Es la única canción que suena en los 154 episodios de Bluey: los 23 segundos en los que la familia se presenta al ritmo de "¡Mamá! ¡Papá! ¡Bingo! ¡Bluey!". Sin embargo, tiene mucha más elaboración de lo que parece. ¿Os habéis fijado alguna vez en que con la presentación de cada personaje suena un instrumento particular? Para Chilli es la armónica, para Bandit una guitarra eléctrica, cuando presentan a Bingo hay un poco de jazz y, finalmente, Bluey acaba con una orquesta tocando a su son. Y notaréis que no he hablado de "bailar", porque no es lo que hacen: están jugando.
¡Quieto!
En primera instancia, parece que están bailando y se señalan sin más, pero están jugando a las estatuas musicales: cuando la música deja de sonar, si no te paras inmediatamente, estás eliminado. Al final, la única que aguanta hasta el final es Bluey. Curiosamente, el primer episodio de la serie, El Xilófono Mágico, también trataba sobre congelar a la gente y dejarla como si fuera una estatua: dos juegos de pararse por el precio de uno.
Tiene lógica: al fin y al cabo, Joe Brumm, el creador, hizo la serie basándose en sus propias hijas jugando continuamente. Tal y como él lo describe, era "tan natural para ellas como respirar". Así, mediante el juego, Brumm pudo contar historias sobre la responsabilidad, los celos, las emociones y el amor fraternal.
Por suerte se les ocurrió este giro, porque originalmente iba a ser Peppa Pig en versión australiana y con perretes, y ni de lejos habría tenido este exitazo abrumador si no fuera un programa que también hablase a los padres y les incitase, por supuesto, a jugar con sus chavales. ¿Para qué tener hijos si no vas a jugar con ellos, al fin y al cabo?