Vida privada
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Jesusjp3
Jesusjp3

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0,5
Publicada el 20 de diciembre de 2025
Una de las peores películas que he visto en mi vida. Un guión que no tiene ni pies ni cabeza por lo enrevesado de su desarrollo. Previsible y sin sustancia alguna.
Marian Fernández
Marian Fernández

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0,5
Publicada el 21 de diciembre de 2025
No tengo palabras para describir tal bodrio, que ni siquiera salva la protagonista, Jodie Foster. Una pena.
Sergio Paglilla
Sergio Paglilla

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0,5
Publicada el 23 de diciembre de 2025
Una perdida de tiempo. Mala. Malísima. No cierra nada. Historia sin sentido ni conexión. J Foster habrá leido el guión?
C Etcheverry
C Etcheverry

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1,0
Publicada el 28 de diciembre de 2025
Sinopsis: Un relato que no sabe adónde va.

Una película puede tener varios registros, varios momentos en su desarrollo que pueden ser muy distintos entre sí. Y hay ejemplos claros de eso: en “Ana y sus hermanas”, ejemplo, Woody Allen nos da momentos muy distintos y los encaja perfectamente bien. Vemos que hay comedia neurótica (el personaje del propio Woody Allen, con sus hipocondrías, inseguridades y diálogos veloces); hay drama íntimo (crisis matrimoniales, infidelidades, frustraciones vitales, silencios incómodos); hay relato coral (varias historias que se entrecruzan, que avanzan en paralelo, que se reflejan las unas en las otras); hay reflexión existencial (el sentido de la vida, la fe, el miedo a la muerte, la casualidad...). El tono cambia sin brusquedad: una escena puede ser ligera y la siguiente profundamente melancólica, algo que Allen maneja ahí con una madurez enorme.
La directora de “Vida privada” no lo hace así, y la mélange oscila de aquí para allá en una trama desnortada como las multiherramientas chinas que sirven para todo, porque igual que ellas, finalmente no hace nada bien. Más que deslizarse, tropieza con las tesituras de thriller, comedia, sátira o drama sin clarificar nada. La propuesta de salida daba para mucho recorrido, pero todo se trunca y queda por decir con un final irresoluto.
Las contaminaciones son variadas y evidentes. Parece que a la Zlotowski, Woody Allen le da letra pero ella no sabe cómo seguir con lo que tiene. Roza el asunto judío y su cultura pero lo deja ahí, quizá porque haya pensado que un gentil que se ría de la cultura judía sea un antisemita, y eso no es fijo, porque en “La vida de Brian”, Terry Jones se ríe de la cultura judía con una perspectiva irónica, hasta satírica, pero presenta los rituales, las discusiones teológicas, la literalidad absurda de la ley como asuntos universales sin burlarse del juda-ísmo como identidad ni del pueblo judío como tal, y su sátira apunta al dogma, la ortodoxia y el pensamiento gregario, no a la fe vivida. En “Zelig”, Woody Allen lo hace como judío y de plena autoridad. La Zlotowski no da con el sayo que quiere llevar, otra de sus pinceledas “a lo Allen” que quedan en agua de borrajas...
También es imposible no recordar la hipnosis de “La maldición del escorpión de jade”, en la que un hipnotizador activa a los personajes con una palabra clave absurda—“Madagas-car”— para convertirlos en ladrones sin que lo sepan, comedia deliberadamente anacrónica ambientada en los 40, con Allen jugando al cine clásico, al gag verbal y al disparate hip-nótico—aunque no es de las más queridas de su filmografía—ese recurso del hipnotizador y esa palabra detonante es justamente lo más recordado. En “Vie privée” la sesión de hipnosis es un parche inverosímil que no tiene sentido narrativo sólido, ni es ciencia ni es comedia. La Foster—fluidísima en francés aunque no es su lengua natal—es pilar de toda la película, lo más logrado, una presencia que mantiene el filme interesante aunque el conjunto no funcione, salto enorme entre pensar cine y limitarse a consumir estrenos.
Lo más decepcionante es que la película desperdicia el impacto que tendría el paso forzado de una persona cerebral, fría y distante al cuestionarse como profesional, como madre y como pareja. Si alguien hace ese recorrido, lo natural y dramáticamente interesante sería justamente esa mirada. En medio del metraje pensé en Jodie Foster, la niña prostituida de “Taxi Driver”, y comprendí que lo que realmente sostiene el interés aquí no es la película, sino la evolución de Jodie Foster como persona y como actriz a lo largo de su carrera.
En “El silencio de los corderos”, de Jonathan Demme, Jodie es Clarice Starling, una detective que se ve arrastrada a ser psicóloga. En ésta, ella es Lilian Steiner y hace el camino exactamente al revés, una psiquiatra que se desboca en detective sin oficio ni beneficio, con una directora que no atina a acompañarla en ese viaje al revés. Al menos la Zlotowski no se apunta a la nueva onda de las pelis de tres horas y nos deja libres en 103 minutos. Larguísimos
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