Críticas
5,0
Obra maestra
Mad Max: Furia en la carretera

Frenos rotos, coches locos

por Suso Aira

Hace 30 años, George Miller dejaba a Max Rockatansky perdido en el desierto/Infierno mientras nos mostraba una Sidney arrasada por la hecatombe nuclear. Tres décadas más tarde ha vuelto a ver qué ha sido de él… pero no de una manera cronológica porque el tiempo es algo relativo es este erial posapocalíptico donde el loco Max (y todo lo que queda de la antigua y nueva humanidad) purga sus pecados, convive con sus fantasmas y sencillamente trata de sobrevivir. No es Max un personaje que evolucione más allá de lo que le llevó de la normalidad policial del seminal título estrenado en 1979 a la locura de la venganza. Ya en la (mucho más lograda) segunda entrega (Mad Max II: El guerrero de la carretera), y en la reivindicable Mad Max: Más allá de la Cúpula del Trueno, quedaba claro que el mundo tal como lo conocíamos se había detenido y enloquecido para siempre. Y siempre estaba Max allí, corriendo hacia ninguna parte…

Ese correr hacia ningún sitio vuelve a ser el leit motiv de la cuarta entrega que George Miller nos acaba de regalar a sus jóvenes y rabiosamente creativos 70 años de edad. De hecho, el film es una carrera hacia delante (que afortunadamente es imposible describir con palabras: hay que verla en una pantalla lo más grande posible) que de repente se detiene y decide hacer el camino inverso en una suerte de kamikaze ruta suicida pero acaso tal vez esperanzadora. Cine en estado puro, Mad Max: Furia en la carretera podría ser directamente una película muda y en blanco y negro. Hay mucho de cine silente, de ese espíritu pionero con el que diversos autores descubrían un nuevo lenguaje, en esta obra maestra de Miller. Uno de esos detalles es algo que estaba ya presente en la saga. Los movimientos de los actores en las escenas de acción que imitan ese paso de manivela que aceleraba un punto extra a los personajes, algo que Harold Lloyd o Mack Sennett no cesaron de realizar en sus frenéticas comedias de persecuciones imposibles. Y está David W. Griffith asimismo en ese primitivismo poético en la descripción de los personajes, o la evocativa y bigger than life escena de la entrada en la tempestad de los coches que remite con genial gusto a El viento de Viktor Sjöstrom. Si alguien quisiera saber lo que es cine debería  verse este nuevo Mad Max pues en él se halla toda una magnífica lección sobre cómo contar una historia, definir a quienes la protagonizan y mantener el interés cada segundo de su metraje.

Rica en ideas visuales, fértil en soluciones cinematográficas, Mad Max: Furia en la carretera es, en uno de sus niveles de lectura, la historia, más que de una redención (o redenciones), de cómo Max Rockatansky (un impecable Tom Hardy, más con Steve McQueen en mente que Mel Gibson, aunque le homenajee con infinito cariño y respeto en una escena concreta) recupera, vía (literalmente) sanguínea, a algo parecido a una familia. Y es, en el caso de George Miller, director acusado frívolamente de autor de películas masculinas, la ocasión, como John Ford en Siete mujeres (explícitamente citada en el tramo de las madres), de callar la boca de muchos dando el peso del relato a esa Imperator Furiosa para la cual parece haber nacido y haberse preparado una brutal Charlize Theron.

Una obra maestra, pues, este retorno al Apocalipsis cíclico y a la oda homérica hacia los héroes a su pesar por designio de la frugal insania de los dioses. Una obra maestra que es como si Alejandro Jodorowsky hubiera podido de verdad filmar su Dune… Y esto no es una cita o un piropo gratuito: las secuencias iniciales en los dominios de los Imperator son lo más jodorowskyano (y Dune) que se ha visto y se verá jamás en cualquier blockbuster made in USA.

A favor: Su exquisita y generosa gula cinematográfica.

En contra: Aún habrá quien le ponga pegas (Max, dales caña).