Pues eso no era todo amigos
por Alicia P. FerreirósHay una analogía entre la historia que cuenta Coyote vs ACME y su propio recorrido como película que no puede resultar más fascinante. Aunque se trata de una historia que se ha repetido mucho últimamente, en un breve repaso para despistados merece la pena recordar que el filme, una combinación de animación y acción real en forma de dramedia legal, estuvo a punto de quedarse para siempre en un cajón. La película estaba terminada, las proyecciones de prueba estaban siendo un éxito e incluso tenía fecha de estreno: el día en que finalmente estrenaron la inconfundible Barbie de Greta Gerwig. Pero entonces Warner Bros. no solo estaba cambiando su agenda: la compañía prefirió cancelar su estreno, ahorrarse los costes asociados a la distribución de la película y declararla como una pérdida de negocio para obtener una deducción fiscal.
Que la historia tuvo un final feliz es inherente a la existencia de esta reseña. La reacción a la polémica decisión tanto por parte del equipo de la película, como de la propia industria, los medios de comunicación y los espectadores provocó que el proyecto fuera desarchivado gracias a la compra de derechos por parte de Ketchup Entertainment que finalmente hizo posible su estreno. Uno de esos ejemplos modernos del mito bíblico de David contra Goliath que demuestra que no siempre gana el que parece tener más poder y que la pasión y respeto por el cine está por encima de los intereses económicos de un estudio.
Lo que resulta realmente divertido aquí es que la propia historia de la película también sea una analogía del famoso mito. Aquí, Coyote, probablemente el personaje más desgraciado de la historia de los Looney Tunes, decide liarse la manta a la cabeza y querellarse contra la corporación ACME, tras años de ventas de material defectuoso que ha provocado numerosos accidentes y sus consecuentes daños tanto físicos como psicológicos.
El encargado de enfrentarse al extravagante caso es Kevin Avery, al que interpreta Will Forte, un abogado que suele hacerse cargo de casos más pequeños que, de la noche a la mañana, acaba teniendo que enfrentarse contra su Goliath particular: el abogado tiburón Buddy Crane, un personaje que a John Cena le viene como anillo al dedo y que no solo es su contrincante en este juicio, sino la máxima expresión de su falta de autoestima.
Solo su propia premisa ya situaba a Coyote vs. ACME en un escenario favorecedor. Un personaje mundialmente conocido por sus desgracias que abandona el árido desierto para sentarse en un también árido juzgado, combinando el lore de los genuinos Looney Tunes con los ingredientes de un buen drama legal al que, por supuesto, no le falta comedia. Sin embargo, siento un poco con los Looney Tunes que en España no compartimos la pasión que sí se les profesa en Estados Unidos y que las diferencias de su impacto cultural en los diferentes países, inevitablemente, se nota en cómo percibimos la película.
A lo largo de la hora y 45 minutos que dura la película se instala en el espectador, como en cualquier largometraje del género legal, una especie de adicción por ver cómo defensa y acusación construyen el relato de una misma historia para lograr inclinarlo a su favor, así como la emoción por la resolución final. Sin embargo, si hay algo que no termina de cuajar en Coyote vs. ACME, es su ritmo, a veces demasiado pausado y más serio de lo que cabría imaginar en una película de los Looney Tunes.
En cualquier caso, mal que le pese a Goliath, resulta que "eso no era todo, amigos" y yo que me alegro.