Eiichiro Oda tenía 22 años cuando empezó a hacer One Piece, y no había publicado nada especialmente reseñable hasta entonces, más allá de un par de historias cortas que le sirvieron como prólogo a las aventuras de Luffy y los suyos. Cuando empezó a publicarse en Shonen Jump, Oda estaba convencido de que la historia sería corta: el héroe se juntaría con unos cuantos personajes, vencería a los emperadores del mar y recuperaría el One Piece. De hecho, tenía el episodio final en mente desde el principio. En cinco años debería estar terminado, ¿no?
Luffy en la treintena
Cinco años después de empezar One Piece, el manga acababa de pasar Alabasta. O sea, que estaba aún en las primeras sagas. Oda ya había expandido el mundo mucho más allá de lo que él mismo pensaba: incluyó al CP9, los Siete Señores de la Guerra, hizo que los Emperadores interactuaran entre ellos... Aunque ahora nos puede parecer raro con un manga que está a punto de llegar a los 30 años de serialización, la idea original del mangaka tenía sentido.
Al fin y al cabo, por aquel entonces cada arco duraba unos 20 capítulos, y publicaba 50 al año. Después de llegar al Grand Line podría haber hecho unos diez arcos argumentales más luchando contra sus rivales... Si no fuera porque la cosa se fue alargando y alargando, alambicando y complicando. Los arcos dejaron de durar 20 capítulos, hasta llegar a Wano, que se expandió a lo largo de 149 capítulos (191 en el anime).
No es la primera vez que mide mal sus tiempos: en 2019, Oda dijo que terminaría en cinco años, y en 2026 seguimos todavía adentrándonos en la saga final, pero sin poder aún avistarlo. Vamos, que no hay que fiarse de Oda, porque no es capaz de quedarse sin contar una buena historia y acaba, como Luffy, por estirar y estirar. ¡Y ojalá siga haciéndolo al menos un lustro más!