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    Festival de San Sebastián 2015: Ben Wheatley nos entrega la mejor película del festival con ‘High-Rise’

    Además de la locura fílmica de Wheatley (con Tom Hiddleston y Sienna Miller, presentes ambos en San Sebastián), hablamos también de los films a concurso ‘El rey de la Habana’ de Agustí Villaronga y ‘El niño y la bestia’, el anime de Mamoru Hosoda.

    Era previsible que de la diabólica conjunción entre el imprevisible cineasta Ben Wheatley -suyas son algunas de las locuras más deliciosas de los últimos años: Kill List, Turistas, A Field In England- y el apocalíptico maestro de la literatura J.G. Ballard diera un fruto tremendamente explosivo. Así que de entrada déjenme ya decir que High Rise es, sin lugar a duda y gracias a todos sus excesos, uno de los títulos más importantes de este 2015. No es Wheatley, por eso, el primero que ha adaptado la novela “Rascacielos” dado que David Cronenberg partió precisamente de ella para su bestial Vinieron de dentro de..., aunque el cineasta canadiense se apartara del relato ballardiano para introducir su propio cosmos de vísceras, gusanos y malsana ninfomanía. Y no es que en High-Rise no se folle, más bien todo lo contrario, pero Wheatley sí que se ciñe a la distopía marcada por Ballard que no es más que una metáfora prematura de lo que era la sociedad en los 70 y que, a día de hoy, no es que haya cambiado mucho. High-Rise cuenta la vida de un edificio a lo largo de tres semanas (sí, el edificio tiene vida propia o eso creen sus inquilinos). Un rascacielos estructurado jerárquicamente en función del nivel social (y el dinero, claro) que tienen los vecinos: los ricos a los pisos superiores, los no-tan-ricos a los inferiores y que está construido de tal forma que pueda satisfacer las necesidades básicas de los residentes sin que estos tengan que salir a la calle: en el piso 20 hay una piscina, en el 10 un supermercado, en el 14 un gimnasio... (los números me los estoy inventando). Vaya, el microcosmos perfecto para que se desate la anarquía y el ser humano desate sus instintos más bajos. Pero no se lleve el lector una lectura equivocada: esto no es una versión cómica de El experimento, sino una puesta al día del Brazil de Terry Gilliam (que también era muy ballardiana) donde la locura sigue unos patrones bien delimitados (siempre hay un orden, aunque sea ridículo, en el caos; siempre hay una lógica en los personajes que desatan la barbarie). El caos felliniano del Satyricon revive en las manos de Wheatley como una versión destroyer de Mad Men donde aparecieran los personajes de La naranja mecánica y con el mismísimo señor Von Bulow como amo de llaves. ¿Cómo no va a ser High-Rise una película sublime cuando un pie salta a la comba con Kubrick y con el otro le roba el balón a Dario Argento?

    La belleza nostálgica de ‘El niño y la bestia’

    En Oficial también participa la espléndida El niño y la bestia (The Boy and the Beast) -que estrenará próximamente en España A Contracorriente Films-, el último proyecto de animación del japonés Mamoru Hosoda que, tras Los niños lobo, Summer Wars y La chica que saltaba a través del tiempo, vuelve a dar en el clavo, esta vez con un canto sobre el aprendizaje y la soledad. Mezcla de animación en 2D y 3D, El niño y la bestia cuenta la historia de Ren/Kyuta, un crío que, después de la muerte de su madre y el supuesto abandono de su padre, escapa de la familia que le queda y se cuela en Jutengai, un mundo fantástico habitado por bestias. Allí entablará relación con Kumatetsu, un oso antropomórfico, holgazán, irresponsable y malhumorado, que acabará convirtiéndose en su maestro en el arte de la espada. Hosoda repite algunos de los temas recurrentes de su filmografía, como la convivencia entre especies, los mundos imaginarios y las realidades alternativas -aquí hay hasta cuatro: Tokio, la del mundo de las bestias, la de las cámaras de seguridad y la del que observa-, y apuesta por un relato de desarrollo/crecimiento con reminiscencias a El libro de la selva de Rudyard Kipling. Los espacios de Jutengai y el barrio de Shibuya en Tokio adquieren todo lujo de detalles en tres dimensiones, mientras que los protagonistas, en dos dimensiones y aparentemente descuidados para el ojo inexperto, dotan al filme de un estilo artesanal y nostálgico. La acción y la épica recuerdan a títulos tan icónicos como Alakazam el grande y, más allá de las escenas de espada, Hosoda se las ingenia para empapar la trama con lecciones de fondo sobre la paternidad, la adopción, la enseñanza, el acoso escolar -estas dos sobre todo en el personaje de Kaede, la amiga humana de Kyuta- y las segundas oportunidades. También hay -reiterativas- referencias a la monumental Moby Dick de Herman Melville, todo ello aderezado por chistosas y emocionantes situaciones, como el entrenamiento 'autodidacta' del protagonista y el duelo final entre Kumatetsu y Iozan, su adversario por alzarse con el título de señor de Jutengai. Sólo una pequeña pega: el guion subraya y explica en exceso ciertos momentos -bien a través de recordatorios o de la música-, como si Hosoda no se fiara de que el espectador hallara el camino por sí solo -aunque para el infantil puede que sea un recurso pertinente. Personalmente, una de las películas que más he disfrutado en lo que va de Festival.

    Gatillazo de Agustí Villaronga con ‘El rey de la Habana’ Si en Pan negro -con la que ganó el Goya al Mejor Director-, Agustí Villaronga adaptaba el libro homónimo de Emili Teixidor, en El rey de la Habana -también en la Sección Oficial- hace lo propio con el de Pedro Juan Gutiérrez. El arranque es potente y aniquilador, tanto o más que el de Pa negre, pero ahí acaban las similitudes. El balear, intentando hacerle justicia al hiperrealismo de Gutiérrez, se excede sin control e innecesariamente en la crudeza, el sexo y el erotismo. El rey de la Habana –rodada en República Dominicana- transcurre en los años 90 con una Cuba humilde, mísera y pendenciera como protagonista. La historia se centra en Reynaldo ‘El Rey’ (Maikol David), un niño que, con sólo 13 años y en un instante, pierde a toda su familia y es enviado a un correccional de menores. La pobreza y la necesidad marcarán su existencia que, desde entonces, tendrá una única norma: la supervivencia. Pícaros, borrachos, prostitutas y marginados en general. Villaronga los refleja a todos y dota de precisión a la película llenándola de modismos, acento y sabor cubanos. Pero tanto sexo y tanto desenfreno se tornan repetitivos en los primeros compases. Reynaldo se masturba y es masturbado, hace el amor, chulea, maltrata y abandona. Pero el espectador también se siente olvidado. Confundido. Hambriento de algo más y mejor.

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