Críticas
4,0
Muy buena
Urchin

El eterno retorno de una vida desgraciada

por Andrea Zamora

A Harris Dickinson no le da miedo ser desagradable. Ni como actor ni como director. Ha demostrado que le gusta jugar con la provocación. Ha dejado claro que disfruta provocando y desafiando al espectador. Lo demuestran títulos de su filmografía como El triángulo de la tristeza (2022) y Babygirl (2024). Aunque también ha trabajado en producciones más ligeras y amables, parece sentirse más cómodo cuando no busca gustar a todo el mundo. Tal vez por eso su debut detrás de la cámara es una historia dura sobre un hombre destinado a la desgracia. Urchin marca su primera experiencia como realizador y, aunque el resultado no es perfecto, se trata de un comienzo prometedor para su carrera como cineasta.

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El término "urchin" -que en inglés coloquial significa "niño pequeño que va vestido de forma andrajosa"- da título a la historia de Mike (Frank Dillane), un joven que lleva cinco años viviendo en la calle, consumiendo drogas, pidiendo limosna y robando para sobrevivir. Lo conocemos hecho un ovillo en mitad de la acera, dormido, hasta que una mujer que predica la palabra de Dios lo despierta. Empieza así un nuevo día para él. Su rutina se reduce a conseguir algo de dinero, buscar dónde cargar el móvil y encontrar un sitio para dormir. Al día siguiente, lo mismo: algo que comer, un enfrentamiento con otro sintecho que le roba la cartera, una pelea, y un desconocido que intenta separarlos. Ese hombre, al ofrecerle comida, se convierte en su víctima: Mike le propina una paliza y le roba el reloj. La policía lo atrapa y acaba en prisión.

Cuando recupera la libertad, Mike intenta recomponer su vida. Consigue empleo como cocinero en un hotel y una cama en un albergue. Se mantiene alejado de las drogas, hace nuevas amistades y parece, por fin, encaminarse hacia una existencia estable. Pero el encuentro con el hombre al que había agredido reabre viejas heridas. A partir de ahí, todo se desmorona: lo despiden, pierde su alojamiento, vuelve a consumir, y su incipiente relación sentimental se rompe de forma humillante. Todo se derrumba. Otra vez, vuelta al inicio.

Un pícaro con encanto y magnetismo

Urchin, que también se adentra en lo onírico, es un relato con una estructura circular. Al final, Dickinson devuelve a Mike al punto de partida, condenándolo a repetir su caída una y otra vez. Es un personaje destinado al fracaso, incapaz de romper su ciclo de miseria, aunque alcance fugazmente momentos de esperanza. En ese sentido, recuerda a Jude St. Francis, el protagonista de Tan poca vida de Hanya Yanagihara: hombres marcados por la tragedia, incapaces de escapar de ella.

Quizá por eso Dickinson mantiene cierta distancia visual con su protagonista. Mike casi siempre aparece filmado desde lejos, como si lo observáramos desde la mirada indiferente de un transeúnte más. La cámara, al igual que la sociedad, lo margina.

Frank Dillane encarna a este antihéroe con una mezcla de energía, vulnerabilidad y carisma. Bajo la dirección de Dickinson, logra un personaje lleno de matices: un pícaro encantador que se abre paso, torpemente, en un mundo hostil. Su interpretación aporta vitalidad a una película que ya resulta estimulante por sí misma. El guion, escrito también por Dickinson, construye un protagonista sólido, interesante y con una humanidad que invita a seguirlo incluso cuando se hunde.

Además de su retrato personal, Urchin funciona como una crítica social. Aunque en ciertos momentos la narración pierde ritmo, la película contiene suficientes virtudes como para confirmar que Dickinson tiene talento para contar historias y que su debut marca un buen porvenir en su camino como director.