Críticas
4,0
Muy buena
Estafadoras de Wall Street

La mirada de Henry

por Alberto Corona

"Ni siquiera me mandan comida decente. Nada más llegar aquí pedí spaguettis con salsa marinara y me mandaron macarrones con ketchup". La voz en off de Ray Liotta, presta a romperse en ese deprimido "soy un don nadie" con el que cerraba Uno de los nuestros, abanderaba a principios de los 90 la actitud clave para estudiar cómo Martin Scorsese había abordado siempre el drama criminal, pero también acabó sirviendo, gracias a la ingente relevancia que este cineasta acaparó con el paso de las décadas, para entender el drama criminal moderno en sí mismo. Uno que dejaba atrás el afán operístico de un Coppola o la acusadora suciedad de un Hawks, para en lugar de ello apostar por la ambigüedad juguetona; tan capaz de erigir agotadores ídolos pop (el Scarface de Al Pacino), como de sumirlo todo en un atroz nihilismo que amenazaba con malbaratar la oportunidad del mensaje (El Lobo de Wall Street, de nuevo, de Scorsese). Los criminales scorsesianos partían de un cinismo medular, así como de la noción del capitalismo como sistema deshumanizante (pero rentable), para acabar alzándose como los más listos de la clase. Listillos que no enmascaraban la podredumbre del escenario que los habían hecho posibles pero listillos a los que, aún así, querías parecerte.

El drama criminal moderno es, por tanto, conservador. Parte de una injusticia arraigada a la hora de hacer pasar la amoralidad por molaridad, e imparte siempre una tesis parecida: por supuesto que somos basura, pero es que es la única respuesta posible a la basura en la que vivimos. De ahí que fuera tan interesante, sobre el papel, una propuesta como Estafadoras de Wall Street. El guión de la también directora Lorene Scafaria se basa en un reportaje publicado por Jessica Pressler en 2015, y relata cómo un grupo de 'strippers' se organizó para estafar de forma reiterada a un considerable número de corredores de bolsa. Que dicha odisea, en su traslado al cine, haya sido calificada de "empoderante", es un síntoma más de lo acertado que estuvo Fredric Jameson cuando dijo aquello de que "es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo". Los personajes de Estafadoras de Wall Street utilizan su penosa posición profesional para a partir de ahí, vía el engaño y la seducción, lograr enriquecerse a costa de estos clientes -quienes, como no dejan de repetir para justificarse, han sido responsables de la crisis económica que atraviesa el mundo y ha empeorado su modo de vida. No hay en sus esfuerzos un afán justiciero, sólo supervivencia, y desde luego no pretenden liderar ninguna revolución. Su motivación se reduce, en cambio, a desear aquello que tienen los poderosos, no a vivir momentáneamente al margen de la norma social para luego cambiarla. Como Henry Hill.

Estafadoras de Wall Street, dentro de respetar religiosamente la tradición de drama criminal que ya está cercana a cumplir 30 años, es interesante sin embargo por su punto de vista. Scafaria y su equipo son conscientes de lo muchísimo que puede cambiar las reglas de juego el que estos "buenos muchachos" pasen a ser mujeres pobres y diversas que adoran el dinero de una forma tan histriónica como sus homólogos masculinos. A la lucha por sacar provecho de las reglas del capitalismo ahora se añade el enfrentamiento a otro sistema consustancial como es el patriarcado, y es por ello que la película de Scafaria se articula como un paso adelante a la vez que un (enésimo) certificado de inmovilismo. Una tesitura que pudiera pasar por ingrata, si Scafaria no hiciera gala de un instinto tan excepcional a la hora de poner en escena la confusa realidad socioeconómica que vivimos. Consciente de que lo suyo no deja de ser un ejercicio mitómano, inseparable tanto de la ortodoxia cinéfila como del capital, la directora de Estafadoras de Wall Street traza aciertos incontestables como el dibujo grotesco de sus hombres -todos patéticos y emasculados, como debe ser-, la exaltación de la sororidad o, ante todo, el retrato de Ramona, interpretada por una Jennifer Lopez sencillamente antológica.

Pasando por encima de todos los referentes que pesan sobre Estafadoras de Wall Street negando su trascendencia propia -no sólo por el inevitable Scorsese 'revisited', sino también por las tribulaciones de Magic Mike a cuenta de un lúbrico sueño americano-, el mejor motivo para celebrarla se encuentra nada más iniciado el film. Cuando Ramona baila en torno a la barra de striptease, y la mirada de la cámara está codificada de tal forma que sus movimientos alcanzan la naturaleza de imponente celebración física, ajena a cualquier sexualización. Que dicha escena (y otras muchas que le siguen) sea intimidante y no sexy es el detalle más significativo de que las cosas, en cierto sentido y aunque a Estafadoras de Wall Street no parezca importarle mucho, pueden cambiar verdaderamente.