Antes de que Barrio Sésamo existiese, los programas televisivos para niños eran solo maneras elaboradas de vender productos de todo tipo, desde dulces hasta, por supuesto, muñecos y juguetes. Así, el resultado podía ser divertido, pero no era en absoluto educativo: los niños no aprendían nada de Howdy Doody o Lorenzo the Tramp y, en general, se les veía como simples potenciales consumidores. Todo cambió, claro, cuando en 1969 llegó Jim Henson y lo cambió todo con su Barrio Sésamo.
Un Bluey, dos Blueys, tres Bueys
Durante casi 50 años, Barrio Sésamo fue el estándar de lo que se esperaba de la televisión para niños: es un programa educativo, divertido y del que los niños salen sabiendo contar y, al menos, los colores y las letras del alfabeto. Sin embargo, no es lo que Joe Brumm, creador de Bluey, quería para su serie, donde educar en las cosas que podían aprender en la escuela era el menor de sus intereses.
Nunca, en ningún episodio de Bluey, verás a sus protagonistas haciendo otra cosa que no sea jugar o enfrentarse a las vicisitudes del día a día. Esto es: Bingo no se va a parar a contar peces, y Bluey no va a enseñar el color rojo a su hermana. Y su creador lo tiene claro: "Nadie cuenta en Bluey, no se aprende esto o aquello... Solo las enseñamos jugando. Queremos enseñar a los padres que los niños no están simplemente haciendo el tonto. Están aprendiendo a jugar, aprendiendo a compartir... y generalmente puedes descansar y dejar que lo hagan".
De hecho, lo mejor de la serie es que pueden disfrutarla tanto niños como padres por igual, y no hay ni obligación para unos ni pesadez para otros. Quizá por eso muchos tenemos claro que dentro de año y medio, cuando salga la película en cines, va a reventar todas las taquillas... y no necesariamente gracias a los más pequeños.