Críticas
3,5
Buena
Dark Star. El universo de H.R. Giger

El padre del monstruo

por Gerard Casau

La cámara rodea con suntuosidad una casa prácticamente oculta detrás de la vegetación. El lugar parece estar completamente desierto, a excepción de un gato que actúa como guardián felino. La puerta de entrada se abre, y accedemos a unas estancias oscuras, pobladas por extrañas criaturas biomecánicas y sexualizadas, y por muebles abigarrados, en los que lo orgánico se fusiona con lo industrial. Finalmente, vemos una figura oronda y vestida completamente de negro, que deambula con dificultad, hasta acabar aposentándose en una butaca para dibujar en un cuaderno.

Dark Star. El universo de H. R. Giger da comienzo casi como si se tratara de una película de terror, invitándonos a entrar en una casa encantada y a conocer al misterioso personaje que ha creado semejante galería de los horrores. Y algo de eso hay, sin duda, sobre todo cuando lo primero que nos cuenta Hansruedi Giger es que lleva coleccionando calaveras humanas desde los seis años, familiarizándose con el hecho de sostener la muerte entre las manos. Pero pronto queda claro que lo que le interesa a la directora Belinda Sallin no es abundar en el aura siniestra que envuelve a su protagonista, sino mostrarlo al natural, en el surrealista hogar que se ha ido construyendo con los años, y rodeado de su familia, amigos y colaboradores.

Para muchos, Giger será siempre el padre de una de las criaturas más aterradoras que ha dado el cine: el Alien que perseguía a Sigourney Weaver por los pasillos de la Nostromo. Pero su arte se despliega también en infinidad de ilustraciones, portadas de discos (para Debbie Harry, Emerson, Lake & Palmer y Celtic Frost, entre otros) y esculturas, logrando un impacto notable en la cultura popular, e inoculando sus visiones de pesadilla en el imaginario colectivo.

Poco antes de su fallecimiento, en 2014, el suizo abrió las puertas de su casa a Sallin para repasar su legado y su vida, dispuesto a volver sobre hechos trágicos, como el suicidio de su pareja en los años setenta, la actriz Li Tobler (cuyos rasgos se adivinan en muchas de sus creaciones). Sin abusar de las entrevistas a bustos parlantes, la directora deja que sea la cotidianidad del artista la que perfile su retrato, y aunque ahora la película esté imbuida por una inesquivable carga elegíaca, en ella se impone el curioso espíritu juguetón de Giger, que lo llevó a construir un jardín de aberrantes construcciones metálicas, e incluso un monorraíl-tren de la bruja privadoo. Pequeños detalles que nos llevan a la conclusión de que el artista no solamente fue capaz de exteriorizar y dar forma plástica a un subconsciente decididamente perturbador, sino que llegó a convivir y a sentirse excepcionalmente cómodo con él.

A favor: La cercanía con que retrata al personaje.

En contra: Que tengamos que hablar de Giger en pasado.