sachs vuelve a trabajar a las órdenes de Miranda Priestly porque se viraliza el discurso que dio en la entrega de premios de periodismo en la que fue despedida. El hijo del fundador de la empresa lo ve y propone su contratación. Cuando Andy regresa al despacho de Miranda tras 20 años trabajando como periodista ninguna de las dos es la misma. Andy es una mujer mucho más segura de sí misma, capaz de mirar a los ojos a su antigua jefa y reivindicar su trabajo. Tampoco Miranda es igual. Ahora ha sido engullida por un mundo dominado por las campañas publicitarias que salvan una publicación en papel a punto de morirse. Hasta tiene una asistente que le llama la atención cuando lo que dice no es apropiado.

La evolución de estas dos figuras es lo más interesante de esta secuela, especialmente el personaje de la siempre genial Meryl Streep. Cuando El diablo viste de Prada se estrenó en 2006 ella era la gran villana, sin lugar a debate. Una mujer fría y despiadada que disfruta humillando a sus trabajadoras. Pero en un visionado en 2026 surge otra imagen de ella: la de una profesional ambiciosa que intenta abrirse camino en una esfera de hombres empresarios mientras trata de equilibrar su trabajo con su vida familiar. 20 años después, Miranda ha perdido su chispa y necesita el empuje de una compañera para salir de hoyo.

Hay mucha sororidad en El diablo vista de Prada 2. Incluso Emily (Emily Blunt), que ahora es una gran ejecutiva de Dior, regresa como una amiga/enemiga a la que siempre está bien tener cerca. Las protagonistas son un poco menos frívolas que en la anterior y se permiten ser más estrategas. De hecho, en el tramo final, adopta un estilo más cercano a Succession y alejado de las pasarelas. La película abandona la ligereza para transformarse en una batalla campal por el control editorial y empresarial, donde la verdadera clave es la alianza estratégica. Ver a Andy y Miranda unir sus fuerzas para navegar ese lodo corporativo es el recordatorio definitivo de que, en un mundo que intenta reemplazarnos por máquinas y métricas, la mejor defensa es una ofensiva compartida.