Críticas
3,5
Buena
Amama

El bosque, el caserío y una cama de madera

por Quim Casas

“Es dramático, pero la vida en el caserío hoy ya no tiene sentido”. De esta manera tan gráfica y rotunda se expresaba Asier Altuna al presentar Amama en el pasado festival de San Sebastián. Su primer largometraje de ficción realizado en solitario – antes hizo con Telmo Esnal la comedia Aupa Etxebeste! (2005) y dirigió el documental Bertsolari (2011), además de numerosos cortos entre fantásticos, oníricos y realistas– es una especie de elegía sobre la desaparición de una forma de vida, la de los caseríos vascos, que podríamos extrapolar a otros ámbitos de la vida rural en distintos puntos de la geografía estatal.

Pero Amama es también un estudio de las diferencias generacionales, de los encontronazos que formas de vida tan distintas como la rural y la urbana pueden suscitar, de la perpetuación de un sistema de valores y una identidad cultural planteada, en este caso, con elementos tanto de la ficción realista como del documento y la fantasía; mejor, una cierta idea de la fantasmagoría que, en el tratamiento del bosque, un espacio ritual e iniciático a lo largo de todo el metraje, y en el papel de la abuela de larguísimo cabello nevado, puede recordar en algunos momentos al cine de Naomi Kawase (El bosque del luto). La tradición que emana de la propia historia se da la mano con la modernidad.

El filme de Altuna es ante todo muy curioso: sus imágenes proponen e incitan a esa curiosidad por parte de un espectador no acostumbrado a determinados elementos de la mecánica narrativa empleada. El sentido de la puesta en escena es muy personal, e inteligente resulta la mirada que propone sobre la comentada divergencia cultural entre campo y ciudad en el seno de una misma familia: Amama no es, digámoslo claro, una película más sobre este tema.

Tiene cosas francamente bonitas, como el proceso de reconciliación entre la hija y el padre a partir del momento en que él reutiliza el árbol cortado y ultrajado, símbolo de la ruptura entre ellos, para hacerle una cama y llevársela al piso que comparte en la ciudad. Posee también un hálito onírico (la imagen multiplicada de la abuela siempre presente, la cuerda que ata al hijo mayor a ese espacio rural del que no puede partir) y una vertiente simbólica que nunca chirría ni resulta recargada. Muchos elementos, y todos bien medidos y combinados.

A favor: su diversidad de ingredientes y la originalidad estilística a partir de un tema clásico.

En contra: que pueda ser considerado un filme más sobre las diferencias entre campo y ciudad.